10 abril 2007

Chame

Gabriel Chamé Buendía (hemos escuchado que le dicen "Chame", con acento en la "a") resplandece en el cielo estrellado de los clowns argentinos. Vive ahora en la culta Europa, actuando, dirigiendo y enseñando. Pero a veces pasa por la orillera Buenos Aires y alborota la escena: los sedientos de comicidad, los buscadores de técnica, los iniciados en las artes de la risa, todos rompen sus chanchitos y corren a llenar sus seminarios. Su fama es apabullante: el Clú del Claun, el Cirque du Soleil, la dirección de obras -como diría mi tía Luján- dificilísimas. Pero más abruma su presencia. Algunos no vacilan en utilizar, para describirlo, la palabra "mago". El otro día me decía una admiradora (de Chamé, no mía): "lo ves ahí, enrulado, cara simpática, estatura cualquiera, y pensás que el tipo no debe ser gran cosa, y de pronto, pum, empieza a actuar y quedás como embobada. Es un monstruo el tipo". Y resulta ahora que ese monstruo estuvo dialogando con otro monstruo (me guardo las razones del epíteto en su caso), el magnífico Mr. Efe, punzante periodista y sofisticado cazador de imágenes. Aquí, señores y señoras, damas y caballeros, niños y niñas, clowns unidos del mundo, con ustedes, en exclusiva para Bondiola, la primera entrega de esa jugosa entrevista.


Presentate

- Mi nombre es Gabriel Chamé Buendía. Me declaro un poco actor, clown, payaso, director y productor de espectáculos teatrales. Nací el 21 de abril del 61, tengo 44 años.


¿Estudios?
- Mis estudios fueron teatrales. No tengo estudios universitarios.
¿Familia?
- Madre, hermana, abuela y sobrinos. Mi madre es psicóloga, mi hermana es antropóloga y fotógrafa. Mi padre murió; escribía y era comerciante. Siempre estuve empapado del ambiente artístico de la familia.
¿Donde vivís?
- Mi oficina esta en Madrid. Sigo viviendo entre Francia y España. Antes vivía en Francia y trabajaba en España, ahora al revés. Me muevo mucho entre Francia, Alemania y Argentina.
Tus inicios en el teatro...
- Comencé con la escuela y muy rápidamente con la compañía de Ángel Elizondo. Se llamaba Compañía Argentina de Mimo. Maestros directos en el comienzo fueron Omar Viola, el director del Parakultural, que hacía mimo: fue la persona que más me involucró en esta profesión, el que me dio una posibilidad. Y Elizondo, sobre todo como director. Mi maestro pedagógico fue más Omar. Además, soy íntimo amigo de Omar Chabán, que para mí fue uno de los grandes maestros en el aspecto performativo. Los conozco a los dos desde los 15 años. Él me llamaba "el bebe de la vanguardia" en esa época. En los 70, en la calle Corrientes.
-----Yo empecé en el 78. En el 83 dejé Elizondo. Fueron años de espectáculos bastante vanguardistas, pero que en mi caso muy rápidamente apareció el humor. La compañía era muy vanguardista, de búsqueda: había muchos desnudos, nos prohibían todo el tiempo. No tuvimos problemas políticos pero sí mucha persecución y los espectáculos eran cortos por eso. Descubrieron mi veta cómica y en el año 81 hicimos un espectáculo que se llamaba Pi igual 3.14, en el Payró. Fue un gran éxito. Ahí supe profundamente que era cómico. Mi compañera era Verónica Llinás, digamos, todo el Parakultural. El Parakultural fue una consecuencia de Elizondo, gran padre. Estaban Horacio Gabin, Eduardo Bertoglio, que fue clown en el Circo de la Costa, Rubén Panuzio. Esta gente trabajó más con [Hernán] Gené, en La Cuadrilla. La Cuadrilla fue un grupo que formó Hernán después del Clú.
-----También estaban María José Gabin, que era de las Gambas [al Ajillo], y Alejandra Flechner, del mismo grupo. Todos éramos muy pero muy chicos.
-----Pi igual 3.14 me permitió ver con claridad que yo producía un efecto cómico en escena. Hacía un mimo muy sonoro, muy hablado, por así decir: no hablaba pero trabajaba mucho con el sonido.
-----En febrero del 84 estaba en Villa Gesell con dificultades personales y me dije: tengo ganas de actuar en la calle. Nadie lo había hecho y nadie lo hacía. Había tres o cuatro grupos en esa época. Nadie, por ejemplo, había actuado en Plaza Francia. Entonces actué como mimo: a las diez de las noche actuaba con una onda muy familiar en la plaza de los hippies, en la parte del cesped, y pensé que era un buen lugar para que la gente no se me pegara y hubiera un buen espacio de visión, y a las doce actuaba en la plaza donde esta el monumento a la madre, más en el centro, y ya era un estilo trasnoche. Empeze a trabajar intuitivamente. Comencé a hablar. Tenía siete años de profesion, mucha experiencia para mis 23 años de edad. Fue muy interesante lo que pasó socialmente: me di cuenta de lo que eso provocaba... Salíamos de los militares y era el primer mes de Alfonsín en el gobierno.
Había un clima de liberación...
- En enero, en febrero del 84 la gente ya experimentaba algo del cambio en la playa, en las vacaciones. Era muy raro, venía la policía de civil, me venían a hablar, me tenían controlado.
Te tenían fichado.
- Sí, yo me daba cuenta que tenía un poder muy grande por lo que estaba provocando socialmente. Porque ahora ya es típico, pero en ese momento yo hacía participar al público en masa. Veinte personas actuando en escena, expresándose: era un hecho social muy fuerte para la gente.
¿ Cómo llegaste a Cristina Moreira?
- Creo que fue por Carlos Bichis, de Pista 4, un grupo de la misma época. Me comentó de los cursos de Cristina Moreira y fui. En ese primer curso conocí a todos mis futuros compañeros, menos a Hernán, a quien conocí en el segundo curso. Pero allí ya estaban Guillermo, Batato y Cristina [miembros del Clú del Claun] y enseguida empezamos el romance. El clown fue algo muy grato para mí.
¿Sabías qué era el clown antes de llegar a Moreira?
- No había clowns, había mimos. Y no conocía Europa, donde, evidentemente, había clowns. Pero aquí no había. Sí payasos de circo tradicional, los cuales, por supuesto, estaban muy mal vistos.
Volvamos a Moreira.
- Descubrí que la técnica de clown me iba al pelete. Yo había hecho todo eso sin que nadie me dijera cómo era. Y con Cristina hicimos muy buena miga. En los comienzos, hicimos un espectáculo que se llamaba Rojo, Blanco y Negro con Batato, Carlos Baamonde, [Guillermo] Angelelli, Laura Galillo. Y de ahí salió el “Clú del claun”.

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03 abril 2007

Por Montus Propius

"Choquen los 5"
presenta
"Por montus propius"
Claun
Sábados 21 hs
Espacio teatral Entretelones
Enrique Martinez 1427
(Y Av. Elcano)
ENTRADA $10
(Presentado mail impreso $8)
Reservas al 4554-0087

22 agosto 2006

Breve tratado sobre lo ridículo

Lo que sigue es un pequeño ensayo de Leopoldo Marechal. Está en las páginas 165 a 169 de Cuaderno de navegación (buenos Aires, Sudamericana, 1974). Su propósito es extender la Poética de Aristóteles, en particular el concepto de catarsis (artículo en pdf), al campo de la risa. "Elbiamor", "Elbiamante", nombres de la segunda persona a que se dirige este y otros ensayos del libro, son máscara poética de la segunda mujer de Marechal, Elbia Rosbaco (Anda por allí un libro de esta señora: Mi vida con Leopoldo Marechal, Buenos Aires : Paidós, 1973) .
-----¿Recuerdas, Elbiamor, a Francisco Charmiello? Eran los años en que, durante las noches, nos atacaban nuestros enemigos visibles e invisibles y en que toda suerte de arma ofensiva y defensiva era indispensable. Una entre tantas (y no por humilde menos útil) consistía en sintonizar una estación de radio que propalaba funciones teatrales desde las mismas escenas de la Capital. Francisco Charmiello representaba entonces, en un teatrito popular de barrio, aquel sainete del cual era protagonista y autor en cierto modo, ya que, sobre los dos o tres hilos ingenuos de su trama, él hacía una creación nueva en cada una de las representaciones, bordando el sainete a su capricho y con las hebras de su propia substancia.
-----Elbiamor, en alguna de aquellas noches, recordándote el origen circense del teatro nacional, te decía yo que, si nuestro género dramático nació de los Juan Moreira que se representaba en el circo, nuestro género cómico se había originado en la gracia universal de sus clowns, y que los sainetes posteriores no fueron mas que simples andamiajes argumentales erigidos para que un clown, a menudo genial, manifestara en ellos, con libertad absoluta, toda la efusión de su virtud expresiva. También te dije alguna vez
que tales bufos o clowns, en su facultad improvisadora, se relacionaban con los actores de la Commedia dell' arte. ¿Y no advertimos entonces que la mayoría de nuestros bufos tienen un origen itálico? Lo cierto es, Elbiamor, que la sal de Charmiello crepitaba en nuestro receptor y con ella la risa de sus espectadores, hombres y mujeres de pueblo, a la que frecuentemente uníamos la nuestra. Y la primera noción que se nos impuso fue la del "poder, unitivo de la risa en lo cómico".
-----Pero, ¿no tendría lo cómico algunas otras excelencias? Acudimos entonces al viejo Aristóteles y rastreamos en su Poética las conjeturas que siguen. Si la tragedia se da en la imitación de un "acto grave", la comedia se da en la imitación de un "acto risible". Ahora bien, la tragedia, mediante la compasión y el terror, obra en sus espectadores una suerte de "purga pasional" que se llama catarsis. ¿Nos atreveríamos a esperar de la comedia similares efectos? ¿Era dado lograr una catarsis por la risa? Tal fue la cuestión que debatimos en cierta noche toledana. Y lo primero que nos tocó analizar fueron las nociones de "compasión", "terror" y "catarsis", que Aristóteles gradúa como efectos de la tragedia. Ciertamente un espectador "ilusionado" (vale decir metido a fondo en la ilusión de lo que se imita o representa en el escenario) no deja de compadecer a los agonistas del drama; y ha de compadecerlos en el sentido literal de "padecer con" que tiene dicha palabra. Y al padecer con el agonista, el espectador está realizando en sí mismo y de algún modo las experiencias trágicas del actor. Con lo cual, al aclarársele ahora la conciencia de su "posibilidad trágica", el espectador siente a la vez el "riesgo" de que su drama posible abandone la mera "potencialidad" y se resuelva en "acto". Y esa conciencia de su posibilidad y riesgo trágicos es la que lo lleva entonces al "terror". La "catarsis" aparecería luego como un fruto de su experiencia trágica: el significado moral de una "purga" que se le da generalmente nos haría entender que nuestro espectador, mediante dicha experiencia, "se ha curado en salud" del riesgo de las pasiones.
-----Elbiamor, sin desmerecer ese concepto, me gusta más el significado metafísico de la catarsis que descubrí yo cierta vez y me parece más a tono con la línea de Aristóteles: si el espectador ilusionado "realiza efectivamente", por la compasión, algunas experiencias trágicas que se le dan como posibles en su naturaleza de hombre, no hay duda que las ha vivido "realmente", de algún modo, y que ha de sentirse inclinado a "no repetirlas". El hombre, como sabes, está en este mundo para realizar un número indefinido de posibilidades terrestres; y su intuición de la economía ontológica lo induce a no reincidir en las experiencias que ha realizado ya, sobre todo si son de carácter negativo, como las trágicas. La catarsis, pues, no sería más que la beatitud o reposo del alma, tras haber cumplido, siquiera virtualmente, una experiencia dolorosa cuya posibilidad queda excluida en adelante.
-----Aclaradas estas nociones, nos preguntamos luego si era dable una transposición de las mismas a la comedia, pregunta que habría hecho reír (o llorar) al propio Aristóteles de haberla escuchado. Y era fatal que nos dijéramos: ¿de dónde proviene "lo cómico"? El mismo Estagirita, en el capítulo quinto de su Poética, nos dice que "lo ridículo tiene por causa una privación y una fealdad no acompañadas de sufrimiento y no perniciosas". ¿Una privación de qué? De la verdad (y damos en la mentira), de la belleza (y damos en lo feo), del bien (y damos en el mal). Por extensión lo cómico se daría en las contingencias y limitaciones de toda criatura. Y entendiendo que sólo el Creador está libre de privaciones o defectos, llegué a sostener aquella noche, con admirable frescura, lo que recogí luego en mi Poema de Robot: "Todo lo que se instala fuera del Gran Principio / ya es cómico en alguna medida razonable."
-----A continuación, Elbiamante, volvimos a la comedia y a los efectos que produciría en el espectador. Sin duda -reflexionamos- tal espectador compadece o "padece -con" los actores la misma experiencia ridícula, ya que reconoce sus propios defectos y contingencias en los que, bajo formas risibles, desnudan los comediantes en el escenario. Y esa experiencia de su propio ridículo (actual o posible) suscita en él, no ya el "terror", como en la tragedia, sino la "risa". Por eso Aristóteles define como "no acompañadas de sufrimiento y no perniciosas" la privación y la fealdad que se traducen en lo cómico. Y, sin embargo, también se da luego en la comedia una catarsis: una "catarsis por la risa"; y se da en la "conformidad riente" con que acepta el espectador aquella toma de conciencia de sus propios defectos y limitaciones. Ahora bien, esa toma de conciencia no sería dable al hombre, si no tuviera él en sí mismo y de algún modo la noción de Alguien, sin límites ni defectos con quien comparar la magnitud y naturaleza de sus privaciones humanas. Y ves aquí, Elbiamor, de qué manera una carcajada puede ser el arranque de una metafísica.
-----Cierta noche, la misma radio nos anunció que Francisco Charmiello acababa de morir. Elbiamor, tú rezaste un requiem por su alma inmortal. Por mi parte, yo deposito ahora sobre su tumba este manojo de reflexiones acerca de la risa y lo risible: las dejo sobre la tierra en que hoy reposa y en la cual se disuelven ya los Contornos de las cien máscaras rientes que asumió él en su tiempo de hombre.

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20 julio 2006

Totó recargado

Nos ha llegado correspondencia de Totó, Guillermo Castiñeiras, que está de gira por USA con el Cirque du Soleil y domiciliado en Canadá. Además de decirnos que se encuentra bien, que se alegra por ver publicada la vieja entrevista, donde hay alguna que otra erratita -¡ups!-, nos informa de su flamante sitio web: http://www.totocastineiras.com/. Podrán actualizar allí la información sobre este clown. Pasen y vean.

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16 julio 2006

¿Dónde están los payasos de González?

-----En un viejo cuaderno de apuntes, del año 1996, reencontré un dato que viene a cuento en este blog. Figura en el número 7 de la revista Caras y Caretas, de diciembre de 1898, bajo el título "Los que hacen reír". Se trata de una carta que el -como se dice- prohombre argentino Joaquín V. González escribió a la flamante revista felicitando a sus ideólogos por el emprendimiento. "Me ha conquistado", dice allí, "por lo más débil de mi ser, la extraordinaria afición al género festivo, cultivado por otros, y a la caricatura, en la cual reconozco la más difícil y deliciosa de las artes. " [...] "Ése es el género más noble, más alto, más profundo, más digno del genio y evocador del mismo".
-----Estas opiniones de quien, según una creencia generalizada, debía ver, para esa época, lo más alto, noble y digno, lo más delicioso y difícil, en el arte serio y no en la caricatura y el humor, son ya de por sí reveladoras. Pero hay algo más notable, y es esto: la "manía de coleccionista" de González, según revela en la carta, lo habría llevado a "formar una colección de dibujos, láminas, estampas y... lo que sea, con figuras de payasos de todos los estilos y nacionalidades".
-----Es decir: hubo en algún momento y quizás esté en algún lugar hoy, una colección de imágenes de payasos realizada por Joaquín V. González. Encontrarla sería más conmocionante que la revelación del grial o el eslabón perdido.

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De los archivos

Un programa del 2002, sacado de los archivos. En la parte de atrás, al fondo a la derecha no está el baño sino el famoso aunque efímero payaso Corbatita.Programa de una muestra de Clown. 2002.
Reverso del Programa

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02 julio 2006

Angelelli - 4

Cambiando un poco el eje: vos das clases y parecería que ése es tu punto de enganche con el clown hoy. ¿Por qué das clases?

- En realidad no es el punto central. Me acuerdo de algo que decía Lila [Monti] ayer sobre el trabajo de las distintas energías en el entrenamiento. Yo empecé a entender el clown como una calidad de energía más. Cada una de estas energías que nosotros trabajamos en el entrenamiento tiene un punto de partida diferente. Tiene los mismos principios, pero se organizan de manera distina para cada una de las energías. Con el clown, eso entra de la misma forma. Como decía Lila ayer, una cosa es saludar de perfil y otra de frente, hay algo que tiene que ver con las direcciones, algo que tiene que ver con las intensidades, con el tamaño, etc. Hay principios que regulan la acción dramática trabajes dentro del género en que trabajes. Y, para mí, lo que aportó el trabajo con Iben fue ayudar a entender el clown como una energía más.
-----Ahora, cuando yo hago un espectáculo – si yo entreno con La danza del Viento, que entrené durante ya trece años, o con El Samurai, que trabajo desde el 86 – yo no voy a poner un samurai en escena a menos que lo requiera el personaje, ni voy a poner la danza del viento en escena. Son calidades muy puras que me permiten una elaboración posterior, y una combinación incluso con otras calidades. Con el clown pasa eso: lo entiendo como una calidad pura, y a partir de que empecé a trabajar con el clown, está en todos mis espectáculos. Y está no de una forma primaria – o sea, ya no uso una nariz en los espectáculos, quizás no me interesa mantener esa cosa del humor o ese espíritu optimista todo el tiempo- pero el clown está y se combina con otras calidades formando un tejido, un tejido a veces evidente y otras veces escondido en la trama, pero siempre presente. Aunque no está ya para un trabajo exclusivamente sobre ese lenguaje. Incluso en el último tiempo con el Clú del Clown todos habíamos entrado un poco en crisis en relación con esto. Quizás, como personas integrales, todos sentíamos la necesidad de expresarnos de otra manera que no fuera el clown. El clown tiene que ver absolutamente con nosotros, pero es un aspecto nuestro. Un aspecto que uno puede decir o bien ‘funciono desde este lugar’ o bien ‘funciono desde este lugar pero también desde otros’.

Y esto ocurriría en tus espectáculos.

- Sí. Para mí, por ejemplo, la cuestión de decir un texto – de ‘realizar’ un texto, mejor dicho, porque el texto es lo que se pone en la boca en la escena – de función a función, es decir la cuestión de repetir – transformándolo – de función a función, fue cobrando un valor totalmente distinto, en función de la comunicación con el público. Yo pensaba que hay sacerdotes que hacen sus ceremonias siguiendo el rito, pero vos ves la forma del rito, pero hay algo que no está. Y esa forma imprescindiblemente tiene que tender a conectarte con ese momento irrepetible y único. Que es lo que hace que el hecho teatral sea único cada vez. Y esto, para mí, es una noción que cerró a partir del trabajo con el clown. Y que yo rescato como fundamental para el teatro.
-----Yo siento como que con el clown se abrió una conciencia que yo no puedo cerrar. Es como si hubieras estado ciego toda tu vida y de repente volvieras a ver; no podés abandonar la vista (a menos que te mutiles). Sea como sea mi trabajo en el futuro, sea que dirija o trabaje como actor, este código de clown va a estar siempre, este tipo de comunicación con el público, esta cosa que tiene que ver con el presente y con el reconocimiento del error – que a veces es simplemente mirar a alguien y pensar ‘OK, te diste cuenta que no me salió muy bien’, y que otras veces es poder volcarlo a la acción y hacerlo manifiesto. Esa comunicación es fundamental.

En referencia a la obra ‘Xibalbá’, ¿qué pasa ahí con el texto? Porque es una obra que tiene mucho texto. ¿Qué papel juega el texto ahí, a partir de esto que decís de la ceremonia viva que es el teatro? Porque es un texto que se repite, como religioso.

- Sí, y vuelvo a repetir: el texto para mí también tiene que ver con cada uno de los gestos, que se repiten y se vuelven a repetir. Todo eso está contando, todo es signo, la palabra es un hilo más en esa trama y no presenta inconvenientes ni dificultades distintas. Ahora bien, está ese otro texto: el que se va escribiendo en cada función en la relación con el público. Todo ese otro texto previo, hecho de palabras, acciones, iluminación, música, es nada más que la estructura que tiene que hacer posible el surgimiento de ese otro texto. Y que a veces no surge – no siempre es posible ese acto de comunión, por más que uno se esfuerce en el rito; depende de muchos factores.
-----A la palabra, en relación con este espectáculo que mencionás, nosotros la abordamos de distintos lugares, pensando también en lo sonoro, en la musicalidad de la palabra, como para poder reforzar una estructura que no esté basada solamente en el significado, y en cambio sí apuntar a una forma concreta que fuera una estructura sólida.

Claro: justamente lo que me llamaba la atención es la abundancia de texto en el juego con el público. Y cierra por este lado, por el lado de que no es tanto contenido como elemento estructural.

- Eso es lo que a veces me aburre del teatro: que se basa en la palabra. Eso de tomar la palabra como el contenido, y que todo lo demás sea la forma que hace que ese contenido te llegue. Pero, en el momento de la presentación, actores y público pueden estar atravesados de tantas otras palabras! Y eso para mí es igual de importante. Todo eso otro es lo que hay que atrapar para entrar en conexión.
-----Me gusta, por ejemplo, cuando alguien dice ‘me encantó esa parte aunque no tengo muy en claro cómo enganchaba con lo otro, pero me fui con esa sensación’. Y yo creo mucho en eso, en ese sentimiento que muchas veces cuesta bajar a concepto pero que uno tiene la certeza de que ocurrió.

Te mando de nuevo al clown, por un camino que es habitual: el del nombre. El tuyo se llama...

- Ahí está. Incluso en talleres que hice después – cuando vine a Buenos Aires - pensé en cambiarme el nombre, y no: para mí es Cucumelo.

¿Por qué Cucumelo?

- No sé. Creo que alguna vez dije algo así como ‘estar solo como un hongo’, y apareció Cucumelo. También soy hijo de una época: las comunidades, la libertad de drogas, etc. Y, bueno, como un lugar de transgresión, la necesidad de irse incluso para otro lado con tal de salir de esa planicie terrible en la que estábamos viviendo.
-----Creo que fue una mezcla de cosas: esta anécdota de estar solo como un hongo, cierta musicalidad italiana (a pesar de que no tiene nada que ver)... Fue como tantas otras cosas en el clown, no demasiado reflexionadas a priori, de las cuales fui tomando conciencia después.
A mí me da la impresión de que esto del nombre, e incluso algunas técnicas como darle una biografía, tienden a corporizar al clown. Y vos hablás de la calidad, y de la idea de cómo se fue incorporando todo a tu trabajo. ¿Qué pasa con Cucumelo? ¿Qué pasa con este clown en concreto, más allá de una energía o una calidad?

- Para mí la biografía de Cucumelo es muy concreta, y se da en la situación en que fue viviendo Cucumelo. Yo no podría inventarle unos padres o inventarle toda una historia que vaya más allá del momento en que Cucumelo está vivo, que tuvo que ver con el momento en que apareció en los cursos, o los momentos en que apareció en los espectáculos. Ésa es la vida de Cucumeo: Cucumelo vive en los momentos en que aparece frente al público. Si no, me parece, sería ponerlo en un estadio de personaje – a menos que sea así, que se le cree una biografía con el fin de llevarlo a escena con una historia. Si no, sería remitirme a un montón de circunstancias previas desde la cabeza, y yo confío muy poco en la cabeza, me parece que muchas veces hace jugar malas pasadas – sobre todo cuando se empeña demasiado a priori. Una cosa es planificar para la acción, y otra es hacer elucubraciones que en el momento son muy poco útiles.

¿Por qué Cucumelo no aparece más como tal?

- Sí aparece. Aparece mezclado... Yo, por ejemplo, no pienso nunca en un personaje cerrado para crear un espectáculo. No pienso en un personaje que tiene toda una vida aparte de la mía. Me parece que son caracteres que evolucionan a lo largo de esa instancia de la presentación – y digo presentación porque la palabra ‘representación’ no me suena muy bien, me suena a algo que se repite.
-----Y Cucumelo aparece en estas cosas. Quizás, como te decía antes, se hace más visible, o quizás está debajo, pero siempre hay un registro y una mirada que en parte es de él. Nunca está puro, siempre está mezclado, pero está ahí, y es inevitable – y tampoco me interesa evitarlo.

¿Pero no harías un número con nariz ahora?

- No sé si no lo haría; no lo hago. Ahora no lo estoy haciendo, pero no sé. No me molesta el trabajo con la nariz, ni tengo ese prejuicio de que la nariz es algo fuera de moda, o muy antigua o muy explícita. Me parece que, en un momento de la formación, es algo fundamental; como un lugar de proyección, o como un recuerdo, así es la nariz. Pero me parece que no es imprescindible cuando uno conoce más el material. Pero tampoco tengo el prejuicio de no usarla, como tampoco me importaría usar una ropa que esté fuera de moda. Creo que gran parte del prejuicio pasa por ahí, porque es algo demasiado obvio. Y así como es explícita para el actor también lo es para el público: vos sabés, como público, cuando ves una persona con nariz, sabés en qué código o desde qué lugar. Ayuda entonces a comunicarse, es como una tarjeta de presentación. Una tarjeta de presentación que tiene un doble filo, porque, por un lado, cuando realmente permite colarse al clown a través de esa nariz, está todo bien. Pero cuando aparece otro tipo de código que no tiene nada que ver con el clown, eso se hace muy evidente y parece que la nariz saltara de la cara. Por eso, me parece que sí es muy importante en un momento de la formación, como referente. Yo podría volver a usar perfectamente; no tengo problemas.

En todo este tiempo de laburo, de toda la gente con la que te cruzaste, ¿hay personas que se hayan convertido en objetos de admiración – e incluso de envidia – dentro del clown?

- Quizás son aspectos, o algunas cosas. Por ejemplo, y desde mi clown, Omar Chabán y su capacidad de asociación. O también, en mi último curso, Lucas Mirvois, uno de Los Susodichos: la capacidad de asociación que tiene en relación con lo verbal para mí es una cosa fascinante. Cierta impunidad de Gabriel Chame – que por momentos podía llegar a ser malísimo como clown – para mí también era admirable. Y sin ser clown - porque nunca se formó como clown -, pero con un espíritu absoluto de clown, Urdapilleta: lo de él es absolutamente clownesco, aun haciendo cosas trágicas – que también es un permiso del clown, porque hay clowns que son absolutamente trágicos.
-----Me pasa, qué sé yo, con todos: cuando veo un clown, siempre hay algún aspecto que tiene que ver con esa cosa individual y propia que me despierta admiración. Admiro todo lo que es genuino, lo que no se contamina con los códigos y se vuelve repetitivo. Por ejemplo, en nuestros cursos de clown Gerardo Baamonde entraba haciendo un sonido que imitaba una trompeta, y después muchos empezaron a imitarlo y terminó haciéndose un código. Pero cuando aparece lo absolutamente propio, eso es absolutamente envidiable. Son hallazgos, son tesoros que uno descubre.
-----No sé, no podría decir de algún clown en su integridad. Pero en la mayoría hay aspectos que digo ‘¿por qué eso no formará parte de mi historia propia’?

Hay un rumor acerca de Cristina Moreira como una profesora muy severa. ¿Es cierto eso?

- Y... en nuestra época lo era. Pero ocupaba el lugar de un público muy crítico. Ella venía de Francia y de un mundo con mucho trabajo de clown. Y creo que era muy exigente respecto a eso. Cristina – y esto yo lo encontraba muy distinto a mi trabajo con Iben – insistía en que los elementos que encuentra un clown son de ese clown y ya está. Prohibido copiar. Y, en realidad, lo que esto estaba encubriendo era la posibilidad de ir guiándonos a cada uno en el hallazgo de su propio material, en vez de crear un código comunitario que suele funcionar bien de manera interna pero que, cuando los llevás afuera, no funciona.
-----Por otro lado, en la Antropología Teatral la cosa era ‘vean los ejercicios que hacen sus compañeros y, si encuentran uno que les sirve, pueden robarlo o reelaborarlo’. Entonces yo encontraba un conflicto ético, tipo ‘mi papá me dice que no puedo y mi mamá me dice que sí’. Y creo que todo esto tiene que ver con el hecho de que, a veces, desde la imitación uno puede encontrar un lugar genuino. Puede funcionar esto de aprender de pares, de colegas.
-----Sí, es severa. A mí de todos modos me sirvió mucho. Porque era un trabajo a presión, pero no diferente de la presión que uno se encuentra cuando uno se va a enfrentar con el público. Me parece que ella ponía en juego esa situación, y era una situación de mucha exigencia pero también muy certera y muy inteligente – por eso, cuando la cosa funcionaba era un placer enorme.
-----Yo creo que la mayoría de la gente que forma clowns no tiene ningún empacho en decirte cuándo la cosa funciona y cuándo no. En el trabajo de clown específicamente, yo creo que se permiten retarte con un plus de autoritarismo, que es el que vuelve a colocar al clown en esa posición de ‘el que no tiene poder’, el que no sabe, el que tiene problemas y las cosas le salen mal. Generalmente, ese tipo de retos son de lo más productivo, porque si uno no tiene esa instancia de reconocimiento del error, de admitir que por ahí la cosa realmente no va, entonces es muy difícil remarla.

¿Vos te colocás ahí como docente?

- Para mí es muy importante, sí, marcar y reconocer los errores. Porque son el material de base del trabajo del clown. Y también pasa que muchas veces uno considera fallas o errores cosas que para el público no lo son; que son simplemente algo que es raro, distinto, personal, y que requiere quizás de un tiempo de desarrollo para que tome la forma de un material válido. Cuando Batato empezó a hacer el trabajo de clown, yo me acuerdo que en el Centro Cultural Recoleta había un escenario en el hall central, y lo único que hacía Batato ahí era vertical y arco, vertical y arco sin parar, hasta enloquecer. Y este marido de mi mamá que me había impulsado a tomar la decisión de seguir con el teatro, cuando fue a verlo una vez me dice ‘este chico es un tarado’. Y para mucha gente Walter era un tarado. Creo que el poder reafirmarse en ese lugar... – que no es que no te importe, es que muchas veces uno tiene conciencia de que esas cosas no dan resultados o no llegan a todo el mundo pero intuye que algo de eso vale, que es simplemente encontrar la manera de que la gema aparezca. Y me parece que esa terquedad de búfalo de Batato fue lo que le permitió llegar a un lugar... Incluso en un momento en el que todavía no aparecían travestis en televisión ni estaban en el show business, él podía tranquilamente ponerse tetas y vestirse de mujer y maquillarse mal, y seguir siendo un clown.

Escuché decir que en un momento quemó su nariz. Sea cierto o no, me gustaba pensarlo más en el sentido de que el clown pasa a tener otro lugar que no está simplemente representado por esa nariz – que es también lo que vos estás diciendo.

- Sí. Incluso como personaje mediático, a mí me pasó de subir a un taxi con Walter y que el taxista diga ‘no, ¿cómo le voy a cobrar a Batato?’, o sea que por ahí lo había visto en algún sucucho. Yo creo que él específicamente encontró a través del clown un tipo de lenguaje que lo representaba mucho a él como persona. Que él tenía un gran porcentaje de clown en su vida. En este trabajo de Romeo y Julieta, por ejemplo, en uno de los ensayos se hacía como un juicio a los personajes – todos los personajes se sentaban en ronda y cada uno iba pasando al medio. Walter tenía el personaje de Baltazar, un criado en la casa de los Montesco. Entonces, en un momento la sentaban a Julieta, y a su turno la madriza decía, no sé, ‘yo te condeno porque sos muy traviesa’, y otro decía ‘te condeno porque sos muy soñadora’. O sea, era todo muy soft. Y, cuando va Baltazar a juzgar a Julieta, le dice ‘yo te condeno porque sos una cagona; porque si vos le hubieras dicho que sí a mi amo desde el principio no hubiera pasado todo lo que pasó’. Y así dio por tierra a toda aquella Julieta ideal que tenían todos en la cabeza.
-----Con Walter pasaba que a veces, y muy a pesar de que él quería lograr un efecto dramático –de hecho él quería ser un actor serio-, decía algo y nos cagábamos de risa. Por ejemplo, lo sientan a Teobaldo, y cuando va Walter le dice, con los ojos llenos de lágrimas, ‘Teobaldo, vos sos de lo peor’. Y nosotros nos descomponíamos de la risa. O sea: era un clown la mayor parte del tiempo, con toda su cosa compulsiva y sus decisiones tomadas de una manera que parecía muy arbitraria, siempre muy respetuoso de su intuición y de sus impulsos primitivos a los cuales, quizás, él no terminaba de encontrarles una lógica, pero igual confiaba en eso, y lo llevaba realmente al máximo, a un punto incluso de uno asustarse y pensar "¿a dónde va a ir a parar este chico?"
-----Y después, creo que esta organización de Lecocq de los géneros puros tiende a que cada uno pueda descubrir el género que más tiene que ver con su personalidad, y después trabajar los otros géneros como para poder complementar o ampliar las posibilidades de esa personalidad original, poder entrar en contacto con esas otras calidades que también están y que tienen que ver con desarrollarse uno como persona. Me parece que no es mucha la gente que tiene ese carácter del clown. En un momento nos hicieron una entrevista en Cuba y Hernán Gené dijo ‘el clown es una manera de vida’. Para nosotros era muy fácil en ese momento, porque éramos seis que andábamos juntos a todas partes, éramos más o menos una patota. Pero, individualmente, llevar una vida como clown y que realmente eso sea como la columna vertebral de uno, no es nada fácil, y yo creo que no hay mucha gente que lo haga. Como no hay mucha gente para cada uno de esos géneros puros.

¿Walter te parecía uno de ellos?

- Absolutamente.

¿Quién más? ¿Se te ocurre alguien más (no necesariamente de acá)?

- (Pausa). Pasa que también hay que tener un conocimiento muy íntimo de la persona para saberlo, y yo con Walter fui muy muy amigo – llegamos a compartir terapia juntos. Entonces sé cómo él sacaba el humor de situaciones absolutamente críticas, donde otro pensaría en suicidio.

Por lo que vos decís –vos siempre hablás del actor-, me parece que entra a jugar otra cosa, eso del clown como parte de la vida y que no se puede diferenciar de ella. Y es lo que en algún punto afirman aquellos que vienen de una tradición más circense, que tampoco desean separar arte y vida. ¿Cómo es eso para vos, en tu caso? Porque vos hablás de lo teatral, pero ¿cómo se mete lo clownesco en tu vida?

- Me parece que es como en los espectáculos: en algunos momentos de mi vida Cucumelo aparece más, y en otros menos. Yo no me considero, como en el caso de Walter, como un 98, 99 o 100% clown. Realmente no siento que sea así. Creo que lo que decís en relación con lo circense es totalmente cierto. Por ejemplo, los Colombaioni en Italia: es gente que viene de una familia de clowns, y que vive en el circo y dentro del circo tiene ese lugar del clown, o sea que ese aspecto se hace más y más fuerte como identidad. Para mí, yo creo que sería muy difícil hacer la cantidad y la de cosas diferentes que hago si viviera toda mi vida como clown. No podría. Mi vida tendría que ser otra. Tendría que dar sólo clases de clown, y hay muchas otras cosas que me interesan.

¿Tenés una opinión formada acerca de la situación actual [en el 2003] del clown en Argentina?

- Me parece que hubo este gran primer movimiento en los 80, que después dejó paso a esta otra instancia de juego un poco más intelectual dentro del teatro, y que ahora los campos empiezan como a compatibilizarse. Me parece que hay mucha gente que labura en clown, y de esa mucha gente no sé si hay muchos realmente comprometidos como una forma de vida o si en cambio son actores investigando dentro de ese campo como para después aplicarlo a otras maneras de hacer teatro. Creo que, más allá del clown, lo fuerte del último tiempo tiene que ver con el circo en general, y el clown como una parte más dentro de toda esta cosa de circo que hay. Pero siento que, a diferencia de los 80 (donde era más el clown aplicado al trabajo de teatro), ahora empezó a conectarse mucho más con esta otra escuela del circo, que es muy distinto, que tiene mucho más que ver con el gag... Es otra manera de trabajo. Cuando se estudia con alguien que viene de la tradición del circo, uno aprende el gag, aprende la manera de hacer el chiste, y después uno tiene que encontrar su propia forma de hacer el chiste. Es al revés: nosotros, de la forma en que lo aprendimos, enfocamos primero al encuentro del clown, y que el gag vaya apareciendo en el desarrollo de ese clown. Y ahora, después de mucho tiempo de pelea entre una y otra formación, me parece que empieza como a existir la posibilidad de convivencia y de aprender una y otra forma.
-----También, con la gente del Odin –ellos habían trabajado en cárceles, y habían hecho todo un trabajo previo con los Colombaioni– vos ves los videos y son los números típicos del clown: el muerto que se levanta con las patas adelante, el número de levitación, el número del barbero que le llena de crema la cara al otro. Aprendían primero el esqueleto de esa cosa y después buscaban la posibilidad de desarrollar su propio estilo; el que puede hacerlo así, puede entonces llevar adelante el trabajo de clown.
-----Ahora me parece que empieza a compatibilizarse. Pero también es cierto que no estoy viendo muchas cosas de clown. A veces voy a ver espectáculos de gente de la que conozco su trabajo previo al contacto con el clown y su trabajo posterior a ese contacto, y me doy cuenta de que ya se abrió algo, y que es un trabajo que no tiene directamente que ver con el clown pero el clown está ahí. El trabajo de Caro [lina Adamovsky] en ‘Ganado en pie’, por ejemplo: yo la veía y veía mucho al clown que yo había conocido en los cursos. Y no tenía que ver con el humor más áspero que hacía antes Carolina. Por eso también digo lo de diferenciar la cosa del humor de lo que es en sí el clown. No siempre el trabajo del clown remite directamente al humor ni viceversa.
-----Policastro también: yo lo veo a Martín y pienso en lo que hacía antes, y claro, el clown está absolutamente presente en su laburo actual como actor.
-----Pero quizás no veo muchas cosas. Lo más específicamente clownesco que vi en el último tiempo es quizás Los no Perecederos, no más que eso. Pero sí vi a mucha gente aplicar cosas del clown, y no voluntariamente sino porque hay un canal que se abrió y que no se puede evitar.

Relacionado con esto, ¿qué esperás vos de las clases y los cursos? ¿Cuál sería la riqueza de los cursos?

- ¿Del clown específicamente? Para mí es como con el entrenamiento: yo siento que encontré cosas que fueron muy ricas en mi formación... Y lo importante: si bien la vida y el arte son dos cosas distintas, y la persona y el personaje son dos cosas distintas, también es cierto que las cosas que uno va aprendiendo también sirven para conectarse de una manera más clara con el público, y eso termina resultando útil en la vida. Es un camino y un aprendizaje para mí muy sinuoso, porque, si bien son dos cosas distintas, el límite es muy borroso.
-----Depende mucho de la persona, no tengo una idea general – no doy cursos de clowns para formar clowns, del mismo modo que no doy cursos de entrenamiento para formar gente entrenada en una energía determinada y que salga haciendo, no sé, la Danza del Viento por la vida. Pero sí es dar la posibilidad de conocer un aspecto que está muy escondido, y para algunos quizás desarrollar o afirmar aquello que ya conocen. Muchas veces ese desarrollo y esa afirmación consiste en poner en tela de juicio el material que ya se da por sabido. A mí mismo me pasó, como clown: había un momento en que Cucumelo lloraba y lloraba, y era bárbaro, funcionaba siempre bien con el público. Y llegó un momento en que dejó de pasar, y dejó porque yo ya sabía que eso funcionaba – yo ya no actuaba desde un lugar de ingenuidad. Y algo de la vulnerabilidad se perdió. Entonces, en el momento en que percibí eso, dentro del llanto empezó a aparecer la risa también, y Cucumelo se empezó a poner un poco más malo, a usar ese llanto para lograr sus objetivos. Y ahí la cosa volvió a funcionar. Pero partió justamente de poner en tela de juicio aquel material que yo consideraba infalible.
-----Eso no es sólo con el clown; en el entrenamiento también hay veces que yo digo ‘esta calidad ya está, ya está sabida’. Cuando tiene la cosa establecida tácitamente, la cosa desaparece. Es una conexión momento a momento.
-----Yo creo que enseño más que nada por una cosa de egoísmo, porque me da mucho placer ver cuando alguien descubre algo que le resulta bueno o útil o desconocido hasta ese momento. Esos momentos son de un placer enorme para mí. Creo que sí, que hay una cosa de egoísmo en gran parte. Pero, por supuesto, el otro es fundamental en esto, porque eso es posible sólo cuando me pongo a trabajar con el otro y a ver cuáles son sus objetivos.
-----Sí, lo que más me mueve es esa satisfacción. Acompañar en el sentimiento a alguien es muy placentero, muy rico, muy... no sé, será que no tengo hijos, no sé con qué tiene que ver.

¿Te parece que terminemos con un pequeño homenaje a Cucumelo? ¿Podés recordar momentos que hayas disfrutado más, o que hayan significado una experiencia decisiva, o donde la unión entre la acción y la palabra haya sido más fuerte?

- Sí. Por ejemplo el primer espectáculo del Clú... Yo tardé mucho tiempo de entrar a trabajar en el grupo – yo estaba como vestuarista y les armaba la imagen, pero no quería saber nada con poner el cuerpo, sentía que era demasiada exposición. Y eso a pesar que ya estaba trabajando en las plazas. Me daba demasiado vértigo.
-----En el segundo espectáculo del Clú... Bueno, después de un tiempo sí entré a trabajar en ‘Arturo’; ese momento sí me dio mucho placer, entré como reemplazo de uno de los chicos, y entré con una estructura distinta para proponer de lo que había puesto Damián (el chico que estaba anteriormente). Y lo que propuse fue cantar ‘glory, glory, aleluya’ mientras intentaban sacar la espada de la piedra, y le propuse al público ponerse d pie. Entonces, ver a toda la sala del Rojas de pie cantando conmigo... fue increíble... era como ‘ah, bueno, se puede’.
-----Pero creo que lo más grato fue en el último espectáculo que hice con el Clú. Yo siempre tuve muy malos estrenos con el Clú, siempre fue como que mi trabajo iba evolucionando mucho a través de las funciones. Cuando miraba lo que había hecho al principio desde el final de una puesta, me daba vergüenza ver lo que había hecho. Cuando veíamos los videos, eran unas depresiones...!
-----Pero en el último espectáculo que hice yo con el Clú, que era la Historia del tearto, dirigido por Juan Carlos Gené... Juan Carlos Gené es una personalidad muy fuerte y muy particular; tenerlo a él sentado enfrente en un ensayo de clown es realmente.... o sea, Cristina Moreira, al lado de Gené, es Sarah Key... Y ahí, haciendo un personaje dentro de un número propuesto por Gabriel –trabajábamos distintos momentos de la historia del teatro, por ejemplo, el teatro isabelino, donde yo hacía un rey tipo Macbeth – entraba hablando con una voz que realmente no se entendía nada, con una voz rarísima. Y me acuerdo que, desde ese mismo no entender – algo que para mí era realmente extraño, y teniendo en cuenta que para Gené la dicción era importantísima – verlo a él matándose de risa al escucharme a mí fue un momento muy fuerte de apertura.
-----Y bueno, fue como sentir ‘encontré un lugar en donde tengo permiso’, ‘le encontré un talón de Aquiles a este público’. Y creo que fue el espectáculo con el Clú que yo más disfruté.
-----También teníamos una escena con Walter donde hacíamos La Dama de las Camelias; yo hacía Armando el enamorado y bailaba un vals con ella y me divertía mucho mucho. Pero el punto de inflexión fue aquel cuando lo vi al viejo con la carcajada, ya no la sonrisa sino la carcajada abierta.
FIN

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29 junio 2006

aviso que necesita ser completado

Descubrimos un blog en el que Bondiola aparece linkeado. Se llama "con tanto payaso algo puede salir mal" y anuncia un festival payasesco en Quilmes para el Domingo 16 de Julio. No sabemos, por ahora, de quiénes se trata. Sólo que promete mucha risa y muchos payasos. Pronto, con seguridad, obtendremos algún dato. Aquí va el link: http://algopuede.blogspot.com/

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parakultural

Una referencia, a partir de la exposición de Rocha Novoa, a ese sitio que mencionan algunas entrevistas, como la que estamos publicando de Angelelli. AQUÍ.

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lo que es una habilidad

el hombre corneta

Represión y Cultura

Lo que sigue ha sido levantado de la página http://www.paginadigital.com.ar/articulos/varios2/programa.html. Es una Nota del Gral de Brigada José Antonio Vaquero (Segundo Jefe del Estado Mayor General del Ejército) dirigida al Ministro del Interior, Gral de Brigada Albano Harguindeguy, en Noviembre de 1977. En la misma página tienen otros dos documentos esclarecedores. Cualquiera que lea esto junto con, por ejemplo, la entrevista a Chacovachi o la entrevista a Angelelli, sacará seguramente algunas cuentas.
República Argentina
Comando en Jefe del Ejército
BUENOS AIRES, 28 de noviembre de 1977
SEÑOR MINISTRO:
-----Este Comando en Jefe del Ejército ha constatado mediante diferentes acciones una serie de anormalidades existentes en los medios culturales, basadas en la carencia de una legislación adecuada que proteja a nuestra cultura del accionar subversivo. Tras largos años de infiltración y amparados en las características particulares de algunos ambientes, la subversión ha logrado obtener óptimos resultados en los medios culturales, llegando a conformarse la idea de que sólo podría tener éxito en lo artístico aquel que era o se autotitulaba "marxista".
-----Las bases legales actuales, especialmente la Ley Nro. 20.840 (de Seguridad Nacional) alcanza a las acciones subversivas desenmascaradas, expresas y manifiestas. Todas aquellas indirectas, insidiosas y sutiles que precisamente emplea el marxismo en el proceso de erosión de valores, no pueden ser encuadradas en legislación alguna vigente, excepto cuando atenten contra lo oral entendido casi exclusivamente en lo referido a lo sexual. Cabe acotar que, en estos casos, gran parte del poder de policía se encuentra en el nivel municipal, lo que impide un accionar integral.
-----Recordamos el pensamiento del marxista ANTONIO GRAMSCI sobre el valor de la cultura, quien contrariamente a lo que expresaba LENIN de la necesidad de apoderarse del poder para desde él transformar a la sociedad, manifestaba: No hace falta ocupar el Estado para transformar la sociedad, sino cambiarla culturalmente para luego tener fácil acceso al Estado. La falta de legislación adecuada facilita el accionar subversivo y obliga a las FFAA, al accionar sobre estos medios, a marginarse de lo legal.
-----La respuesta marxista en estos casos está siempre preparada; el que trata de proteger su propia cultura impidiendo el avance del marxismo es "Maccarthysta" o "fascista", iniciando de inmediato campañas ofensivas nacionales o internacionales sobre el tema.
-----Estas limitaciones en la Lucha Contra la Subversión, en la que se encuentran las FFLL, ha facilitado incongruencias tales como la impresión, distribución, difusión y venta de bibliografía marxista o disolvente que ha continuado durante los años 1976 y 1977.
-----De igual manera en las casas de venta de discos y cintas magnetofónicas pueden obtenerse actualmente piezas de características disociadoras y que hacen directamente a la subversión, tal como lo expresa claramente el Informe Especial de Discografía emitido por la SIDE el 22 Oct 77, cuyo ejemplar Nro. 1 obra en poder de ese Ministerio según se desprende del distribuidor.
-----Este accionar se ha difundido preferentemente en las artes plásticas, la música y la literatura, extendiéndose de lo culto a lo popular.
-----El Estado Mayor General del Ejército ante estos problemas realizó un Estudio de EM cuya copia remitimos como un aporte más para que ese Ministerio disponga de los elementos de juicio necesarios para resolverlos. Cabe destacar que si bien entendemos que la empresa es dificultosa, su solución es apremiante en razón de que, mientras no se combata a la subversión en el ámbito cultural, la misma podrá continuar con la captación de mentes juveniles pues el ciclo no habrá quedado interrumpido.
-----Saludo a Ud.
JOSÉ ANTONIO VAQUERO
General de Brigada
2do Jefe del Estado Mayor General del Ejército
A S.E. EL SEÑOR MINISTRO DEL INTERIOR
General de Brigada D. EDUARDO ALBANO HARGUINDEGUY

Angelelli - 3

¿Qué fuiste haciendo paralelamente al trabajo con el Clú?

- Yo, durante el segundo espectáculo del Clú – que era Escuela de Payasos, en el 86, dirigido por Gené... Yo me acuerdo que habíamos ensayado la obra en El Parque, ahí en Bolívar, e íbamos a poner la obra en El Rojas. El lugar donde habíamos trabajado era un espacio circular, y había que cambiar todo para una puesta frontal en el Rojas – era bastante arduo.
-----Haciendo estos ensayos, me entero de que habían llegado a Buenos Aires unos artistas daneses que daban entrenamiento corporal para el actor. Y, como te decía, desde los últimos años del conservatorio eso había sido para mí una veta que se había abierto y que nunca (porque aquella profesora que tuve en Técnica Corporal se había ido a vivir a España) encontré el camino para poder desarrollar un trabajo así. Y en ese momento era lo que más me interesaba, digo, la cosa corporal en sí – ni siquiera había descubierto la posibilidad del trabajo vocal. Buscaba pero no encontraba. Tomaba clases de danza. Por un lado, tomaba clases con Gandolfo, donde el cuerpo quedaba totalmente afuera – ¡ojo!, estoy hablando de un momento particular, sé que el trabajo de Gandolfo cambió muchísimo, y eso fue en respuesta a todo un movimiento que se fue desarrollando desde ese momento. A mí me parece que todo lo que surgió en los 80 fue una necesidad del inconsciente colectivo; no fue una moda que llegó de París, una importación caprichosa.
-----Y, bueno, trabajando con una persona como Gené, que era tan fuerte desde el punto de vista ideológico – yo me acuerdo que nosotros en sus clases le planteamos (éramos unos pichis, unos adolescentes totales) toda la cosa de la ideología en relación con el espectáculo, y él nos dice ‘la ideología viene después; primero es la acción y después ustedes tienen que extraer la idea’.
-----Y me parece que eso es algo que empezó a fermentar en ese momento: primero, la acción, el tratar de hacer, y después tratar de ir seleccionando y reflexionando sobre eso que se había hecho.

O sea: una política de la acción corporal.

- Sí, de la acción en sí. Yo creo que de la acción en sí, como cultura. Porque fue mucho tiempo el que la gente estuvo inactiva y viviendo con mucho miedo. Yo tengo muy claro el recuerdo de esa época: salir a la calle y fijarte si tenés los documentos. A mí me llevaron en cana dos viernes seguidos mientras estudiaba en el conservatorio. Por ahí, después del conservatorio, íbamos a tomar algo a un lugar y resultaba que el lugar no estaba habilitado, y entonces paraban un ómnibus de línea y nos metían a todos adentro y nos llevaban al departamento de Policía. Y lo peor era ese terror de no saber si ibas a salir o no, porque sentías que todo era posible, que cualquier fantasía terrorífica era posible. Se vivía con mucho miedo.
-----Entonces, por supuesto, esto de haber empezado a trabajar en las plazas... En aquel momento, en San Telmo sólo había una pareja que bailaba tango en la plaza y estaba el Teatro de la Libertad haciendo algo, pero no había teatro en la calle. Pensá que, hasta hacía poco tiempo, estaba prohibida la reunión de cuatro personas en la calle. Entonces, sí, fue un momento en el que se empezó a oler esa posibilidad del hacer.
-----También nos habíamos quedado, en relación con el teatro específicamente, como huérfanos de una generación anterior. Nosotros teníamos como referente de teatro independiente a un tipo de teatro que ya no nos representaba en absoluto – un teatro muy comprometido con la cosa psicoanalítica de los sesenta. Y eso para nosotros era muy lejano. Entonces había que hacer para encontrar nuestra expresión. Era prueba y error.

Y a vos te interesaba la cosa corporal y te enteraste de los dinamarqueses.

- Claro, me enteré de que estaba ese grupo, y yo no tenía idea de Eugenio Barba y el Odin Teatret. Me entero de que los daneses llegan para un curso de entrenamiento corporal para el actor, y fui a ver de qué se trataba. Fui a la Escuela Municipal (donde se daba el seminario) y, con muy buena suerte, logré integrar uno de los grupos de entrenamiento. Primero no era admitido, porque no formaba parte de los grupos que habían sido admitidos para integrar el seminario. Y, por error –esos errores de la vida-, yo, que había sido aceptado sólo como oyente, cuando hicieron la división de los grupos me encontré como participante. Quien daba el curso cuenta como anécdota, aun hoy, que, cuando contaba a sus alumnos, siempre tenía uno de más, y él no sabía quién era – ni yo lo sabía; yo estaba absolutamente inocente de que estaba de más, yo pensaba que estaba ocupando mi lugar con todo derecho.
-----Y ahí empezó esta relación, que sigue todavía. Y que fue el otro pilar de mi formación. Estaba por un lado el trabajo específico de clown, que era con lo que más me había entusiasmado dentro de los géneros puros... Creo que también había mucha necesidad de reírse, me parece que era por eso. Porque los cursos de tragedia y de melodrama también eran una risa viva, y no teníamos cómo sostenerlos. Y no era porque no nos interesase, porque, de hecho, íbamos y nos poníamos las togas y todo, y tratábamos de concentrarnos, y habia también mucho trabajo corporal en la tragedia. Pero, a la hora de entrar en la tragedia, en un lugar oscuro, con Cristina iluminando desde afuera y el que entraba haciendo su texto, cuando te llegaba la luz era una risa contenida hasta que estallaba la carcajada. Claro: después de dos o tres cursos de clown previos, era imposible encarar la tragedia o el melodrama.
-----Pero creo que sí, que respondía mucho a una necesidad de risa como liberación. La mayoría de los trabajos de ese momento fueron humorísticos. Si bien eran distintos tipos de humor, son muchísimos los trabajos sobre el humor que partieron desde entonces – Los Macocos, las Gambas, nosotros, los Melli, Urdapilleta y Tortonese... Era una explosión.
-----Los únicos que trabajaban con otro tipo de estética, que estaba más relacionada con lo de La Fura [dels Baus], era la gente de La Negra en ese momento – después De La Guarda y Art Detroy -, con una cosa mucho más visual pero donde también primaba la acción – a tal punto que uno de sus trabajos se llamaba ‘Work’. Era acción, cuerpo a full. Creo que en los 90 empieza un movimiento que rescata un poco más el valor de la palabra, la organización de un discurso, y el cuerpo empieza a quedar... por ahí no en un segundo plano, pero a balancear un poco más.

Entonces, ¿podrías decir que ese descubrimiento de los daneses te da eso que empezaba a faltar en el Clú del Clown?

- Yo recuerdo que nosotros teníamos ensayo en el Celcit, con Gené, a las nueve de la mañana. Y yo a las siete y media ya iba a entrenar – porque no tenía lugar para entrenar, entonces iba a hacerlo antes de que llegara el grupo. Para mí era muy difícil, porque son dos metodologías de trabajo muy distintas – que aparentemente deberían llevar a dos lugares distintos, pero que en realidad convergen en un mismo punto. En el principio, el clown estaba para mí más relacionado con la cosa más relajada, más espontánea, hasta más banal si se quiere – también por esto de ir primero a la acción, y que la reflexión venga después. Desde las primeras clases trabajábamos con el público y para el público, entendiendo que el público era nuestra razón de ser. Y era una cosa bastante irrespetuosa. En un momento Gabriel salió hablando de Les Luthiers en Clarín, y más o menos decía que eran unos bobos y que nosotros éramos mucho mejores – después lo queríamos matar. Ir a ver teatro juntos era un infierno para los que estaban actuando ahí: íbamos los seis juntos y nos reíamos en los momentos menos indicados, perturbando el desarrollo normal de la función. Me parece que también era, de una manera un poco prepotente, la necesidad de fundarnos una identidad.
-----Y en la medida en que cada uno fue encontrando un camino – Batato por un lado, con Tortonese y Alejandro [Urdapilleta], con una cosa más llevada hacia la crueldad que nuestro trabajo... Fuimos cada uno encontrando un rumbo distinto. Y en ese momento mi rumbo lo fue marcando este trabajo con Iben.
-----Creo que algo muy importante del trabajo con Cristina fue el acento que ella ponía en la vulnerabilidad – no sólo en la disponibilidad – que cada uno debía tener para poder aceptar el error y para aceptarlo incluso frente al público. A mí me pasaba a veces de aparecer frente al público en un estado de susto total. Después se pasaba al plano del juego a través del clown, a través de la nariz. Había funciones en que me temblaban las piernas y me decía ‘hoy no puedo, hoy no puedo’, hasta que estaba ahí y ahí la cosa se transmutaba.
-----Este otro trabajo que yo hacía con Iben era mucho más íntimo, mucho más de laboratorio. Si había alguien mirando el trabajo, era ella – una persona con una mirada crítica que podía ayudarte a seguir adelante. Y con una cosa que tenía toda una mística detrás: esta idea del clown como un ser único, alguien que se presenta ante el público como un ser único que viene hablar, de alguna manera, de su soledad, y a compartir ese momento también único con el público. Quizás uno no es consciente de eso al entrar en escena, pero yo creo absolutamente que ése es el móvil. El clown es la metáfora del artista, es ése que viene a jugar y a hacer esas cosas que no tienen sentido, que no tienen un para qué, y a encontrar ese momento de comunión con el público en el que el público puede decir ‘hoy no estuve tan solo’ o bien ‘qué bueno que ese tipo puede mostrar todas sus debilidades y errores y uno estar acá, acompañándolo a éste en ese viaje!’ Todo eso, para mí, no se hizo evidente como una mística del clown hasta pasado cierto tiempo. En un primer momento, era lo que me pasaba a mí, lo que yo sentía, y sin llegar a tenerlo muy claro.

¿Fue el trabajo con Iben el que te dio cierta conciencia en relación con esto que decís?

No... Yo creo que... No sé, porque... para mí en un momento era muy díficil el tener estas dos cosas aparentemente tan opuestas, y yo decía ‘¿cómo puede ser que estas dos cosas opuestas me atraigan?’ Ir a ver un espectáculo con Iben, donde todo era tan oscuro, y yo salía conmovido (sin entender muy bien muchas veces, pero realmente conmovido) y, en la otra mano, tener esa otra comunicación con el público, era un color totalmente distinto.
-----Y yo trataba de encontrar una síntesis entre estas cosas, por eso en algún momento empecé a aplicar los trabajos de entrenamiento como precalentamiento para los cursos de clown. Pero eso era más por una voluntad mía de encontrar un curso común.
-----Y creo uno y otro polo fueron entrando en contacto. Fui descubriendo dentro del trabajo de Iven (y dentro del Odín también) una cosa que era muy pariente del clown en cuanto a la comunicación, aunque aparentemente no lo fuera. Y, por otro lado, dentro del clown, esto que te decía: la necesidad de ir teniendo herramientas más sólidas. Pero no sé si es que el trabajo con Iben me ayudó claramente.

Pero, por ahí, te sirvió para descubrir esto que, en el fondo, era una unidad.

- Sí, puede ser. Esta cosa mística que fui descubriendo en el clown, por ejemplo, era muy clara en el Odin. Quiero decir, si vos vas a Grotowski, te habla del ‘actor santo’ y del estado tránsico del actor, hay algo que une a ese estado profano con lo sagrado. Si tomás, desde la antropología teatral, todas esas cosas del teatro oriental o del hindú que también están tan unidas a lo sagrado, está mucho más en la superficie esto. Y el clown... aun hoy escuchás a directores y gente muy respetable que toma el trabajo del clown como si fuera un género menor. Y yo creo que no es así en absoluto. Cuando uno ve a un clown maduro trabajar, te encontrás con un gran artista. Esta cosa del despojarse, de presentarse con esa vulnerabilidad, esa comunicación directa con el público, no es moco de pavo.

Para vos el clown es lo que pone en evidencia esa condición solitaria del artista y esa mística, que vos encontrás en otros géneros de otras culturas. ¿Lo ves en el clown particularmente?

- Lo veo en cualquier artista cuando alcanza un punto de madurez. Ahí aparece eso, el poder reconocerse en los demás y ese sentimiento de soledad también. Por eso digo que de alguna forma el clown me parece una metáfora de esto, porque es quizás el que más juega con esto directamente.

Carátula
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25 junio 2006

Folla

A continuación, por su proximidad estructural con lo que se denomina actualmente "variedades", Boniola transcribe un fragmento de la erudita Historia del Teatro Español del Siglo XVII (Madrid: Cátedra, 1995), de Ignacio Arellano, que contiene la definición de "la folla", uno de los géneros breves del llamado teatro menor. El pasaje pertenece a las páginas 677 a 679.

"La folla es una modalidad de teatro breve, propia del siglo de oro español, relacionada con el ámbito carnavalesco, de carácter efímero y marginal. Se compone de elementos varios de piezas breves a modo de centón heterogéneo de disparates dramáticos. El término folla tiene connotaciones de barahúnda y agitación desordenada. Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, escribe: 'Los comediantes, cuando representan muchos entremeses juntos sin comedia ni representación grave, la llaman folla, y con razón, porque todo es locura, chacota y risa.' Viene a ser, pues, un divertimento basado en la mescolanza de estructuras breves de índole cómica, sin orden ni concierto, con el fin de conseguir un efecto de movimiento y variedad, con ribetes de sátira, según recoge Suárez de Figueroa en su Plaza universal de todas las ciencias y las artes. Emilio Coratelo, en su Colección de entremeses, menciona de pasada las follas, que define como mezcla de fragmentos de otros géneros (entremeses, loas, bailes, jácaras, mojigangas), como pretexto para cantar y bailar. Luis Estepa, que ha escrito algunas de las poquísimas páginas que conoce la crítica en torno a las follas, recuerda que algunas piezas de Quiñones de Benavente, como Las dueñas 'no son más que pot-purris formados con letras de canciones; de la misma manera que El soldado apenas tiene asunto. Juan Rana olvida quién es, dando lugar a una indagación acerca de la naturaleza de su oficio [...] La estructura serial, finalizada en alboroto y confusión, reúne los rasgos definitorios ya aludidos'. Parece haber existido un subgénero, el de la folla real, donde debieron de incluirse piezas más grandes formadas tomando la comedia como base. En el entremés cantado Manos y cuajares, de Quiñones, se advierte la fórmula de la folla, según define la pieza su propio texto:
Y aquí acaban tres enjertos
que os hemos dado a comer,
una jácara en un baile,
y un baile en un entremés."

Angelelli - 2

¿Había mucha gente en los cursos de Cristina Moreira?

- Cuando yo empecé Cristina daba los cursos en el estudio de Adriana Barenstein – que creo que era su casa, un departamento. Y ahí eran pocos, porque el curso estaba directamente dirigido al grupo que trabajaba expresión corporal con Adriana. No sé cómo Walter fue a parar ahí, si estaba haciendo expresión con Adriana. Pero me pasó el dato justo en el momento en que Cristina empezó a dar clases en la escuela de mimo de Escobar y Larchundi, en San Telmo. Y ahí sí había bastante gente. Mucha gente, como Gabriel [Chame], Olga Ramírez, Gerardo Baamonde, que venían de la escuela de Elizondo; algunos que habían formado parte de la Compañía, como las chicas de las Gambas [al Ajillo] en su mayoría – salvo María José [Gabin] y Alejandra Flechtner. Después había gente de la misma escuela de mimo. Y era muy rica la mezcla, porque la gente de mimo de la escuela de Elizondo tenía como una pica antagónica... quiero decir, el mimo que ellos seguían (que era más de Marceau) en la escuela de Escobar... más gente que venía de la danza (un grupo que se llamaba Danzarte, por ejemplo). Y, bueno, gente de todos esos lados más alguno que tenía la suerte de enterarse. Y eran, sí, grupos bastante numerosos, de 25 o 30 personas. Estaba Omar Chabán... Era todo bastante mixturado.
-----Pero era toda gente que tenía una formación previa, ya sea en relación al teatro, al mimo o a la danza. Cada tanto aparecía algún paracaidista – me acuerdo de una psicóloga que cayó y desapareció después de la segunda clase; que dijo ‘soy pisocóloga’ en un tono académico, en su presentación, y, bueno, empezó a llegar la bajada de línea y el gaste. En realidad era tratar de encontrar la vulnerabilidad dentro de esa máscara social que era el título de psicólogo. Ella no lo soportó y no volvió nunca más.

Pero no hacían sólo clown.

- No. Sí empezó con clown, y después empezó con el trabajo de lo que se daba en llamar géneros puros – melodrama, tragedia. Máscara neutra en ese momento ella no trabajaba (la incorporó después). Nosotros en particular, lo del Club lo trabajamos con Mario González, un actor que formó parte del Teatre du Soleil...

¿Está afuera ahora?

- Sí, vive en París. Él es centroamericano; no me acuerdo ahora de qué país.

¿Cómo era eso de grupos de veintipico trabajando desde el clown? ¿Qué daba unidad ahí?

- Creo que la unidad la daba, en principio, esta cosa de la novedad y de la posibilidad de entrar –la obligación, más que la posibilidad– de entrar en un código nuevo sin prejuicios. Al principio, era como son la mayoría de las clases de clown ahora: llegabas, entrabas, te presentabas, te sentabas en una silla con una máscara y nadie sabía de qué se trataba. Entonces todos estábamos en igualdad de condiciones. Me parece que lo que habilitaba a esa formación previa que cada uno tenía era el registro de qué funcionaba y qué no. Yo había estado durante años con esa cosa de la cuarta pared, el teatro naturalista, negar al público, y había tenido cierta experiencia ya de teatro en un cierto nivel profesional, y para mí era mala palabra cuando entraba un compañero a camarines y decía ‘¿vieron quién está en la sala?’ Y yo decía ‘pecado venial!’, ‘¿cómo osó mirar la platea?’.
-----Entonces, fue a través de ese trabajo que me reencontré con el placer que sentía de chico haciendo teatro –con el permiso para el error, con jugar con el público. Me acuerdo que una vez, de chicos, salimos a escena –era la obra ‘María y el viento’– y yo sentí que salimos bajo y dije ‘no; va de nuevo’, con el público ahí. Esos permisos que se dan los chicos, y esos permisos que se da el clown: la posibilidad de reconocer el error y poder trabajar sobre eso.
-----Y para mí eso fue un redescubrimiento, y también una manera de poner y de valorizar el cuerpo en la escena – que era algo que bastante descuidado. Había mucho trabajo sobre la vida interior de la cosa, pero nadie me proponía una forma concreta de habilitar canales para que eso se manifestara.
-----El primer curso de clown sobre todo, fue de mucho placer. Y de placer porque no era que yo me sentaba en la silla a hacer reír. Yo me senté a hacer mi trabajo de teatro naturalista, sólo que tenía una máscara encima. En esa época tenía bigotes, y la máscara me molestaba. Por eso hacía gestos y la gente empezaba a reírse. Entonces dije ‘upa, qué bueno!’ y empecé a usar eso.
-----El segundo curso de clown ya fue bastante más problemático. Ya me había dado cuenta de que la historia era hacer reír y por dónde, y entré con otra exigencia. Y me fue horrible. Estaba todo el tiempo tratando de alcanzar la zanahoria. Fue otra cosa. También fue buena, fue como el cachetazo al entusiasmo de aquel primer momento, el cachetazo que me dijo ‘pará, tenés que volver a ese lugar de humildad, de disponibilidad y de ingenuidad que es absolutamente imprescindible en el laburo’.

Esto fue en el 84.

- Sí.

Y el 85 empezaron con el Clú.

- Sí, en el 85 (a fines de año, ya en el veranito) empezamos a salir a la plaza Dorrego en San Telmo, a la plaza de San Isidro, a la de Recoleta (donde todavía no había nada).

¿Por qué las plazas?

- Porque a una plaza era fácil llevar números. Nosotros íbamos realmente a aplicar la técnica. Teníamos una estructura básica, que eran los números ensayados, y ‘alguna’ estructura que abarcaba todo ese compendio de números. Pero no tenía una forma de espectáculo. Estábamos probando, era parte de la ejercitación.
-----Y era muy grato lo que recibíamos. De entrada no sabíamos si iba a funcionar para gente grande o para chicos. Íbamos a probar. Y, por ahí, se llenaba de adultos, y venían tipos a decirnos ‘les agradezco porque a mí de chico los payasos me daban miedo y ustedes me reconciliaron con los payasos’. Claro, era un enfoque bastante distinto a lo que se conocía acá como payasos –que era el payaso que trabajaba con otras dimensiones, donde todo es mucho más grande y más efectista.

Claro: ver eso mismo, de cerca, puede producir miedo.

- Claro, todo ese maquillaje tan grande, tan expresionista... A muchos chicos ya el ver el maquillaje los asusta.

¿Te acordás del primer número que hiciste?

- Sí. Era un número que habíamos preparado en el taller de Cristina. Éramos una pareja de clowns que hacía un número de magia. Éramos un mago y un ayudante que lo presentaba – el ayudante era Hernán Gené y yo era el mago. Él me presentaba y yo entraba lanzando rayos de las manos, hipnotizando y no sé qué historia. Éramos una pareja que se llamaba Vilcapugio y Ayohuma. Y, nada, terminábamos revolcados por el piso haciendo cualquier cosa.
-----Para mí, de todas maneras, este trabajo y el trabajo en la calle eran una cosa bastante compleja y bastante difícil. A mí y a mi clown nos asustaba mucho el caos. En ese momento estaban también Cristina Martí, cuyo clown se llamaba Petarda, Walter [Batato]... En cuanto pintaba caos, aparecía Gabriel Chame –que venía de la escuela de Elizondo, realmente la vanguardia en ese momento, donde hacían cosas muy resistidas, incluso prohibidas (había que enterarse de que tal día en tal departamento de la calle Larrea había una función, y eso). Y realmente no había mucho más, es decir, grupos que tuvieran alguna propuesta particular de teatro. Todo lo demás estaba absolutamente instalado en la media, en lo correcto. Y no lo digo porque crea que debía existir necesariamente una voluntad de trangresión, pero generalmente, cuando uno intenta de veras expresarse a sí mismo, hay cosas que transgreden la norma general. Porque hay cosas de uno que son molestas para los demás, y las normas se establecen justamente para intentar molestar menos. Entonces, en ese momento era muy difícil encontrar cosas que pusieran el status quo en tela de juicio.

Y para vos ¿eso está ligado al contexto histórico?

- Absolutamente.

Digo, ¿está ligado también a una posición frente al poder?

- Sí. Y lo que se había hecho también – y esto lo digo sin ningún ánimo peyorativo – era todo el movimiento del Teatro Abierto, que había sido previo a todo esto, que también tenía un enemigo muy focalizado. Todos sabíamos muy bien hacia dónde apuntar la cosa, y eso respondía mucho más a la voluntad de expresión de una cultura que estaba intentando emerger que a una búsqueda individual o grupal. Era algo en lo que todos estábamos de acuerdo, y ya aparecía el comienzo de un momento de transición donde, si bien todavía seguía siendo muy difícil, todos sabíamos que era correcto.

El problema surge cuando cae el enemigo, ¿no?

- Claro. El tema es ése. Y creo que eso fue lo rico de ese momento: cayó ese monstruo, ese padre dictatorial terrible, y entonces, bueno, ‘a ver ahora qué cosa realmente te gusta y te interesa’. Entonces fue un momento de mucha ebullición. Ya después con el Parakultural también, y con Cemento. Fue todo un momento, hasta los noventa, muy fuerte.

Y el Clú constituyó toda una etapa. ¿Vos del club te fuiste cuando surgió lo de M Butterfly?

- En realidad no me fui del club. Yo decidí en ese momento no trabajar en un espectáculo... En realidad fue así: era un momento crítico en el grupo, y a mí me surgió la posibilidad de trabajar en ese espectáculo. Yo lo tomo, porque con el grupo no sabíamos muy bien qué íbamos a hacer. Una vez que tomé esa decisión, recibimos de la Embajada de Francia la invitación para trabajar con un maestro y director francés. Yo ya me había comprometido, así que me bajé de ese espectáculo. Pero no había habido antes una decisión de dejar el grupo.

¿Por qué estaban en un momento crítico?

- Y... fueron siete años. Me parece que es un ciclo natural – según dicen las malas lenguas, que a los siete años comienza la comezón. Al prinipio sí existía ese entusiasmo con la novedad del trabajo de clown, con ese nuevo código, ese nuevo lenguaje. Pero también es un lenguaje que exige ir desarrollando paralelamente otras actividades, otros canales de expresión. El clown, para mí, te coloca en ese límite entre lo que vos sabés hacer y lo que no sabés hacer. Entonces es estar trabajando todo el tiempo en esa cuerda floja, en esa frontera.
-----Y yo entiendo que para un artista es importante ir siempre expandiendo esa frontera y hacer algo un poco más allá. Y cuando hablo de habilidad, hablo de todo aquello que puede servir para que uno se exprese de una manera más clara y más abarcativa – no necesariamente me tengo que dedicar a hacer malabares o a tocar un instrumento. Lo que tengo que hacer es alcanzar un lenguaje más universal.

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19 junio 2006

Noticia vieja

Si alguien no lo vio, dese una vuelta por www.ficlownbaret.com.

05 junio 2006

Angelelli - 1

La situación de Guillermo Angelelli en el universo del clown actual es, por lo menos, curiosa. Su clown, llamado Cucumelo, no sale a escena desde hace mucho y hoy sólo se lo puede ver en videos y fotos del cada vez más mítico Clú del Claun. Sus trabajos personales (Xibalbá, por ejemplo, o Asterión), aunque poseen elementos de clown, navegan otras aguas, más afines al teatro antropológico que al clown. Sus trabajos por encargo tampoco renuncian al temprano aprendizaje con Cucumelo, y en ocasiones se ve surgir al clown como una energía o un estado preciso (tal el caso de su actuación en la obra de Brecht), pero no en ningún caso se trata del género puro. Por su trayectoria y seriedad, Angelelli es, se sabe, un referente indiscutido en la formación de actores. Una línea con su nombre en el curriculum no es cosa baladí. Uno de los ejes de su actividad pedagógica lo constituye, precisamente, el clown. Una situación, por lo menos, curiosa.
-----Este mes reproducimos la entrevista que le hicimos en algún helado momento del 2003. Aquí va la primera entrega. Otras entrevistas a Angelelli, pero no focalizadas en el clown, pueden leerse
aquí y aquí.

¿Cuándo y cómo empezaste con el clown?

- En el 85 empezamos a trabajar en las plazas, porque a fines del 84 empezamos a estudiar con Cristina [Moreira], y los primeros números que ensayamos ahí fueron lo que primero representamos. Ni siquiera hicimos como se hace generalmente ahora, que es terminar un curso de clown preparando un número: sólo rescatábamos ejercicios que habían resultado dentro del curso y los llevábamos afuera, a las plazas. Para mí era un incordio... para mí y para todos. Quien lo tomaba de una manera más natural en ese momento era Gabriel Chame. Y Batato, que hacía ya su historia y que fue el primero que empezó a trabajar con Cristina y empezó a diseminar toda esta historia del entusiasmo por el clown y el laburo de la Moreira.

¿Cómo te vinculaste al grupo de Cristina?

- Por él, por Batato. En el 83, cuando terminé el Conservatorio, me metí en una obra, Romeo y Julieta, que dirigía Sarah Quiroga, y también estaba ahí Walter – en ese momento era Walter, todavía – como parte del elenco. Y nos fuimos haciendo amigos. Y me pasó el dato de que había una mujer, actriz, que había estado viviendo un tiempo en París, y que estaba con esta cosa de la escuela de Lecoq, muy involucrada con los géneros puros y entusiasmada en particular con el clown. Y dije: ‘bueno, vamos a ver’.
-----Y para mí, que después del Conservatorio había elegido como trabajo actoral la formación con Gandolfo, encontrarme con el trabajo del clown fue encontrarme con una novedad absoluta. Y una novedad muy grata, placentera, porque durante toda la época del Conservatorio, hab{ia tenido la sensación de que de alguna manera la había pifiado. Me había quedado un muy grato recuerdo del teatro de cuando era chico, pero veía que no se trataba de eso, que era algo bastante más... aburrido.

¿Y por qué fuiste al Conservatorio?

- Fui porque había hecho mucho teatro cuando era chico, desde la escuela primaria. Tuve la suerte de ir a una escuela que tenía Teatro como materia extracurricular, o sea que, más allá de las fiestas patrias y todo eso, se hacían montajes (los sábados a la mañana, por ejemplo). Mi colegio trabajaba con una fundación católica, por lo que venían chicos de orfanatos o de escuelas muy pobres. Como veían las funciones, el trabajo actoral era bastante asiduo –por ahí pasábamos dos o tres meses todas las mañanas de sábado preparando una obra. Y para mí eso era gratísimo y muy divertido. Las clases de teatro es lo que más recuerdo de la escuela primaria. Además, me daban la posibilidad de zafar de las clases de inglés.

¿Y tenías éxito?

- Sí. A tal punto que, después, cuando entré en la escuela secundaria, era el único que seguía las clases de teatro; todos los demás eran de la primaria, lo cual me produjo un ataque de timidez y me dije ‘pará un poco de hacer papelones’, y paré. No tenía tampoco la oportunidad de estudiar teatro en un curso privado. En realidad, en un primer momento pensaba terminar el secundario y hacer Medicina, Psiquiatría después. Llegué a hacer los ingresos para Medicina, y tuve la suerte en un momento de ‘iluminarme’ con la ayuda de quien era el marido de mi vieja. Él me indujo a tomar mi propia decisión. Me dijo: ‘sé quien tengas ganas de ser’. Y yo me dije ‘bueno, teatro’.

Y de ahí, al Conservatorio.

- Al Conservatorio, que era la posibilidad que tenía. Que fue bueno, sobre todo porque tuve la suerte de entrar. En ese momento había toda una reglamentación muy extraña – y esto es muy interesante para ver cómo se vivía la historia del teatro, que creo que no era tanto una respuesta en contra del teatro serio sino de todo un sistema cultural que estaba montado en ese momento. En el Conservatorio, por ejemplo, en primer año, no hubo calificaciones mayores de 7 en Actuación, porque consideraban que si uno sacaba un 10 ya era actor. Aparte de la cosa bastante boba de tener una calificación numérica dentro de un proceso artístico, algo que todavía permanece, esto otro: que no se consideraba la evolución personal dentro de un proceso.
-----Pero, por suerte, dentro del Conservatorio había algunos profesores que eran directores y que hacían también obras de manera extracurricular – porque hay que agregar que, si estabas en primero o segundo año, no podías hacer obras dentro del Conservatorio.

¿Quiénes?

- Uno es Miguel Clenta, que sigue siendo profesor del Conservatorio. Él hizo una adaptación de obras para títeres de Javier Villafañe; hizo una adaptación para chicos con interacción de títeres y actores, que fue muy lindo. También Manuel Macarini, un tucumano, que hizo una puesta de Los casos de Juan de Canal Feijoo cuando yo estaba en segundo año. Yo estaba haciendo la conscripción al mismo tiempo que el segundo año: a las cinco de la mañana entraba al Estado Mayor Conjunto, salía a las seis de la tarde y entraba en el Conservatorio. Ahora no entiendo cómo tenía tiempo para ensayar una obra. En ese momento existían los viajes a la frontera: se llevaban obras a los pueblos y nosotros fuimos con la obra de Macarini (Los casos de Juan) y un grupito aparte llevamos también esa obra infantil que habíamos laburado con Clenta. De alguna manera fue la primera experiencia de teatro independiente, eso de llegar a Formosa y montar toda una historia teatral en gimnasios, o hacer representaciones al aire libre para tobas que nunca habían visto teatro.
-----Y, con estas cosas, creo que yo iba paliando un poco las falencias que había dentro del Conservatorio, en la cursada de materias. Despotricábamos muchísimo contra las materias teóricas – como se sigue haciendo aún hoy; pero creo que eso es lo que más rescato ahora de la cursada en el Conservatorio.

¿Lo que más rescatás de esas cursadas son las materias teóricas?

- Sí. Porque, si no las hubiera hecho, habría cosas con las que me hubiera llevado mucho tiempo entrar en contacto. Leer Esquilo, por ejemplo; no sé si lo hubiera leído por cuenta propia hasta pasado mucho tiempo. En ese momento era una especie de peso.
-----También tuve la suerte de que me tocaran, en las materias teóricas, buenos profesores, como Graciela Fernández Toledo – que está ahora en Artes Combinadas. Ella tenía una visión enfrentada a la tendencia que, por ejemplo, seguíamos en Historia del Arte: una visión fenomenológica del desarrollo y la aparición de las diferentes estéticas en la historia, que era muy interesante, como también lo era la pasión que ella ponía para enseñar, porque siempre es raro encontrarse a un intelectual con su formación que realmente se sienta apasionado por lo que dice. Recuerdo, por ejemplo, alguna clase en la que estaba hablando de sufismo cuando de repente se cortó la luz en el Conservatorio; ella terminó contando un cuento sufí a la luz de las velas. Y todo eso, para darnos una idea de la cultura de Oriente y Medio Oriente y mostrarnos cómo cobraba forma esa cultura dentro del arte.
-----Entonces, todo esto era muy interesante. Y hubo formas, algunas prácticas rítmicas que, pasado el tiempo, valoré muchísimo. En su momento ya valoraba la idea dede tomar contacto con el teatro desde lo rítmico, y de ver qué es lo que pasa con el cuerpo cuando entraba en contacto con estos estímulos rítmicos. Sabía que esto era invención de un señor llamado Jean Dalcros, y después, con el tiempo, me enteré de la importancia del trabajo de Dalcros junto con otros, y de toda la renovación en el teatro y en la danza que dio nacimiento a un tipo de teatro moderno, ya mucho más conectándose con toda la cosa de Meyerhold, con toda una concepción del trabajo del actor desde la acción.
-----Otra materia, muy reveladora, fue Técnica Corporal. Fue como tratar de poner el cuerpo, de una manera muy sistemática, pero encauzando la expresión dentro de una metodología relacionada con la acción. Porque lo que más me desalentaba del otro trabajo, que tenía que ver más con la cosa estanislasquiana, era que la actuación estaba fundada sobre una cosa absolutamente psicologista: todo se tomaba de una manera bastante abstracta – y aparte era para gente muy joven; cuando uno recién empieza a entender algunos mecanismos inconscientes, empezar a entrar en contacto desde ahí con un método que, según lo presentaban, estaba absolutamente basado en lo psicológico, era muy muy difícil. Preparábamos improvisaciones para las que se hacían listas de páginas, de circunstancias que había que tener en cuenta para llegar a la improvisación. O sea, teníamos el objetivo, la motivación que te llevaba a la concreción de ese objetivo, y, después, toda una lista de circunstancias – cómo te habías conocido con otra persona, cuáles eran los gustos del otro, qué era lo que calzaba, qué pasaba con tus padres, tus primos, etc. Y era llegar a la improvisación con una cantidad tal de datos mentales, que en mí eso funcionaba más bloqueándome que habilitándome. Era como tener que estar con la cabeza absolutamente presente todo el tiempo. Y a esto se le suma que cada año teníamos un profesor distinto, con lo cual había que empezar de nuevo – porque hay que tener en cuenta que no había una lectura de Stanislavsky única. Y es que, cuando uno lee Stanislavsky, lee las ideas de este tipo, y no sé si eso era la manera en que el tipo las transmitía a los actores. Y todo eso estaba dentro de un complejo de formación actoral en el que todas las materias estaban absolutamente entrelazadas; en el Conservatorio, si bien había muchas materias prácticas, cada una era independiente del resto. Entonces, era muy complicado.
-----Terminé el Conservatorio y empecé a estudiar con Gandolfo. En ese momento había muy poco trabajo corporal; el trabajo corporal se reducía al trabajo de relajación, y el trabajo de relajación lamentablemente... Creo que depende de los grupos éso. El trabajo de relajación parecía que era el vehículo para llegar a la emoción, y la emoción era inalterablemente el llanto. Tenía la impresión de que la cosa era ‘vamos a aprender a llorar’. No eras un buen actor si no te caían lágrimas de los ojos.
-----Entonces, era tardes en las que estábamos sentados y se escuchaban gemidos, suspiros... Era una tortura, realmente. Y fue en ese momento que con Walter... Yo, después de haber hecho ese trabajo de Romeo y Julieta, entré a trabajar en una comedia de Pepe Cibrian, Calígula. Y le pasé el dato a él. Necesitaban un asistente, así que él entró a trabajar como asistente. Y ahí me pasó el dato de Cristina, mientras yo estaba cursando el segundo año con Gandolfo.
-----Y entramos a los cursos de clown – un compañero de conservatorio, Gastón Carvallo, también iba con nosotros a los cursos. Éramos como un trío de amigos en ese momento, estábamos muy juntos, muy pegados.

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flexibilidad 2

Para entrar en calor, mientras esperan lo de Angelelli, miren otro video de gente flexible.

30 mayo 2006

Guillermo Angelelli, la carcajada abierta

Durante mucho tiempo la gente había estado inactiva y aterrorizada. Tengo un claro recuerdo de esa época. Si salías a la calle, mejor que te aseguraras bien de tener los documentos. A mí me llevaron en cana dos viernes seguidos, cuando estudiaba en el Conservatorio, por estar tomando algo en un bar sin habilitación. Paraba un ómnibus de línea y te llevaba al Cuartel. Teníamos terror de no salir, porque sentías que todo era posible, que cualquier fantasía terrorífica era posible.

-----En ese marco se debe encuadrar el inicio del trabajo en las plazas en el 83. En San Telmo había una sola pareja que bailaba tango en la plaza y estaba el Teatro de la Libertad haciendo algo, también, pero no había, en rigor, teatro en la calle.
-----También nos habíamos quedado, en relación con el teatro, específicamente, huérfanos de una generación anterior. Como referente de teatro independiente teníamos un tipo de teatro que ya no nos representaba en absoluto, un teatro muy comprometido con la cosa psicoanalítica de los sesenta. Y eso era muy lejano y ajeno a nosotros.
-----Había que hacer algo para encontrar nuestra expresión.
Guillermo Angelelli
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Totó - 4



Detengámonos en Finimondo. Dijiste que estrenaste en el 99. ¿Cuánto estuviste preparándola?

- Realmente la preparé muy poco tiempo. Yo venía de Clun En el año en que hacía Clun paralelamente ensayaba Finimondo, y lo hacía como descarga. Yo no sé si fueron cuatro meses, pero, en todo caso, fue muy poco. Lo que pasó fue que trabajaba sobre la quietud, y empezaban a aparecer temas, temas que tenían que ver con la carencia. Y llegó noviembre y me dije que lo tenía que estrenar en diciembre – esto fue en el 98. Entonces decidí armar un espectáculo con el material. Lo llamé a Francisco Javier y le pregunté qué material me podía pasar para armar un espectáculo. Él me dijo que leyera el guión de ‘A lo loco’. Leí el guión – ya había visto la obra, fue la primera cosa teatral que me había volado la cabeza- y armé un guión sobre ése. Se lo llevé a Francisco y él me dijo que podía ser una buena idea pero también podía ser un desastre – o sea, no me dijo nada, y tampoco me quiso ver más [risas]. Después desarrollé un poco el guión, lo modifiqué, armé una estructura y lo estrené. El espectáculo duraba al comienzo como dos horas. ¡Pobres los que vieron aquella primera función! Y trabajé con elementos un poco incómodos... trabajé con talco, y el lugar era muy chico, y la gente a la hora estaba tosiendo, intoxicada... Finimondo, la expresión, se usa para decir ‘¡qué desastre!’. Yo la quería meter en algún lado, y, bueno, la sensación que tenía al ir a estrenar ese espectáculo de dos horas era un poco eso: ir al fin del mundo, al desastre.

La duplicación de personajes, es decir, el uso de personajes ausentes pero que están presentes en escena, detrás de la pata, ¿eso estaba desde el comienzo?

- Sí.

Porque parece un pie para la estructura clásica del payaso...

- Eso era lo que te decía: sin el serio, no hay posibilidad del juego payasesco. Y en realidad, al principio era el mismo Dios el que estaba atrás y hacía de serio. Era Dios el que mandaba. Y me divertía la contradicción de que me sacara a las piñas.

Está entonces esa presencia ahí atrás que te dice ‘tenés que laburar’, pero a su vez hay allí una ausencia, Anabela, sin la cual no podés laburar. ¿Cómo apareció eso?

- Son muchas cosas. Al principio fue ‘me falta el partenaire, me falta la chica bailarina’. Después se me transformó claramente en la falta de la musa, de la inspiración. Después quizás se me transformó en la excusa de no poder trabajar porque me falta la compañera y no poder vestirme, ponerme todo. Y en un lugar más profundo, está la desgracia, la pérdida.

Cuando te vi en escena me pareciste un chico rabioso, enojado. Y a Totó lo veo muy nene.

- Es loco, porque yo me siento muy viejo. Como un nene, sí, pero viejo, y gigante, de cien años.

Hay momentos donde eso se ve con claridad. A veces estás tratando algo de manera sublime, con la mayor emoción dramática, poéticamente, y de golpe te da bronca, y hacés un cambio radical de registro. Ese cambio radical parece obedecer a la libertad emocional infantil, que uno por lo general reprime.

- Tal cual. Hay algo también, que está en los principios del clown, y es que lo que es, no es; lo que no es, es. Lo que parecía tonto de repente es inteligentísimo, y lo que parecía histérico de repente es pacífico y tranquilo.

¿Eso lo trabajás conscientemente buscando esta dinámica, o fue surgiendo?

- Desde el principio había una idea de mostrar muchas emociones como en un prisma, por esto de la habilidad – si un clown tiene una habilidad que es hacer malabares, y hace malabares con distintos objetos, yo con mi trabajo voy a tratar de ser hábil en cambiar de emoción, y de mostrar emociones una tras otra. Se fue dando con el público. Había escenas larguísimas al principio, y había transiciones de un estado al otro. Y un día se volvió muy corto, y cuando dije ‘no poso laborare así’, ahí mismo apareció. Ahí yo mismo me propongo salir y reírme de lo anterior, y lo que parecía sublime es una grosería, y lo que parecía bello es un gordo impresentable arriba de un cubo.

Vos decís que es como un prisma, pero lo que rompe siempre es la aparición de la comicidad.

- Claro, se ríe de lo que hizo recién, y se ríe de la gente que se emocionó, no le importa nada.

Totó siempre aparece haciendo eso, ¿no?

- Sí. Y tiene que ver con el número perfecto de circo y el clown que entra atrás, riéndose de eso. Pero estoy solo, entonces no hay posibilidad. Pasa por las personalidades múltiples.

Lo que hablábamos de la voz: la aparición de tu voz normal es el único momento en el cual la ruptura no se produce desde Totó. Eso me descolocó, porque pensé que le había agarrado la mano y eso volvió a descocnertarme.

- Sí, me gusta. Sí, me parece que está apareciendo eso otro. Lo que yo le marco a un alumno apenas arma un personaje son indicaciones tipo ‘ahora salí’, ‘ahora hacé otra cosa’. Y toda la ilusión y todo lo que generó dos meses de taller donde armó un personaje, hay que desarmarlo. Eso es lo que le pediría a todo payaso, que responda a la pregunta: "y ahora, ¿qué?" Es romper el hermetismo. ¿Viste el espectáculo de Baamonde? Él es un ejemplo de lo hermético, de lo que no es clown. Tiene los códigos, las leyes, pero no hay imprevisto. Es un espectáculo coreográfico, es muy interesante, pero es totalmente hermético. Finimondo, en cambio, es y no es.

Finimondo, para ser una obra clownesca, me parece bastante cerrado.

- Claro.

Ana, el otro día, dijo que para ella Finimondo es "clown filosófico".

- ‘Clown político’, ‘clown filosófico’: eso es matar a la obra.

Yo pensaba que no está tan mal en el sentido de que la obra es autorreflexiva...

- Es que el clown es filosofía. Todo método teatral tiene algo de filosofía. El match de improvisación es una filosofía; yo lo hice el año pasado y flasheé. Yo digo: ‘todas las cosas para las que me llaman para actuar, y yo me niego; ¿qué pasa si digo que sí?’. Y con el clown pasa lo mismo: ¿qué pasa si me hago cargo de la desgracia? Puedo tomarlo como filosofía... Vos fijate que la reflexión es uno de los principios del clown. Todo número, por breve que sea, tiene una reflexión – del tipo que quieras, dicha o no, pero hay una reflexión final.

Pensaba en la autorreflexión en un sentido más elemental, como ‘volver sobre sí’ y tomar conciencia de sí.
En relación con el final: el final de algún modo siempre está obligado a decir algo acerca de lo que uno vio hasta ese momento, y vos terminás con las dos cosas unidas, la ilusión y la desilusión, porque terminás soplando las plumas pero a su vez no podés trabajar. ¿Por qué ese final?

- Porque hay que terminar en algún momento [risas]. No, ése es un misterio que me guardo para mí [más risas]. No, no sé; sólo sé que la emoción que aparece, llega. Y me parece que es lo que había que hacer. Tuvo varios finales: uno terminaba poniéndome el vestido y bailando El lago de los Cisnes siete minutos.

Acá hay unas fotos en que estás en el Margarita Xirgú con el vestido.

- Sí; sigo teniendo el vestido al final de la obra. ¡Pero antes bailaba siete minutos. Hasta había tomado clases de danza clásica! Me parecía que en ese momento era bueno. Después todo se volvió mejor. Todas las decisiones que tomé al comienzo fueron menores en relación con lo que después fue apareciendo con el público y en la función. En realidad, hay cosas que nadie me pregunta. Por eso vos me hacés ahora preguntas que en cinco años nadie se atrevió a preguntarme. Pero siempre recibí abrazos. Y lo mejor que recibo es eso: la gente me dice ‘no sé qué me pasó, pero me hiciste trabajar’.

¿Tu próximo trabajo? ¿De qué se trata?

- Es raro porque trabajé con una compañía desde el 98, en Mar del Plata. Hicimos tres espectáculos; en el tercero habíamos llegado a un entendimiento de códigos muy grande. Y ahora es como armar un grupo nuevo, con gente muy diversa que no conozco ni me conoce, y empezar de nuevo, pero teniendo más claro a dónde quiero llegar. La idea es profundizar en este tema del clown trágico, del clown que emociona y pasa de un estado al otro y genera imágenes a partir de eso. Hay una idea muy abstracta. Vamos a trabajar con la historia de Don Juan.

¿Cuántos son?

- Once.

¿Dirigís y actuás?

- No; estoy dirigiendo. Trabajo desde la observación. Por ahora, cada vez que los dejo trabajando es un desastre. Yo me voy a casa preguntándome si vale la pena o no. Igual, no quiero ponerme a hablar del clown, porque sé que cada uno tiene su definición y su formación. No quiero hablar. Incluso, lo voy a hacer sin nariz – sí con prótesis y con máscara, pero sin nariz. Porque no hay material clownesco del que yo hablo como para que todos lleven nariz. Esta gente de The Right Size, cuando vinieron acá no usaban nariz, y el espectáculo era hiperclownesco; era pura risa y toda la filosofía, pero no se ponían nariz.

Algunos lo toman como un símbolo de modernidad el no usar nariz. Vos lo tomás por el lado del respeto.

- Es como ponerte una máscara de..., no sé, teatro Noh, y estar ahí... No sé; me parece que es lo mismo.

¿Por qué Don Juan?

- Tengo un material que leo desde hace un tiempo – no sé por qué -, que son libros que me llegaron, o a lo mejor que me robé de la biblioteca del secundario, y los dejé ahí, y se fueron cargando de cosas, hasta que después los fui leyendo, me metí más y me interesó.

¿Leíste el de Byron? En muchos sentidos el de Byron va en dirección clownesca; todo el tiempo está contando la historia e intercalando digresiones...

- Sí, y se va a la mierda. Y no termina. Lo importante es generar un espectáculo que tenga la vibración que tiene el clown, que sea la del corazón, y que el humor aparezca ahí y que sea muy naif... de tomar las cosas muy obviamente, muy literalmente, y exponerlas a lo grande. Y va a ser por momentos muy treatral y por momentos muy circense. Pero básicamente en la línea del clown teatral, del manejo de situaciones, del cambio y la sorpresa, desde el trabajo del actor. Desde ahí va a estar planteado.
Y el trabajo que estoy haciendo es el trabajo que hago siempre: de observación y de tratar de proponer a cada clown la dificultad que – creo – le va a romper la cabeza y le va a hacer armar algo nuevo o investigar algo que está escondido.
Bueno, Guillermo, te agradezco mucho la entrevista. Te hago una pregunta final: ¿con qué palabra te gustaría que te identifiquemos? ¿Totó, el ...?

- Algo vinculado a la desgracia... Ya sé, "Totó, el desgracioso".

29 mayo 2006

Totó - 3

Dijiste que te habían hecho trabajar sin la nariz. ¿Qué es para vos la nariz?

- Para mí, ponerse la nariz es tener claro lo que es el estado del clown. Es delicado el tema de la máscara. Es como tener asumida la desgracia de uno. Como tenerla clara, consciente, saberla. No es para todos; es sólo para algunos. Yo lo vi. Yo vi a uno solo.

¿A quién viste?

- A uno solo: a Tony Lestingi. Es increíble. A raíz de verlo hablamos de esto, de la desgracia.

¿Por qué la desgracia?

- Porque todo tiene que ver con la desgracia. Todo tiene que ver con las características personales de uno, y siempre esas características personales son las que a uno lo vuelven ridículo. No hablo de las características graciosas, sino de las desgraciadas. ‘Yo tengo este problema y es una desgracia, porque me encantaría ser hermoso, pero tengo este problema’. ‘Yo soy super celoso, y es una desgracia, porque me encantaría no estar pensando ahora qué está haciendo el amor de mi vida, pero no puedo.’

Entonces, esa aceptación es lo que debería definir el uso o no de la nariz.

- Sí, es hacerse cargo. Yo arranco siempre las clases proponiendo un estado de quietud absoluta y proponiendo un registro de un punto de dificultad en el cuerpo, un punto que uno sienta bloqueado, donde hay dolor o pasa algo. Y empezar a realizar un movimiento de ese punto, que yo llamo punto débil. Y en ese momento son todos clowns, todos toman conciencia.

¿No atemoriza ese hacerse cargo? ¿Y qué pasa antes de salir a escena? ¿Te guardás algo o mostrás todo?

- No, no me guardo nada de ese lugar. Yo también encontré un lugar donde puedo no guardarme nada – siempre en teatro te recomiendan que te guardes algo para el armado de un personaje. Pero en el clown no hay que guardarse nada.

En la concepción del clown, suelen articularse tres cosas o dimensiones: la búsqueda de lo autobiográfico, la construcción de cierto personaje teatral y el empleo de la técnica, que algunos simplemente definen como el conjunto de procedimientos tomados de una tradición. Vos sugerís otra cosa: un clown trabajado, ante todo, desde lo teatral, pero al mismo tiempo ligado a un núcleo existencial, que es la desgracia.

- Sí. Si no está eso, no hay posibilidad de pensar en hacer clown. Y es muy claro en ese primer momento, en una primera clase, porque algunos tienden a ponerlo de lado, a relajarlo. Y, si relajás esa desgracia, si te hacés una cirugía, olvidate. Olvidate de hacer esto, por lo menos.
Eso es básico. Es el punto débil, el que uno tiene que registrar antes de salir a actuar. Ese conocimiento es el que a uno lo pone en tierra y le permite pensar ‘estoy dispuesto a salir porque sé que hoy tengo un dedo lastimado o que tal cosa horrible me pasó en el colectivo’. Se sale con eso y, si no está eso, no hay clown. Por eso te digo que hay muy pocos clowns, y quizás tenga que ver con la edad: los clowns que me emocionaron son personas grandes, que quizás tengan más conocimiento o más desgracia, más fracaso encima. Uno, a esta edad, todavía tiende a pensar que puede llegar a ser exitoso, todavía tiene esa ilusión. Pero el que es grande ya sabe.

Es una forma de realismo.

- Es que todas las formas de humor están ligadas al realismo; si no, no hay posibilidad de humor. Las tres formas de humor, los géneros puros, están ligadas al realismo. Después está el tema de que un buen actor puede armar un clown, y hay clowns hermosos armados por actores. Pero son personajes. Fórmulas. Sabés que la repetición, por ejemplo, son tres veces. Hacés una, dos y a la tercera la gente se ríe. Si son cuatro, ya es una de más. Hay millones de datos y recetas.

Claro: son procedimientos ya aprobados que, bien hechos, funcionan.

- Hay un estudio que dice que cada once minutos, si hacés el mismo gag en una obra que dura una hora y media, la gente se ríe cada vez más y termina aplaudiendo. Está probado. Cada once minutos. Después hay otra cosa, porque, claro, uno encuentra el estado, uno se hace cargo, uno conoce, y después hay que armar un número igual, sí o sí. Bueno, Finimondo es otra cosa.

¿Hace cuánto que estás con Finimondo?

- Del 99. Y es algo que jamás ensayo. Si lo ensayo es porque tengo sonidista nuevo. Y cambia todo el tiempo, cambia la música, los efectos, saco esta escena y hago otra. Va apareciendo.

Hasta ahora, la búsqueda de que hablás es anterior o preparatoria al salir a escena; tiene que ver con el autoconocimiento. Cuando se habla del teatro de los 80, como en el caso de Batato Barea, se insiste en su carácter abiertamente político. En él, la risa y el clown tendrían una clara fuerza contestataria. ¿Qué opinás?

- Batato laburó de clown hasta que no laburó más. Creo que la diferencia fue clara, cuándo dejó de laburar el clown. Cuentan que cagaba en el escenario; ahí ya no estaba haciendo clown.

¿Por qué? ¿Cuál es el límite?

- No sé bien. Hay algo sobre la política y el arte: cuando uno arma un grupo y dice ‘vamos a hacer teatro político’, mató al teatro, mató todo, mató cualquier posibilidad de creación. Entonces, si Batato era político... No sé si lo era porque realmente lo buscara. Me parece que era su forma de expresión, y que en ese momento se volvía político porque todo era un quilombo. Pero en cuanto se dice teatro político, aniquilaste al arte. Como cuando se dice ‘teatro por la identidad’: lo matás. Porque te ponés a pensar cosas que no tenés que pensar.

¿Y si lo hacés desde el bufón?

- ¿Como crítica, decís? Sí, eso es otra cosa; es otra forma de humor. Igual, son cuestiones que
habría que investigar bien. Me parece que si la búsqueda es consciente, no va. Los actores medievales eran seres totalmente marginales, que no tenían otra que andar por las calles escupiendo y diciendo barbaridades sobre la gente que estaba en el poder. No creo que buscaran provocar lo que provocaban; creo que, si daban miedo, se debía a que eran deformes y que había una sociedad de espectadores que no estaba preparada para ver esos cuerpos deformes. En el momento de Batato, quizás, el cuerpo del tipo que iba a verlo era un cuerpo reprimido en muchos aspectos, y por eso el espectáculo se volvía político. Me parece que pasa por el cuerpo del espectador y por el cuerpo del artista. Igual me quedo pensando, porque él mismo dijo en un momento que dejó de hacer clown, y todo el mundo lo interpretó así.

Claro: si el arte tiene una finalidad política deja de ser arte. Algunos estarán de acuerdo con esto; otros no. Ahora: hay algo del clown que es la intransigencia. Como resultado, es efectivamente incómodo, porque postula un valor de verdad, de autenticidad, para su espectáculo. ¿Vos precibiste alguna vez una reacción de este estilo, digo, política a nivel de los cuerpos, como una incomodidad

- Sí, sí. Pero no sé...

Digo: tal vez se puede pensar el clown en estos dos sentidos: el hecho de la aceptación de la desgracia que vos señalás, y el trabajo con el público, que tiene que ver con la ruptura de la distancia y la ilusión escénica. Esto tiene tal vez una repercusión a nivel práctico, como una transgresión, que puede volverse política en ese instante, y no por poner en palabras una crítica al poder.

- Es medio complejo....

Es complejo, sí. Tenés razón. Me deliré (Risas). Dejemosló.

- No sé. Será que yo mucho no pienso en eso.

Por eso yo te preguntaba si había algún registro así a nivel de escena, algún registro de una reacción práctica.

- No. No sé, no sé. Es muy.... no sé. Lo que sí, la devolución en el clown es siempre diferente. Lo que yo recibo del espectador a la salidad de un espectáculo de clown es totalmente opuesto a lo que recibo a la salida de hacer El relojero de Discépolo, donde todo el mundo me respeta.

¿Qué pasa con el público? A pesar de que Finimondo no es una obra de clown, el público es incorporado a ella. ¿Cómo es ese juego? ¿Qué lugar le das al público?

- Todo el lugar, esté haciendo lo que haga. Soy muy perceptivo del público.

Vos citabas a Federman, y él...

- Federmann lo incluye. Hay que tener ganas... Yo los incluyo, me encanta mirarlos a los ojos, incorporarlos en la emoción, sentir que se están emocionando conmigo, que los hago reír. Es genial. No sé, son formas... Me acordé de una chica que vino a verme a Finimondo y me dijo que tenía una hermana desaparecida, y que Isabel había sido su hermana en ese momento. Y no es algo que busqué jamás – hablar de los desaparecidos.

¿Qué opinás de la relación entre los payasos y los niños?

- El gran problema es el prejuicio de que el payaso es para chicos, y eso está en todo el mundo. Yo estaba leyendo a Dario Fo, que habla de otras cosas pero que, al nombrar al clown, habla de ese prejuicio. Yo creo que es también la falta de clowns, de gente que se plante desde ese lugar que estuvimos hablando – que pueda hacer algo universal pero con pelotas. De hecho, Finimondo me costó muchísimo. Está bien que Mar del Plata es un lugar más chico, pero hasta que me vio gente de teatro pasó un tiempo. Hay un prejuicio con el clown, eso de ‘no sé bien qué hace’, ‘no me siento en la primera fila porque por ahí me agarra’. El juego de Federman, ¿no?, que él lo hace desde un lugar que está bueno. Pero, sí, está el prejuicio. Toda la gente que viene a verme a Finomondo trae el prejuicio. Por eso yo juego con el engaño.

¿Te fueron a ver chicos?

- Sí, y fue genial. De hecho, a veces algunas amigas me avisaban que iban a ir con sus hijos y yo les advertía lo del desnudo y eso, y los trajeron porque tienen una cabeza diferente. Pero es increíble lo que pasa con los chicos. Hay chicos que vienen con preguntas todo el tiempo. Y me pasa de chicos que veo mucho después y se acuerdan de todo lo que vieron en la función.
A nivel de lo que pasa con los chicos, cuando hacíamos Plum! con Marcelo Katz, lo armamos para público adulto y nos dieron horario para público infantil, o sea que trabajamos para chicos con una obra pensada para adultos. Y para los que pudimos, dentro del grupo, sostener la energía de lo que veníamos ensayando, fue una expriencia muy buena.

25 mayo 2006

Totó - 2

¿Cómo empezaste a hacer clown?
Finimondo
-Hago teatro en Mar del Plata desde los catorce. Por entonces empecé a trabajar en las plazas con un grupo de teatro.

¿Qué hacían?

-No me acuerdo bien qué hacían, lo que sí recuerdo es que yo no tenía texto, yo anunciaba con una corneta la llegada del rey y la reina... No era exactamente un bufón, pero tampoco sé bien... Registraba que la gente se reía y que, si repetía algunas cosas, a la gente le gustaba. Siempre tuve, igual, una contradicción muy grande: siempre apunto a lo dramático, a buscar la oscuridad. Soy bastante oscuro a nivel artístico, soy de meterme en esos lugares. Por eso después hice laboratorio mucho tiempo. Y lo que hacía cuando empecé era meterme en un bar y actuar, y provocar situaciones humorísticas.

Tu búsqueda va por un lado más sórdido...

-Sí, incluso el disparador en cada actuación era terriblemente absurdo. Y llego un momento en que me di cuenta de que lo que hacía era clown. Tenía 17, 18 años, trabajaba en pubs en un grupo que se llamaba Los Zapallos – después le empezamos a dar vuelta al nombre y descrubrimos que era Los payasos. Y empecé a hacer algo que era muy desgarrador y muy urdapilletesco – porque también tenía el referente en la cabeza – y entre esas cosas estaba un personaje, el conejito Frufrú. Al conejito lo presentaban, hacían toda una presentación del conejito como si fuese no sé qué, y yo entraba comiendo una zanahoria y no haciendo absolutamente nada. Y era raro, porque era yo. Y entraba, y no hacía absolutamente nada. Era lo más gracioso y era lo más genial: entraba y me comía toda la zanahoria, tomándome un tiempo larguísimo. Entonces ahí hay algo. Eso fue el principio de mi clown, que era no hacer nada. Yo repetía la palabra ‘clown’ y esa nueva palabra era rara...

¿Por qué la usabas? ¿De dónde procedía?

-No sé; yo armaba la gacetilla y la mandaba a los medios con esa palabra.

¿No tenías un referente claro?

-No, para nada. No lo tengo. Nunca tuve. Y fue un grupo inglés a Mar del plata –se llamaba The Right Size– que hizo un par de funciones en el Auditorium y dieron un seminario de tres clases. Fue un flash. Tomé conciencia de lo que había trabajado solo. Creo que fue la experiencia más fuerte y la más corta. Quedé marcado por eso. Quedé marcado por eso y por lo que me pasaba, que era querer participar todo el tiempo, querer estar haciendo todos los ejercicios ahí durante las clases –y claro, el registro de los demás era ‘uh, de nuevo el petiso insoportable’, pero yo participé y fue increíble. Y después Tony [Lestingi] fue a Mar del plata a dar un taller donde también yo me metí, le di con todo, y ya ahí le pregunté por la posibilidad de venir becado, y venía a Buenos Aires una vez por semana y me volvía. Ya ahí me puse a aprender. Después de Tony vino un espectáculo... También me pasa eso, yo estuve mucho tiempo trabajando con Cristina Moreira, y con Tony estuve dos años, pero en esos dos años yo aprendí lo real, lo que a mí me sirve para dar clases.

Finimondo¿Qué fue lo primero que hiciste donde sentiste que habías aprendido algo?

-Primer Mundo se llamaba. Un espectáculo que dirigía Tony, en el Piccolo Teatro, en 1995. Tony, por respeto a la técnica y a todo, nos hizo trabajar sin narices en ese espectáculo.

¿Era de clown?

-Sí. Y era una maquinaria que daba vértigo, todo lo que pasaba era muy veloz y había una partitura musical ya preparada que iba del principio al final, o sea que largaba el cassette y largaba la obra. Era grosso a ese nivel. Y ahí aprendí todo lo que tiene que ver con el imprevisto, con aprovechar el imprevisto, y qué pasa cuando sigue la partitura musical y uno está en el medio y tiene que resolver la situación. Me dio una dinámica interesante, y sentí que ya empezaba a aparecer algo mucho más sólido con respecto al clown.

¿Y ahí estabas solo?

-No; éramos un grupo.

¿Empezaste a laburar solo después? ¿Hiciste un aprendizaje de números?

-Sí, armé algo en los talleres, en el de Tony y en el de Cristina...

Pero no hacían variedades y ese tipo de cosas...

-No, no había. No hay variedades. Es mentira lo que dicen del varieté. Y no vi números. En números de clown, lo vi trabajar a Federman, ante quien me saco el sombrero, porque me parece que ahí hay número.

¿A Fogonazo lo conocés?

-Fogonazo es un loco. Chacovachi es un loco. Se hacen querer poco. Me parece que el clown, lo primero que tiene que hacer es hacerse querer. Y a ellos no da ganas de verlos, me parece.

¿Ellos trabajan más con números, no?

-Sí. Es muy difícil, me parece a mí, armar números.

¿El número tiene que ver con la tradición circense, con las rutinas?

-Con el entremés; la cosa que va entre lo importante y lo importante. Me parece que es eso. Me parece que no hay vuelta que darle. Después, un montón de números de clown juntos es una cosa muy pretenciosa y que aburre. Por eso sería mentir decirte que lo que estoy haciendo ahora [Finimondo] es un espectáculo de clown. Porque el clown es un divertimento, y el clown exige entrar y salir, no estar y estar y desarrollar. Es otra cosa.

De hecho no veo esto que vos decís en ninguna presentación teatral. Sería interesante reponer esta figura del entremés; es algo que no se tolera mucho...

-No, para nada. Incluso en el San Martín, en el intervalo de Ricardo III ponés a dos clowns parodiando la última escena de Ricardo III y es un golazo, estoy seguro.

Es cierto, a la vieza usanza, no estaría nada mal. ¿Retomamos? Dejemos el término "número" y usemos el de "trabajo". ¿De dónde partís vos para hacer tus trabajos de clown? ¿Qué te motiva?

-Lo que me mueve, lo primero que yo le digo a mis alumnos, es partir de algo que uno sabe que hace bien. Saber dónde uno es bueno. O sea, parto de cosas que sé que hago bien. Como actor, toco algunos lugares de sensibilidad que sé que puedo tocar. De ahí parto. Yo soy bastante abstracto igual; no te lo podría explicar bien, pero sé que parto de ahí. Con Finimondo yo tenía la necesidad de explotar; yo sabía que había un momento de explosión en mí, que yo venía trabajando en talleres y espectáculos. Había hecho un trabajo paralelo sobre momentos de explosión emotiva, y sabía que podía llegar ahí. Y encaré el trabajo desde la quietud, desde sentarme y poder permanecer quieto. Así llegué a desnudarme en el primer ensayo...
Pero lo busqué desde el intento de lo opuesto, sabiendo que lo otro estaba. Lo mismo pasa con tocar un instrumento o lo que sea: uno puede tocar la flauta traversa, pero en un momento hay que volver atrás, a lo musical, a lo previo a cualquier instrumento. El clown es eso, es el camino previo. Cuando uno llega a una explosión emcional se acaba la obra, no podés seguir. Entonces hay que ir a lo previo.

Vos me decías que estabas entre dos cosas: estabas interesado por la exploración de cierta zona oscura, pero al mismo tiempo hacías algo que tenía que ver con lo cómico, y con la eficacia de lo cómico. Y acá parecería que va surgiendo otra cosa, esto que decís de empezar por cierta desnudez... Entrando por ese lado que ya sabías hacer bien –lo cómico, lo eficaz– retomaste el camino del despojamiento....

-Por eso te digo: estoy en una búsqueda. Después, bueno, así como en un momento apareció la palabra ‘clown’, después apareció esta palabra ‘trágico’ –a raíz de estudiar la tragedia y meterme con Aristóteles– y encontré un montón de coincidencias, encontré que los parámetros de la tragedia tenían que ver con Finimondo, con el ir anunciando, con el final inevitable en la muerte, con ir encontrando indicios...
Finimondo
Y con las características de los personajes, que tienen que ser dignos pero a su vez deben tener algún elemento como de vileza...

-Sí. Hay una combinatoria allí que me interesa, que es la que estoy trabajando ahora con el grupo. Ahora arranqué con ese grupo, y al principio es difícil de transmitir esta idea, pero en un momento la información decanta y es interesante porque empieza a aparecer la contradicción, y el público empieza a sentir esa contradicción: ¿es cómico?, ¿es dramático?, ¿qué es?. Yo no me reí nunca; no sé por qué la gente se ríe...

24 mayo 2006

Totó - 1

Totó fue uno de los primeros que entrevistamos, allá por el 2002, un martes 13. Fue en un lugar ya extinto, muy palermiano, Espacio K, se llamaba. Adelante un bar, atrás una sala. Después cambió de nombre, de dueño, y ahora no sé en qué estado se encuentra. Por aquel entonces, Totó estaba reponiendo su espectáculo Finimondo y había convocado a un grupo de clowns para montar un Don Juan. Todavía faltaba para su experiencia con el Cirque du Soleil. Nuestra ignorancia del clown y una cierta idea de método, nos habían llevado a estructurar un cuestionario estándar que hacíamos en todas las entrevistas, cambiando el orden, modificando una que otra pregunta, improvisando nuevas en el momento. A Totó se lo mandamos antes de entrevistarlo, para que pudiera pensar algunas de las preguntas, si quería. Lo primero que nos dijo, cuando empezamos a grabar fue...
-No sé nada. Que quede claro: yo leí todo esto, y son cosas que yo, a mis treinta años y con casi doce de hacer humor, me las sigo cuestionando. Doce años de hacer teatro, y me sigo cuestionando para qué, y qué es ser un actor, y qué es ser un clown. Ahora, hablando con vos, puedo decir un montón de cosas, pero en realidad no sé absolutamente nada.

Lo que nos interesa es tu saber sobre vos mismo, no sobre la entidad abstracta llamada "clown". Nos interesa, primero que nada, tu poética, o sea, ¿qué es para vos el clown?. Pero, en fin, empecemos por la distinción entre clown y payaso. ¿Vos la hacés, te importa, etc.?

-Creo que me pasa lo mismo que en el imaginario de todo el mundo respecto de esas dos palabras. Uno me parece más estilizado y el otro me parece más grotesco. El clown me remite a un trabajo más estilizado, de otra poesía, más romántico, y el payaso al gritón, al circo, el grotesco...
Para mí, eso es claro cuando dirijo y pido "más payaso": la proyección se hace mucho más grande, tres veces o cuatro veces más que la que están haciendo. Entonces, lo veo claro: al payaso se lo relaciona con el circo, con una cosa mucho más grande – más grande a todo nivel: a nivel plástico, literario, musical, todo.
Y al clown lo relaciono con el de cara blanca, el que es más sutil, con el payaso de cámara. Falta uno en este esquema, el serio, el que está allí para que todo funcione.

¿Totó?

-Hay varias cosas con respecto a Totó. Una cosa es lo que por ahí viste en Finimondo, que es un engaño. Hay mucho engaño ahí, no es clown puro, casi no es clown. El Totó raíz es un payaso, es el que puedo trabajar cuando se me da la oportunidad de hacer números, de estar en algún espectáculo de circo, etc. Ése es un payaso, es bufonesco... Está hecho mierda.

Y el clown no puede llegar a ese estado... Bueno, recién lo mencionabas: ¿de dónde sale Totó? Porque de hecho mucha gente te conoce como Totó.

Sí, porque fue un momento de explosión de ésos que uno tiene cuando te descubren y aparecés en todos lados, y después uno quiere hacer cosas serias y no podés. Ya no hay posibilidad. Este año estoy empezando Las criadas de Genet, así como el año pasado hice El relojero de Discépólo, y todo el mundo me dice ‘¿en clown lo hacen? Estás loco!’. Y claro, no es en clown, pero, bueno, eso es lo que pasa. Además es una parte buena, es la mejor parte – digo, mi clown es la mejor parte mía.

¿Cuándo surgió Totó?

-Surgió cuando hice el curso de Tony Lestingi en el 95. Tenía una sobrinita de un año que tenía su totó – en realidad era un ‘toto’, un muñeco de ella – y ella misma de repente me empezó a vincular con su muñeco; yo venía a Buenos Aires y entonces era muy bueno lo que pasaba, yo le mostraba mis fotos y ella decía ‘toto’. Así que me rebauticé Toto. Después la Moreira dijo que Toto era grave – yo entré al taller de teatro de la Moreira muy deprimido, angustiado, solo en Buenos Aires (yo soy de Mar del Plata), triste, tratando de encontrar trabajo y viendo qué se podía hacer, y entonces fue muy fuerte porque fue llegar y la Moreira me dijo que estaba en un estado muy "grave" y que el nombre no ayudaba. Entonces se volvió agudo, pasó a ser Totó. Después me enteré de que los nombres de los clowns tienden a acentuarse en la última sílaba – incluso había una Mane que pasó a ser Mané. Conviene terminar arriba.

Es un cambio de energía.

-Un cambio de energía total. Y me cambió. Y después me enteré de lo del comico italiano, que vos me contabas, y lo vi y todo.

Relacionado con esto está la cuestión del lenguaje de Totó.

-Sí, es un tema... (pausa)

¿Apareció de entrada?

-No. Apareció en Finimondo. Fue a raíz de una dificultad... Lo que pasa es que el Totó original fue un gran problema para mí. Me costaba mucho hablar, ponerle la voz. Y entonces, nada, lo que se ve es que cuando hago un número lo que digo es mínimo. Es más: originariamente no hablaba. He sido siempre corporal.
Y en el taller de Finimondo empezó como a pasar algo. Fue como una necesidad de decir cosas y buscarle una dificultad. Y me remití a mi abuela, que era una tana de 95 años que hablaba una cosa rarísima. Y jugué a traducir ese texto al italiano, pero con lo que yo me imaginaba. Después, sí, compré un diccionario y ya traducía palabras, y traté de ver cómo sonaba... Y de a poco estoy aprendiendo italiano. Me divierto un montón. Me parece que, si un clown habla, tiene que hablar así. Es parte del universal; si no, no vale.

Hay un momento en Finimondo – al menos en la función que vi yo – donde hablás con tu voz. ¿Eso siempre es así?

-Sí. Por eso te digo que en Finimondo hay mucho engaño. Es como una gran mentira.

Eso a mí me hizo ver el italiano como una máscara también, una máscara que en un momento se cae.

-Sí, claro. Y es un estado también. Porque el clown tiene todas las voces, todas las corporalidades, todas las habilidades. Por eso es tan difícil también de encontrar y de ver: porque tiene todas las emociones. Y un clown teatral, un clown actor, más todavía. El otro día, Lila [Monti] me decía que había visto un montón de videos de clowns y que ella quería hacer eso, y yo le decía que era imposible; que por más que aprendiera en este momento a tocar un instrumento, no iba a llegar a ser un clown músico. Porque primero se es músico, y después se decide. Primero se es actor, y, cuando uno sabe trabajar las emociones y conectarse con todo el material de uno, entonces uno puede decidir ser clown, porque tiene con qué sorprender, tiene con qué emocionar, con qué entrar y salir. Ahí es donde sorprende, no hace falta tener una habilidad. La habilidad está en manejar las emociones, en pasar de un estado a otro como si nada. Es como lo que hace un acróbata: una mortal y enseguida está haciendo otra cosa. Y todo eso que hace es todo el trabajo que el tipo tiene encima.

Interesante... ¿qué opinás de un adolescente que hace clown?

-No. No puede. No existe. Es como poner a un chico a hacer clown: es como subrayar. Como subrayar una palabra.

O sea que tiene que tener una experiencia, un patrimonio de experiencias...

-Totalmente. Por eso yo todavía no soy eso. Porque yo todavía soy actor y quiero eso, y Finimondo es una mentira, no es un espectáculo de clown. Finimondo es la historia de un personaje que es clown pero al que también le pasan otras cosas. Y hay un juego raro, hay quiebres... Es una mentira; es un trabajo que yo hice desde el actor, que vengo armando desde que estudiaba antropología teatral y hacía laboratorio, y que vengo pensando desde ese momento. Y en el clown encontré un lugar. Encontré una historia, un personaje, un tema – el tema del estar solo, estar marginado, no saber dónde estar, no tener nada y hacer lo mínimo, y ver, a la vez, que lo mínimo es un montón de cosas.

Porque en Finimondo Totó es muy solitario...

-Sí. Pero es un trabajo que hice desde el actor, ante todas las cosas. Y eso está bueno, porque cuando leí este cuestionario me dije ‘no sé nada’, pero lo que sí definí es el clown – y digo el clown teatral, porque yo hago una diferencia, ¿no?, yo estudié teatro, a mí el circo nunca terminó de interesarme, yo no hago malabares ni nada de eso...

¿De chico te gustaban los payasos?

-Jamás vi payasos de chico. No tengo registro. Y mi familia es rara con respecto a eso, porque tampoco estuve incentivado. Sí te puedo decir que mi primer amor fue Carlitos Balá, yo estaba en mar del Plata y vivía instalado en la carpa blanca de Carlitos Balá. Y al tipo lo amaba, y es el día de hoy que lo sigo queriendo. Me encanta. Y entonces... (pausa)

Entonces vos laburás desde el teatro y no desde el circo porque ésa es tu experiencia...

-Del circo, no. Son como cosas diferentes. Y el clown es como un tema aparte. Me parece que las bases del clown se pueden hacer desde un lugar circense o desde un lugar teatral o desde el mimo, desde muchísimos lugares. Pero, si es teatral, está involucrado en la emoción, sí o sí.

Entonces vos decías que existe un concepto de clown, o un trabajo desde el clown, y que puede variar según las formaciones previas. ¿Qué es lo que pertenece sólo al clown, lo que está siempre, en todos los casos, a pesar de las diferentes experiencias?

- La energía. El estado... (pausa). Es un estado de despojo absoluto y de conocimiento – por eso te decía que los clowns son gente grande. Yo tengo la experiencia de estar ahora trabajando con Ana, que es una mujer de 60 años, y en los otros espectáculos que dirijí también fue convocar a gente grande, ponerles la nariz y sentir que no había que enseñarles absolutamente nada. Me pasó el otro día en la muestra de Cristina Martí, de Los No Perecederos: al final del espectáculo entró Ana y yo me dije que eso era absolutamente necesario, porque eso estaba vacío, y tenía que entrar ella para que todos entendiéramos qué es un payaso. Es ese estado de conocimiento, de poder plantarse, no hacer nada más que estar parado y mostrándose. Y es un lugar de complicidad absoluta con todas y cada una de las personas que están ahí. El clown es un estado de alerta.

Algo que me interesa mucho de lo que estás diciendo, y que se relaciona con algo que comentamos antes, es esta relación entre el clown y el niño. ¿Cómo es esa relación?

-No existe. Es un prejuicio horrible. Porque el clown es universal. En la práctica sería naive, y un naive es universal. A un chico le encanta y a un grande también le puede encantar si se mete y lo recorre. A un grande le cuesta, le puede costar, pero, si se mete, es alucinante.

Me refiero no sólo al chico como espectador, sino a esa idea de que el clown desarrolla una mirada como de niño, por su desnudez, su falta de prejuicio...

- Por su fascinación. Tiene que ver con ver por primera vez.

Porque vos hablás de la experiencia, cuando el niño en realidad parte de la falta de experiencia. Entonces ahí está la cosa rara: desde la experiencia, tener una mirada inocente. Es complicado ese estado.

- Sí, no sé cómo... Quizás en algún momento de mi vida me dé cuenta. Suponete Ana: está en un momento de su vida donde no tiene nada que perder, y se puede despojar de todo. Lo mismo me pasaba con actrices marplatenses, gente con muchos años de teatro, que yo convocaba, se ponían las narices y tenían la capacidad de despojarse de todo. Creo que tiene que ver con el ‘ya no hay nada que perder’, o sea, qué me importa que me vean. En cambio, uno que es joven tiene mucha más autocrítica, es mucho más egocéntrico, más histérico, todo eso que no es el clown.

23 mayo 2006

Totó, el desgracioso

Y en el clown encontré un lugar. Encontré una historia, un personaje, un tema – el tema del estar solo, estar marginado, no saber dónde estar, no tener nada y hacer lo mínimo, y ver, a la vez, que lo mínimo es un montón de cosas.
Guillermo Castiñeiras, Totó.

Entrevista: 1 / 2 / 3 / 4

Fotos: 1 / 2 / 3

Federman - 3


Me gustaría que hables un poco de la dirección teatral, y también en especial de lo que es dirigir clowns. Eso debe ser refrescante porque estás ante el laburo de otro y salís de tu propia cápsula. ¿Cómo es, cómo lo encarás?

- No tengo una manera de encararlo. Me planto frente a lo que tengo adelante y empieza fluir.

Es un laburo más intuitivo.

- Sí, totalmente intuitivo, tanto desde la técnica como desde lo estético. Es decir: ‘me parece que tal cosa se debería hacer de tal manera, y ‘me parece que tal cosa me gusta o no me gusta’, y lograr un común acuerdo con el otro.

Ésas son las únicas premisas.

- Sí. Yo soy una persona muy impaciente, ansiosa, y eso en todos los órdenes – también como espectador. Sólo puedo tener una paciencia enorme n la dirección y en la docencia, y eso partiendo de creer que el otro valora lo que hago. Yo creo que con trabajo y con tiempo las cosas se hacen, y ahí soy paciente. Pero en otros órdenes de la vida, no, mi paciencia dice "basta".

En relación con estos cambios que estás atravesando, ¿cómo ves al público? ¿Qué espacio le das? ¿Cuál es la importancia del público para el clown?

El clown trabaja para el público. Yo trabajo para mí y también para el público. La participación del público la utilizo como un recurso – te estoy hablando de una persona que no tiene esas destrezas que te mencioné antes -, como una apoyatura para la tarea artística. Quiero trabajar menos con este recurso. La gente, o la mayoría de la gente, lo que más festeja es lo que yo menos quiero hacer. Pero ¿vos hablabas de la importancia del público como espectador o como participante?

Las dos cosas. Creo que lo que vos hacés es justamente romper esa barrera: agarrás a alguien y lo tirás al escenario.

Yo me llevo bien con el público. En general me llevo bien. No me gusta que se rían de todo. No me gusta el público regalado, me gusta ganármelo. No me gusta el público de mierda.

¿Y el público infantil?

Me llevo muy bien. Yo trabajé muchos años para chicos con el grupo La Galería Encantada, que era teatro para chicos, y me llevo muy bien.

¿Encontras alguna relación entre la mirada infantil y la mirada del clown?

- Sí, muchas.

¿Cómo sería eso? El clown parece trabajar desde la experiencia...

Ahí está la sutileza, me parece: en usar lo de los niños en cierta forma. Hoy estaba viendo a mi hija Violeta, que tiene 16 meses, y que hizo un gesto de clown tranquilamente. Ella tenía dos frasquitos, uno de agua oxigenada – para las nebulizaciones- y uno de desodorante; tenía los dos, y cuando trataba de parar uno, sin querer volteaba el otro. Eso era actuar de payaso. Sólo le faltaba la mirada del público – que cada tanto los bebés lo hacen: te buscan en complicidad. Eso es infantil y es de clown.

Es un tipo de relación con los objetos...

Con el espacio, con los demás... Ella agarraba hoy el osito de peluche y le daba agua destilada como si fuera mamadera. Se lo ponía en el ojo. Y un clown tranquilamente podría hacer eso (lo hace con el periodista). Es un gag clásico, el tema es que no sea ñoño, que no sea bobo. Hay que tomar la mecánica infantil y dotarla de la inteligencia del adulto.

Además de los chicos, las chicas, las payasas. ¿Tienen alguna relación particular con el clown, distinta a la del hombre? Porque la tradición del payaso es masculina...

En realidad, las payasas estarían transitando por las mismas dificultades que la mujer. A medida que pasa el tiempo y se nivela la relación de desigualdad de poder de las mujeres frente a los hombres, lo mismo ocurre con las payasas. Tienen, creo, sí, a favor la protección de la máscara; entonces pasa a ser algo sin sexo. Quizás donde aparezca más lo femenino se podría hacer una diferencia. Pero hay como una tendencia a masculinizar, a comportarse como un payaso. Porque el ‘permiso’ de una payasa es muy reciente; el permiso de una mujer es muy reciente.

O sea: toman el modelo del payaso masculino y no explotan la diferencia.

En general, aunque hay matices, y hay todo un mundo por descubrir ahí.

Otra cuestión que mencionaste es la docencia. ¿Dónde das clases?

En varios lados. En el teatro San Martín doy un curso que sería algo así como ‘clown nivel 2: construcción de números y sketches’. En la EMAD (escuela municipal de arte dramático) hago lo mismo para avanzados. También doy clínicas privadas, donde los alumnos me traen proyectos y los laburamos.

Vos decís que trabajás con cursos pero en la dirección trabajás más intuitivamente. ¿Cómo hacés para armar el discurso docente?

Trabajo con la experiencia adquirida. El oficio y el punto de vista. Más algunas técnicas base de lo que aprendí.

Rutinas y ese tipo de cosas...

No; rutinas no doy. El clown, como cualquier otra actuación, tiene que estar dotado de credibilidad y de verdad. Y en eso no se diferencia mucho de mi formación actoral ‘clásica’, estanislasquiana como te decía. A eso mismo, aplicándole técnicas, lo transformo en un clown. Eso, explicado en una mesa de café muy brevemente. Pero es una cuestión de experiencia y de gusto, y también intuitiva. Yo no transité nunca por un curso de clown, de iniciación; lo aprendía a lo ‘vos te parás acá y yo te digo tal cosa’. Intuitivamente, cuando un tipo te dice ‘yo te digo tal cosa’, mirás al público. Entendí que era por ahí.

¿Qué opinas de los cursos de clown?

Un par de cosas. Son muy interesantes, a mucha gente le han servido muchísimo. Creo que son básicos. En realidad, no es de cursos de clown sino de algunos docentes. Porque las técnicas pueden ser muy buenas, pero ha habido – como en toda moda – un abuso. Yo siempre pongo este ejemplo: si vos sos bailarín clásico, y hacés un curso de un mes de baile flamenco, es posible – por tu talento – que te trasformes en un bailarín de flamenco. Y es más: hasta en docente. Pero ¿uno en cuántos? Acá lo que sucedió es que muchos actores tomaron un curso de clown de un mes, y no sólo se recibieron de clowns sino de docentes. Entonces no son los cursos ni las técnicas sino el uso que se les ha dado; no ha habido la profundización suficiente. Y ahora, pasados los años, tal vez cambie, pero siempre encontrás un profesor que le preguntás y te dice ‘yo estudié un mes con Fulanito’. Ahí es donde yo me llevo un poco de culo con los cursos.

¿Cómo ves vos el escenario de clown argentino ahora, considerando que tenés una visión privilegiada por dirigir? ¿En qué situación está el clown argentino? ¿Hay alguna tendencia?

Hay de todo, y lo que voy a decir es muy general, pero creo que no ha habido desde la primera explosión a mediados de los 80 (no sólo en clown sino en general en las artes escénicas), una gran renovación. Vos fijate que en el festival internacional – yo estuve bastante en la cocina - se presentaron como 200 videos. Hubo una primera selección, luego otra, y quedaron diez números – números de varieté, y el clown pertenece al varieté. Y lo que vi es que no ha habido mucha renovación. Mucha gente abocada, pero no hay muchos que descollen.

¿No hay en el festival ningún espectáculo de clown o de varieté?

Hay sí espectáculos que utilizan técnicas clownescas, pero clown específicamente no. No fue una decisión mía; hay un comité de decisión y aprobación de las propuestas. Mi idea era que fueran géneros distintos, no algo repetitivo. Por ejemplo tenés un mago de cartas, un mago alocado, un ventrílocuo y uno que hace transmisión de pensamiento. Los cuatro son magos, pero cada uno en su especialidad... Pero vos que seguramente andás en la movida, decime: ¿cuántos clowns te hicieron caer de culo en todo este tiempo? ¿Y cuántos de ésos son nuevos, cuántos no pertenecen a los 80 o principios de los 90?

Caer de culo.... Por ahora estuve sentado.

Ése fue el momento. Vendrá otro, seguramente. Porque también la cosa se derivó hacia las artes circenses, hacia el varieté, hacia varias disciplinas. Pero no hay... digamos, si los hubiera, también los tendríamos en el varieté, no somos boludos.

Yo veo que hay varios camino a ser grandes clowns, con un potencial enorme y enorme corazón.

Puede ser. Sobre la escena de Buenos Aires, se puede decir que es maravillosa. Hay espectáculos impresionantes.

¿Vos qué vas a presentar en el festival?

En el festival yo presento Doctor Peuser. Y en el varieté voy a hacer un número, el del mochilero.

La cuestión de la nariz vos la vinculaste al pitito, pero me gustaría saber qué función le das al pitito o la nariz.

Es el permiso, la autorización. Y es la máscara; escondido detrás de ella uno se permite cosas que de otra manera no se permitiría. Lo encuentro muy importante, pero no deposito en eso todo. He tenido alumnos que venían de otros profesores que les habían dicho cosas tipo ‘la nariz no se toca’. Yo no entiendo esas pelotudeces. ¿Y si te pica la nariz, qué hacés? O sea, no hago un mito de eso. Es importante, pero es un estereotipo. Y lo importante es qué hay detrás de eso.

Una técnica vinculada al clown es la improvisación. ¿Qué lugar le das a eso?

Al trabajar con la participación del público – o sea, al tener ocasionales partenaires todo el tiempo, y nunca compañía armada–, recurro al riesgo puro y siempre me presto a la improvisación. Es más: muchos de mis gags salieron improvisando. Pero yo improviso sobre algo trazado. Hay distintos estilos. Hay gente que se maneja mucho con la improvisación; yo, como en una ruta, me desvío y vuelvo. No me dejo llevar por la pura improvisación; es más, no estoy de acuerdo. No confío en la improvisación.

Son como digresiones que te permiten después volver...

La idea es que no parezcan digresiones sino que pertenezcan al conjunto, pero la idea también es ponerles un límite; si no, es cualquier cosa.


Podés describir la dirección en la que estás yendo ahora en tu trabajo como clown, o sea más allá de lo teatral? ¿O simplemente lo estás dejando de lado progresivamente?

No lo sé. Desde lo personal sigo estancado, me sigue gustando aquella idea que apareció en un momento – se llama ‘Claustrofobia’ – pero no está en venta todavía. No tiene el tachito en el techo pero está parada en la puerta. No sé qué va a pasar.
Y, en relación a los otros, tratar de enriquecer y enriquecerme con el laburo de los demás. Yo trabajo mucho con lo que tiene el otro. Cuando veas Popovosky, vas a ver que es muy distinto a Belloso, muy distinto a otras cosas. Estoy abierto a ver, a recibir y a no conceder en algunas otras cuestiones.

Por ahí podés tener algún momento epifánico que te revele un camino diferente.

Puede ser. Momento epifánico fue el de Canadá, cuando me digo ‘se ríen de lo peor de mí’. Venía un tipo y me decía, después de un espectáculo a la gorra – que no me funcionaba, porque mi actuación nunca fue callejera -, venían colegas con muy buena leche a decirme ‘vos tenés que hacer esto y esto y esto’, y yo decía ‘esto lo hace todo el mundo, esto es más viejo que el pedo’. ‘Sí, pero funciona’, y yo decía ‘sí, pero yo no lo voy a hacer’. Y bueno, probé, la gorra no andaba y probé. Y funcionó, y me quería matar. Como no como vidrio, un par de cosas de ésas hice. Como estaba en Canadá, no me veía nadie. Pero fue duro.

Si vos tuvieras que identificarte de alguna manera con un nombre o una fórmula, si tuvieras que subrayar una frase o una imagen que te identifique, ¿cuál sería – que no sea el pitito, porque está en crisis?

"Aquí y ahora." Yo trabajo con el aquí y ahora. Cuando yo hago pasar a un espectador, yo dependo del aquí y ahora. Si te digo ‘poné el plato acá’ y vos lo ponés acá, es ahora. Ahora, si vos no lo ponés acá y lo ponés allá, yo me tengo que adaptar. Sí, podría decir que soy un clown del aquí y ahora. Aquí y ahora hace 25 años, aquí y ahora hoy. Ponelo con puntos suspensivos, o entre paréntesis.
¿Algún personaje que te interese por el trabajo escénico, ya sea clown o no?

Me sigue maravillando Belloso. Ahora vamos a ver el espectáculo nuevo... Yo tuve la fortuna de que él me eligiera a mí. No es el único, pero para elegir uno, hoy, Carlos.

¿Ningún otro en el mismo nivel?

Urdapilleta. Soy medio convencional en lo que te digo, pero esos tipos... son otra cosa.

¿Vos te considerás en esa dirección?

¿Otra cosa? Y..., no. No sé qué soy, pero otra cosa no. Lamentablemente para mí, no soy otra cosa.

Vos le das mucha importancia al cuerpo. ¿Cómo se fue desarrollando esa importancia, y qué es lo primordial?

Bueno, no es tanto mi caso, que soy bastante de madera con el cuerpo. Particularmente en cuanto a destrezas y plasticidad soy de madera. Pero sí lo tomo en cuenta al cuerpo. Cuando vos estás en un espacio escénico, está el cuerpo – salvo que te iluminen sólo la cara, con lo cual estarían también iluminando el cuerpo.

¿Esto lo decís en general o en tu relación con el teatro?

No, con el clown también.

¿Hay algo específico de esto que tenga que ver con el clown?

El clown tiene, sí, el uso del físico, como en las rutinas clásicas: cachetazo, golpe, caída. Eso es cuerpo, no intelecto. Tortazo de crema, martillazo en la cabeza, resbalón, patada, empujón, elemento pesado que cae en la cabeza... es cuerpo.

¿Hay algo anecdótico en tu historia de clown que recuerdes por el placer o el sufrimiento que te produjo? Puede ser hasta una confesión.

Unas se vienen junto con otras. Te voy a decir una, la que primero me vino. Yo durante bastante tiempo intentaba viajar a Europa, y en el año 92, cuando me llegó la primer invitación – a Italia, a un festival de clown, los tipos me pagaban todo -... esa concreción de un deseo que yo venía empujando y empujando, ésa es una. Así como también cuando una mañana (enero del 96) suena el teléfono y me llamaban de Japón para contratarme. Yo pensé que era una joda, me hablaban en un inglés no muy ortodoxo. Y, no sé por qué, me cayó la ficha de que yo, cinco años antes, había mandado un video por medio de un amigo. El tipo me decía ‘usted me mandó un video...’ y me iba cayendo la ficha. No lo podía creer. Llegué a Japón y, en el aeropuerto, el mismo tipo me dice ‘en octubre volvés, a otro festival’. O sea iba y ya tenía que volver. Entonces, puede ser Japón, puede ser Italia, o podría ser otro lugar, no sé. Es la concreción del objetivo tan deseado. Son muchas emociones: Italia y después Inglaterra, los Beatles, Chaplin, la ciudad donde nació mi viejo en Alemania. Lo buscaba.

¿Y el público japonés?

Bien. Hubo que adaptarse. Es un público muy respetuoso. Bien. Tuve que adaptar algunas cosas.

¿Qué cambiaste?

No localismos, pero sí ciertos gestos que allá no significan nada o que significan otra cosa. Por ejemplo, cuando yo hago el partido de tenis y hago el gesto ‘va de vuelta’, allá ‘va de vuelta’ se hace así (hace un gesto). El código gestual cambia. O, por ejemplo, cuando señalo a una persona para invitarla a pasar. Ahí, cuando señalé a un tipo, el tipo empezó a señalarse la nariz. Yo lo primero que asocié fue con la nariz de payaso, pensé que el tipo me quería decir algo sobre eso. Pero en realidad el tipo con ese gesto me preguntaba ‘¿yo?’. Todo ese tipo de cosas. Pasan algunas rarísimas. La experiencia de viajar es muy grossa. Ahora, no tanto; ahora no estoy caliente por viajar – están todos calientes por viajar. Y estuve en muchos lugares. En Sidney estuve en un comic-club, donde todo es verbal, y eso del pitito les encantó. Todo una experiencia.

Vos tenés una hija chiquita, ¿Te gustaría que sea clown?

Y, si le gusta...! No, no... No tengo ningún problema, que sea lo que ella quiera. Pero yo tuve que pelear mucho. Tuve mucha crítica familiar, y eso me costó, tuvo un costo muy importante.

¿Y ahora tus viejos qué te dicen?

- Ya pasaron 25 años, y mi viejo cambió... un poquito. Un poquito. Y mi vieja apoya más, pero...

¿Te fueron a ver?

Sí, mi vieja siempre, y mi viejo últimamente menos – tampoco lo fuerzo, pero antes, si no venía, yo le decía ‘mirá lo que me hiciste’, y ahora me lo tomo bien, está todo bien. Está todo casi bien.

¿Te ves de viejo, a los 70, con la nariz puesta?

No lo sé. El primer traje de payaso que me puse me lo cosió mi viejo, que es sastre, a máquina. Y lo tengo ahí. En realidad era el segundo, porque el primero ya estaba muy gastado; si lo ves te querés matar. Y lo había elegido yo. Sobre todo cuando lo vi a Tony Lestingi que usaba el mismo traje.

¿De qué barrio sos?

Villa Urquiza. Barrio de payasos, si los hay.

y el tonto se fue

La Compañía del Tonto presenta
Y EL TONTO SE FUE.
Jueves 21 hs. Teatro Absurdo Palermo. Ravignani 1557. Dirección: Walter Velázquez. / Elenco: Natalia Aparicio, Julia Muzio, Jorge Costa. / Asistente de Dirección: Sol Lebenfisz. / Asistente Artística: Soledad Galarce. / Asistente terapéutico: Esteban Parola. / Asistente Técnico: Cristian Phoyu. / Realización de Vestuario y Escenografía: Martín Bacigalupo. / Música Original: Mariano Videla en VIOLA y Mariano “EL Gato Cabezón”.

Y EL TONTO SE FUE cuenta con el apoyo deI Instituto Nacional del Teatro y el FNA

01 mayo 2006

Federman - 2

¿Cómo es tu formación?

Tengo una formación bastante clásica. Estudié con Alesso todo el 85 y parte del 86. Empecé con el clown a fines del 85. Pero nunca dejé de trabajar de payaso ya sea como payaso-payaso o en otra etapa.


¿Cómo diste con el primer trabajo de payaso?
Yo era un alumno bastante... regular, digamos. En la secundaria era un correcto estudiante, y lo que inmediatamente seguía era la facultad, cosa que intenté: quise entrar a Ingeniería y me fue muy mal. Y lo artístico siempre estaba dando vueltas, pero en mi casa no se comentaba ni ahí. Jamás. Entonces, antes la sorpresa que fue no continuar con lo que estaba medianamente trazado (la universidad y luego ser un profesional), se me cayó el mundo. Eso no estaba en los planes de nadie; además me había preparado mucho para entrar. Entonces era cuestión de intentar entrar al año siguiente y, ‘endemientras’, perdido como estaba ante tal sorpresa, tocar aunque sea de costadito esta cosa artística que había estado flotando desde siempre.
Un compañero de la secundaria, en su momento un amigo, vio esta inquietud mía y me dijo ‘negro, ¿por qué no te metés a hacer teatro?’. Él me contó que el marido de una compañera de estudios estaba buscando gente para una cosa que qué sé yo. Ese tipo resultó ser el payaso Batistufa, que se había venido de Salta a Buenos Aires a probar fortuna, y que tenía algunos contactos y necesitaba gente. Te estoy hablando del año 78; no había clown ni nada. Me dicen ‘trabajar de payaso’ y, bueno, la palabra ‘payaso’... el trabajo de payaso siempre fue mal visto, es un insulto –sos un payaso, dejate de hacer payasadas -. Si en casa no se valoraba lo artístico, ¡imaginate hacer de payaso!
Pero, bueno, me habló de probar, y probé. Me dijo ‘te presto un par de cosas, vas haciendo una rutina, vos te parás acá, yo me paro acá, yo te digo tal cosa – él me transmitió su rol de gracioso, conservaba algo de ello y me lo pasó a mí -, yo te digo algo y vos me respondés tal cosa’ y así. Y, bueno, ensayamos algo y probamos. ‘Tengo un contacto en Canal 7’, me dijo, ‘y si marcha podemos entrar a trabajar los dos’. Y fui, probé y me gustó. Me gustó mucho mucho.

Y gustó también.

Sí, tal es así que esta persona, que había trabajado dentro de una compañía y había tenido a un payaso preferido dentro de ella del cual siempre me hablaba – me decía ‘fulanito hacía esto, fulanito es increíble...’ – un día me dijo ‘vos sos mejor que él’. Era un tipo muy simpático. Después colgó la nariz y se dedicó a la producción de televisión y video.
Así fue un poco el comienzo: me gustó y a los dos meses estaba trabajando en Canal 7.

¿En qué programa?

Se llamaba ‘Quiero ser’. Iba los domingos a las 10 de la mañana – lo veía yo nada más. Y estuve casi un año.

O sea que empezaste en la tele laburando de payaso.

Prácticamente sí, porque empecé a ensayar en mayo del 78 y fin de junio fue, creo, el primer programa.

En otras entrevistas se habló de una alianza entre el humor clownesco y cierta posición política, que llamaríamos desafiante y que, en los ochenta, estaba detrás de la práctica del clown: por ahí el máximo y quizá exagerado representate de esto sería Batato, que empezó con el clown y llevó la transgresión al máximo. ¿Vos tomás en cuenta algo de esto? Te lo pregunto porque vos empezás en un momento, el 78, donde el humor no podía ser muy ofensivo – y menos en Canal 7.

Pero yo no creo que lo de Batato sea una transgresión en cuanto a lo político. Para nada. En todo caso, sería una transgresión dentro de lo estético. En todas las veces que yo lo vi – que fueron unas cuantas -, en ninguna encuentro una bajada de línea política.

Digo ‘política’ en el sentido de que la barrera entre lo estético y lo social se empieza a complicar. Cuando agarra un símbolo que tal vez es considerado solemne y lo destroza; me refiero a eso y no a lo político partidario.

Yo lo veo un poco más llano, más relacionado con el divertimento bien entendido – no digo el divertimento fácil, pero sí el divertimento. Después, con los años, se fue modificando la cosa.

En cuanto a los comienzos, vos dijiste que Dimitri te partió la cabeza, y que después un grupo te dio inspiración con lo del pitito. ¿Qué otros referentes citarías, tanto de clowns como de humoristas?

Chaplin, Buster Keaton, Pepe Biondi, Marrone, Olmedo, Firulete, Woody Allen... Una mezcla rarísima.

¿De chico conociste el circo, los payasos?

Mirá: la primera vez que hice de payaso fue a los cinco años, en la fiesta de egresados del jardín, donde la temática era un circo. Entonces, ‘tema: el circo’, y yo ya actuaba mucho en esa época – en el jardín de infantes hacía todos los personajes, San Martín, Belgrano... Pero la única vez que yo fui al circo fue cuando me llevó una especie de tío al circo de Marrone. Era en la Boca, y yo tendría ocho años.

¿Recordás algo de esa vez?

Me encantó.

¿No te daba miedo el payaso?

No, no.

¿Hay algún momento de tu carrera que consideres revelador? Bueno, ya mencionaste uno; ¿hay algún otro? Digo, ya sea una actuación o una charla...

Bueno, cuando vi a Dimitri y me dije ‘es por acá’, y cuando vi a Ballsfire y vi que se cerraba algo que se había abierto con lo de Dimitri. Hay distintos momentos de mucha trascendencia; no me voy a acordar de todos. Por ejemplo, cuando vino el Cirque du Soleil y al toque me dijeron ‘sos uno de nuestros seleccionados’. Fue casi como un trámite, y les pareció que la cosa estaba bien.
Bueno... el tour por Alemania, Europa, la respuesta del público... Hay varios momentos, pero son por ahí más anecdóticos que de una trascendencia que uno diga ‘me cambió la vida’.

Pero de tus laburos como clown, ¿cuál es la función o el espectáculo que vos destacarías?

Tuve muchas funciones en las que me sentí muy, muy a gusto, así como otras tantas en las que todo lo contrario. No puedo decirte una porque le estaría faltando el respeto a las otras

¿Qué sería un fracaso?

Que la gente no se ría.

¿Y cuál es tu reacción ante eso?

Fue cambiando con el tiempo. Al principio me enojaba, hasta me enfermaba. Ahora me importa, pero poco. En algunos casos puede no importarme nada. Nada, no afecta a lo que yo deposité en este laburo de clown durante muchos años. Casi una cuestión de identidad. Por otra parte, estoy trabajando, y una cosa es lo que soy y otra lo que hago. Yo soy una persona que trabaja en parte de clown o de payaso y en parte de actor o de director o lo que fuere. Por eso no soy el payaso Pistolita o el nombre que le quieras poner.

En algún momento esa barrera no estuvo tan clara.

Claro, yo era el payaso del pitito.

Vos tuviste que trabajar para superar esa barrera.

Sigo trabajando todavía. ‘Hombres trabajando’ dice el cartel.

¿Qué es eso que mencionaste como ‘crisis con el pitito’ – si se puede hablar?

Así como deposité tanto en el laburo de clown con el pitito (tiempo, esfuerzo, dinero, emociones y muchas cosas más) y dediqué todo, un día me saturé. Empecé a no divertirme tanto como me divertía. Yo casi me divertía siempre, incluso donde había fracasos – porque el fracaso era un desafío, ‘la próxima van a ver´. Pero empecé a sentir distinto: no me divertía tanto, no me sorprendía tanto. Por suerte empezaron a aparecer otras cosas. Fue en el año 2000. Yo había estado en Canadá, y veía que la gente se reía de lo peor de mí, de lo más fácil. Y yo me decía ‘así no’. Vi a muchos que les funcionaba y estaban a gusto. Si yo alguna vez estuve a gusto con eso, ahora no. Y se me presentó un problema de identidad. Y es hasta el día de hoy que cada día actúo menos, me cuesta mucho calzarme la pilcha – lo hago porque es un trabajo. Ahora tengo otras cosas que se me fueron dando y empecé a encontrar otros colores. En ‘Todo x 2 pesos’ y sus ´Payasos de la Federal´ encontré otro color.

28 abril 2006

flexibilidad

25 abril 2006

De civil


Guillermo Castiñeiras (Totó), Guillermo Angelleli (Cucumelo), Enrique Federman (idem)

Federman - 1

A Enrique Federman lo entrevistamos (allá, por el 2003) en un bar bullicioso de la calle Corrientes que le sirve de oficina. Me pareció un hombre inquieto y como apurado, al que no le gustan las demoras ni las especulaciones demasiado abstractas. Se muestra, principalmente, como dado a la acción, los hechos y las cosas. Si sobre la mesa hay un vaso, ese vaso ya es para él un elemento del mundo, que se apoya sobre una mesa, la cual está en un bar y sirve, junto con el vaso, para que los clientes consuman los artículos gastronómicos que el bar pone a la venta a cambio de una suma determinada. Pero sobre la evidencia del vaso y su red de sentidos, a Federman le agrada imprimir una torsión payasesca, quitarle, por ejemplo, algo de su sentido funcional al vaso y proporcionarle un sentido diferente como objeto escénico. Quienes lo han visto actuar o dirigir saben de la importancia que Federman asigna al espacio y los objetos. No en el sentido de Katz, que gusta, ante todo, de la fabricación de las cosas. Katz pide ser visto como un inventor a la manera de esos niños que, al ser interrogados sobre su futuro, dicen (o, más bien, decían): "yo, cuando sea grande, quiero ser inventor". Federman no quiere ser inventor, porque sabe que todo ha sido inventado y que está frente al archivo del mundo. En esa conciencia de la realidad creada reside la clave de su accionar creativo. El arte en Federman es inseparable del uso de los objetos. Preguntas como "¿qué hago con esto?", "¿Cómo reaccionará aquél a lo que haga con esto?", "¿Qué sigue después de lo que acaba de ocurrir?", son esenciales a su sentido de la creación. Los artistas que lo han contratado para que dirija (o enmiende o acabe) sus espectáculos, saben que el lema de Federman es la eficacia. Algo sirve o no sirve, algo se puede aprovechar o debe, si no, tirarse. Esta es una filosofía antimetafísica, a la que cabe llamar pragmática (ay, no le preguntamos a Federman su signo zodiacal. ¿Será aries, tauro?). Por supuesto, como en otras ocasiones, estamos aquí ante un abismo de sentido: Federman es un artista pragmático. Ahora, ¿cómo es que un artista puede ser pragmático? Quiero decir: la acción en el arte goza de un curioso estatuto: quedá suspendida en la esfera de la ineficacia. La eficacia federmaniana, como la de los vanguardistas y los cartoneros, reside en refuncionalizar los objetos de una escena. O mejor dicho: en comprender que los objetos, al entrar en una escena, reclaman del artista la asignación de una nueva función, un valor específico y un uso. En eso reside la eficacia escénica, la acción comunciativa de su arte teatral. Sabemos que Federman diría que todo esto no son más que patrañas. Exacto. Iría en contra de su mentalidad pensar estas cosas. Entonces, démosle paso ya mismo a este artsita y nos no demoremos con préambulos y elucubraciones. Como siempre, empezamos con nuestro humilde cuestionario de lugares comunes. La primera pregunta fue, ay,
¿Le das importancia a la diferenciación entre "clown" y "payaso"?

No, no le doy importancia. Es más: yo empecé trabajando de payaso y después me transformé en clown. ‘Clown’ se usa porque es una palabra internacional. Uno habla por ejemplo de los clowns del circo de Moscú. Y en Rusia se habla ruso. Y en ruso, ¿qué pasa con clown?. Es como la palabra ‘whisky’: vos decís whisky o decís clown y en todas partes del mundo se entiende.
Podría hacerse de todos modos una diferenciación, y plantear el ‘payaso’ como algo más tradicional, que tiene que ver con el circo, y el clown como algo más teatral, pero esa diferenciación a mí no me cabe.

Pero encuanto a la práctica concreta vos no encontrás, entonces, esa diferencia.

No, para nada.

Pero es innegable que esa diferenciación es recurso para entender la tradición de la que viene cada cual.

Es ponerse un poco hinchapelotas, me parece, hacer esa división. Porque, al fin de cuentas, "clown" significa "payaso". Me parece eso: vos decís "clown" y en todo el mundo te entienden; decís "payaso" y no. Si decís "whisky", se entiende; si decís "alcohol de cebada fermentada", no.

Vos decís que empezaste trabajando como payaso y te transformaste en clown. ¿Qué significaría eso?

En realidad, yo empecé trabajando con una estructura más clásica en cuanto a las rutinas y en cuanto al concepto. Éramos un dúo; después un trío...

¿Cómo se llamaban?

Batistufa, Chiquito y Cucharita.

No tenían un nombre grupal.

Sí, lo que pasa es que el nombre suena rarísimo. El grupo se llamaba "Grupo de payasos León Bravo". León Bravo había sido el cura que a mi compañero Batistufa había formado en una escuela salesiana de Salta. El tipo había alentado a todo un grupo de jóvenes a hacer obras de caridad. Entonces decidimos hacerle un homenaje y llevar su nombre, y cuando vinimos a Buenos Aires el nombre quedó. ¡Suena tan antiartístico! Porque fijate que no sólo es un nombre, digamos, malo, sino además es un "león bravo". O sea: mal por donde lo mires.
Eso fue en el año 78. Acabo de cumplir 25 años con la nariz.

Y era un grupo tradicional.

Primero era un grupo clásico-clásico, siempre partiendo de algo tradicional. Pero después le dábamos una vueltita. Yo tengo también mucho respeto por lo tradicional. En mis cosas siempre meto algo clásico – un golpe, una caída, lo que sea- siempre hay un condimento tradicional.

Y después, ¿cómo se dio tu paso hacia algo más experimental?

Yo no diría "experimental". O, en todo caso, diría "experimental propio" pero no... porque... Bueh, con ese grupo trabajábamos en televisión. Hacíamos cosas en canal 7. Después mi compañero tuvo que volver a Salta por cuestiones familiares y yo me quedé solo – quiero decir, sin grupo. Y a partir de ese momento empecé a sentir que tenía que pegarle una vuelta a lo que hacía. Algo que tenía que ver con el no uso de la palabra. Pero al mismo tiempo veía la pantomima como algo insuficiente. Es decir, sentía que la cosa tenía que ser sin palabras pero no muda. Yo había visto un clown mudo, Dimitri, en el 85, en el San Martín, y me voló la capa. Pero sentía que no tenía que ser mudo. Y en el 85 vino un dúo yanqui, Ballsfire que me voló la cabeza con todo. Uno de ellos, también malabarista, usaba sonidos para comunicarse – sonidos por medio de un aparato que no recuerdo si era un... (el ruido del bar no deja escuchar la palabra). O sea que no usaba palabras pero usaba sonidos.
Ahí fue cuando me cayó la ficha. Porque Dimitri, que era, por así decirlo, mudo, tenía una cantidad de destrezas increíbles, pero ése no era para nada mi caso. Entonces la pantomima sola, no. Destrezas no era mi fuerte. Y el sonido, en cambio, venía a sumar algo más. Ahí sí, empecé a experimentar con pitos. Aunque yo no quería usar el pito que usaba él – ése era de él, más allá de que fuese algo clásico, algo común en los circos (donde los pitidos se hacían con boquillas de trompetas). Con respecto al tema del sonido, hay que pensar también que acá no había mucha información, no es como en Europa o Estados Unidos... Entonces empecé a probar con pititos, y me llevó un tiempo hasta que encontré el mío.

O sea, en el ochenta y pico encontraste tu pitito...

En el 85 fue la primera vez que actué con un pitito, en septiembre u octubre del 85. Llevaba el pitito con una cadenita colgada, era un quilombo hasta que di con el mío.

Y eso te llevó a construir una identidad propia.

Sí, una identidad tan fuerte que mi clown no pasaba por la nariz sino por el pitito. Vos pensá que cualquiera que se pone una nariz puede crearse una actitud frente al espejo. En mi caso, yo me pongo el pitito.

Vamos avanzando en la formación de tu identidad, en busca de algunos de los ejes de tu identidad. El nombre. ¿Por qué Enrique Federman sigue siendo Enrique Federman cuando se pone el pitito?

Porque mi tarjeta de presentación es ‘Enrique Federman, clown, actor’. No es que me convertí en el payaso Fulanito y nada más, sino que, además de payaso o clown, soy actor. Clown es una de las cosas que hago; hay otras. Si dejo que pase eso, me transformo en un sello y paso a ser, por ejemplo, el payaso Pistolita para siempre.
Yo también laburo de director, no sólo de actor y de clown. El clown que hago es sólo un personaje. Lo que pasa es que me dediqué muchísimo a ese personaje.
Mi pregunta tiene que ver con otra cosa. Por las charlas que hemos tenido, veo que hay gente que concibe, la formación del propio clown como una búsqueda de la identidad propia. ¿En tu caso es así o no?

En mi caso es al revés: yo empecé trabajando de payaso y después me puse a estudiar teatro y a actuar. Primero trabajaba sólo de payaso. O sea que encontré de entrada una identidad, que después se fue transformando (con lo del pitito, por ejemplo) pero que ya estaba.
A mí me tocó, en el año... (ya no me acuerdo), trabajar la calle mucho antes de que fuera moda. Una vez me tocó, en Larrazábal y Juan B. Alberdi, barrio de Mataderos, trabajar en una casa de electrodomésticos o no sé qué cosa, juntando a la gente en una promoción de vacaciones de invierno. Yo ahí hacía cualquier cosa en la calle, paraba a la gente, hacía cosas para los chicos y pasaba la gorra. O sea que mi formación, como te decía, fue un poco al revés; ya tenía la identidad, y la fui perfeccionando.

En cuanto al trabajo para hacer un número o una obra, algunos invocan – por ejemplo, Totó – el ir hacia lo que uno tiene, el ir en busca de aquello que es sólo de uno. No sé cuál es tu concepción del trabajo específicamente clownesco. ¿Cómo pensás vos una obra?

De distintas maneras: a partir de una historia, a partir de un objeto, a partir de la música, a partir de un gag, a partir de la acción...

Por ejemplo, ‘Sketches’ ¿de dónde arrancó?

Fue la sumatoria de distintos números en distintos espectáculos. Fue un espectáculo que tenía un número nuevo – el del cocinero –y una serie de números de espectáculos anteriores – el número del concierto (que era del espectáculo anterior), el número del plato, que era de un espectáculo intermedio entre el del concierto y el del mochilero, el número del escalectric (que también era más o menos), el número de la armónica (que era el final del primer espectáculo) y, bueno... una suma de números. Había un número nuevo que lo preparé cuando empecé a ver algo que en realidad ya había visto en el espectáculo anterior, una situación más teatral que era solamente juego con la gente. Y tengo uno nuevo que algún día terminaré y que es mucho más teatral todavía, con una menor participación del público.

Eso te iba a preguntar. Cuando vi la obra ‘Cosa de payasos’, el hijo – que vendría a representar el payaso moderno – tiene mucho que ver, por lo menos en cuanto a los recursos que utiliza, con tu estética. ¿Por qué es esto?

Bueno, porque Claudio Gallardú lo concibió así y quería... En realidad, había que hacer una rutina nueva. Lo que yo había planteado era hacer con los mismos elementos – el balde, la brocha, las cosas que usan los pintores – otra cosa. Ahí se planteó usar el pitito – eso me decían – pero yo me negué. Yo tengo que tener la capacidad de hacer una cosa que puede ser muy parecida pero sin recurrir a recursos bien conocidos. Algunos dicen "claro, por la gente que te conoce...", pero no es por la gente que ya me conoce (que, además, no es tanta). Es por algo propio. No tengo que terminar cayendo en el pitito. Porque, además, con eso estoy en crisis desde hace dos, tres años.

Claro, es una misma dinámica – no digo sólo lo del pitito sino también el trabajo con el público...

Si yo lo tuviera que hacer sólo con el pitito, no lo haría. Yo haría algo más. Pero, en este caso, me parece que para muestra basta un botón (o dos). No se trata de desarrollar una rutina sino de mostrar algunas habilidades. Además, en aquel caso, fue todo armado de último momento, no había tiempo, pero yo me mantuve en la mía y dije ‘pitito no’.

De todos modos, lo que se ve también es eso: ahí aparece Enrique Federman en el papel del hijo, que de alguna manera es el payaso moderno.

Sí, aun cuando hay elementos que son bastante clásicos. Pero yo me encuentro muy bien en lo clásico. La cuestión es que yo estoy acostumbrado a laburar solo en unipersonales, y acá comparto la obra, con lo cual al protagonismo lo vamos cediendo de uno a otro – tomalo vos, dámelo a mí– con mucha caballerosidad (algo que no está en los unipersonales).

24 abril 2006

Aquí y ahora...

Aquí y ahora. Yo trabajo con el aquí y ahora. Cuando yo hago pasar a un espectador, yo dependo del aquí y ahora. Si te digo ‘poné el plato acá’ y vos lo ponés acá, es ahora. Ahora, si vos no lo ponés acá y lo ponés allá, yo me tengo que adaptar. Sí, podría decir que soy un clown del aquí y ahora. Aquí y ahora hace 25 años, aquí y ahora hoy. Ponelo con puntos suspensivos, o entre paréntesis.
Enrique Federman

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23 abril 2006

Chaco - 7

Decías que estás en un cambio. ¿En qué búsqueda estás ahora?

Yo estoy desandando lo andado. Yo al principio trabajaba sin hablar, y lloraba, lloraba, porque quería hablar. Ahora mi espectáculo está basado en los textos. Y quiero dejarlos. Estoy buscando lo físico de nuevo. Desandando lo andado. Quiero ser más sutil...

Es un cambio muy fuerte.

Muy fuerte. De hecho, lo logré este año en el Circovachi. Estrené tres números nuevos que son más en la onda de lo que estoy buscando. Y ése es el camino.
Lo que me pasa también en la calle es que ya tengo 41 y, bueno, no es lo mismo, me cuesta un poco. Ahora nos vamos con Maru – que también es artista callejera – y yo te digo ‘todo bien, me gusta’, pero estás otra vez en la calle, viajando, de nuevo sin saber dónde vas a trabajar, de nuevo todo mal con la policía... Es difícil, y cada vez el cuerpo me duele un poquito más. Por eso cuando veo a otros grandes payasos que se despertaron mucho antes y entraron a buscar otros circuitos, de alguna manera me da ganas de estar ahí y que te garpen mil euros para ir a trabajar a tal a un lugar- yo lo he logrado; no mucho, pero he ido a festivales donde te pagan un cachet. Pero no vivo de eso. Yo vivo de pasar la gorra. Así fue toda la vida y no quiero dejar de hacerlo, pero sí quiero mezclar un poquitito, ¿no?

¿Qué opinas de las payasas?

Las payasas tardaron un poco más en llegar, pero ya las hay. Yo estuve en un festival de payasas en Andorra, y ya conozco a cuatro o cinco que son excelentes – cosa que antes no podía decir. Las mujeres tardaron más en llegar ahí.

Algunos dicen que trabajan desde otro lugar; yo no sé...

Trabajan desde otro lugar, como si vos fueras... Mirá, tengo una amiga payasa, Angela de Castro, que es brasilera y trabaja en Inglaterra, y ella me dice ‘yo soy negra, gorda, gay y sudaca, y vivo en inglaterra’. Mortal. Todo eso le permite ponerse en un lugar. Lo que pasa que antes no había muchas payasas, como no había muchos payasos. Ahora sale gente en pelotas. No sé, entre Maru y yo no hay mucha diferencia en la ideología – quizás yo tengo 15 años más de experiencia, pero la forma de pensar es la misma.
Después puedo decirte que hay mujeres que tienen material o peor material, pero que tienen el mismo lugar que cualquier buen o mal payaso. Generalmente la gente te dice que no hay buenas payasas; eso es porque no vieron – porque, claro, cada 20 payasos hay una payasa. Pero eso la hace más valiosa a la payasa.
A las payasas las encasillamos como las que hacen espectáculos para chicos – tipo minas histéricas gritando ‘hola, chicos!’ o hablando a los nenes como si fueran mogólicos – pero es algo que le ocurre tanto a la mujer como al hombre.

Eso es algo que me interesa en particular, tanto por tu estilo de payaso. ¿Qué pasa con los chicos? Porque también pasa en la literatura infantil: está eso de escribir como si no entendieran nada de nada, o...

O contrapunto los Simpsons.

O contrapunto Quiroga.

Por supuesto. Es que eso es lo más fácil, lo norteamericano, el show business, tratar al pibe como a un mogólico. No se necesita hacer eso ni ahí. Yo estoy seguro de que un pibe se va mucho más lleno de ver al Circovachi que de ver a Piñón Fijo, y lo que no entiende, lo presiente, lo vibra.

También está la cuestión del payaso como alguien que retiene una mirada infantil...

En el buen sentido, sí; en el buen sentido, yo sigo siendo un niño.

¿Y cuál es el buen sentido?

El buen sentido de lo infantil es que vos seguís jugando con lo tuyo. ¿Sabés cuál es la diferencia entre un niño y un adulto? Sus juguetes. El payaso no deja de serlo. Yo me siento un niño en mis reacciones. Los niños tienen reacciones de payasos, y los payasos de niños. Un buen payaso tendría que llegar hasta un pibe. Los pibes tienen todo, la crueldad... – ‘se te murió tu papá!’, ‘manco’, ¿judío de mierda?’... Yo me siento un chico y me gusta. Sacarme todo ese caretaje... ‘no podés decir eso, sé adulto’... Un payaso todo eso lo deja de lado, dice lo que quiere. Y por eso tiene tantos problemas en la vida, cuando no puede diferenciar lo que es ser payaso de ... A mí me ha pasado hasta que pude dilucidar por qué en la plaza decía cualquier cosa y todo el mundo me amaba, y cuando decía lo mismo en la vida real y todo el mundo me odiaba.

Claro, la libertad es muy compleja...

Sí, en un punto podés terminar en un loquero, o marginado. Pero adentro, sí. Y es valorado, super valorado. También es un juego del payaso, el de decirlo desde un lugar que... Si lo mismo que yo digo como payaso lo dijera desde afuera, se enojarían muchísimo. Lo mismo le pasa a gente que me roba chistes o textos míos, los hace en la calle y los quieren matar. Es lo mismo que digo yo, pero no se lo permiten.
Una anécdota de Leo Bassi. Va a Chile, a trabajar en un programa tipo Sábado Bus. El programa es en vivo, llega a la preproducción, va vestido – viste cómo viste él – de saco y corbata, le presentan al conductor, y el tipo lo mira y dice ‘¿por qué no se vino vestido de payaso?’ y le dice a la producción ‘¿cómo me traen un payaso vestido de persona?’. Bassi se la come totalmente. Cuando llega el momento en vivo, entra Bassi y le pega un cachetazo al conductor que lo sienta de orto. Cuando le dicen ‘qué hiciste, loco!, dice ‘disculpen, es que soy payaso’.

¿Y la tele te interesa?

Nunca me interesó. Tuve muchas propuestas, pero no me interesa en lo más mínimo, por muchísimas razones. Primero, porque me cuesta hacer un chiste, y en televisión te ven millones de personas juntas, y te pagan lo mismo que en una función. Segundo – esto por amigos que han laburado en televisión – laburás tres, cinco meses bien, y después ¿de qué te disfrazás, si no sos un bicho de televisión?. Y después, que a mí no me gusta trabajar. No me quiero encontrar en una oficina de producción a las 5 de la tarde tomando cocaína y diciendo '¿ahora qué hacemos?’. Ni en pedo, déjenme despertarme acá tranquilo y decidir si hoy trabajo o no trabajo.

La rutina de trabajo debe ser mortal, pero estoy pensando también en el formato, en trabajar con algo tecnológico, tipo Mr Bean...

Eso es muy lindo, pero no es mi payaso. Conmigo no cierra. Recuerdo las pocas veces que he hecho cosas para televisión, para mi payaso hablarle a una cámara y esperar que se ría es imposible. A mí, si no me vuelve, no me sirve.
Yo no sé si Mr Bean es un payaso, yo creo que es un gran actor cómico. Por lo menos desde ese lugar; en un show en vivo podría llegar a ser payaso. Pero yo no quiero ponerme en ese lugar. De hecho, lo que estoy buscando es poder trabajar menos de lo que estoy trabajando, para poder disfrutar más de la vida.

Bueno, ¿hay algo que no te pregunté y que vos quieras que aparezca?

Con respecto a lo que me decías de payaso o clown, hay una que se me pasó y quiero contarte. Yo soy ‘Chacovachi, payaso tercermundista’. Eso va en contra de todos los clowns que aparecieron en los noventa. Hay tantos clowns que yo me puse ‘payaso’ para diferenciarme, y para molestar un poco.
Y yo me considero sobre todo un artista de calle, un payaso de calle. No sé si lo voy a ser toda la vida, pero que tuve veinte años de eso, seguro.

Y eso define la forma de tu trabajo.

Seguro. Sin duda. Y una más: una vez me preguntaron qué quisieras ser cuando seas viejo. Y yo dije ‘un payaso viejo’.
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19 abril 2006

Chaco - 6

Vos aparecés como un referente fuerte en algunas cuestiones de organización de los artistas callejeros. Hago alusión a las Convenciones de Malabaristas.

Sí, veo que aparezco como un referente fuerte en todos los artistas de calle, de Buenos Aires y de mucha gente de España también. De hecho, las características de mi payaso fueron tomadas como una cosa casi tradicional. Yo he encontrado números míos hechos por otra gente que ni me conocía ya, cuarta o quinta generación, que cuando les preguntaba de dónde habían sacado eso me decían ‘esto es re-tradicional’.

Tenés imitadores...

Muchísimos, sí. En una época me enojaba mucho, ahora no me molesta porque, total, yo estoy cambiando. Está bien que imiten a ése que era yo porque así sobrevive, mientras yo sigo en la búsqueda.
Y lo de las convenciones fue sencillo. Yo te decía que pasé diez años con tres pelotitas. Cuando descubrí el circo, cuando descubrí el mundo de los malabares... una vez leí en una revista que había una convención de malabaristas en Suecia...
La primera a la que viajé fue a Disneyworld, qué me importaba la torra Eiffel! Yo quería ir a Disneyworld, y no me arrepiento... Leí lo de la convención en Suecia y me fui. Me acuerdo: un viaje, una locura total. Y vi un montón de malabaristas alucinantes y me dije ‘yo esto lo quiero para mi país, para mi ciudad’. Porque en esa época, en los 80, sentía mucha soledad; no podía hablar de esto con mis amigos normales porque los aburría. Entonces, yo en esa época había fundado la escuela de circo del Rojas, fue un año que estuve dando clases. Date cuenta: yo estaba para aprender más que para enseñar, o sea, enseñaba por el hecho de hacer...

¿Ahora no enseñás?

No. O sea, sí, enseño a mis compañeros de trabajo todo lo que yo sé hacer. Pero una cosa es ser profesor y otra es ser maestro. A mí me gustaría transformarme en un maestro. Un profesor tiene que tener pedagogía y ciertas cosas para las que hay que tener tiempo, y yo no estoy dispuesto a dar ese tiempo. Yo no sé si puedo ser bueno como profesor, no he andado esos caminos. Sí como maestro, y como maestro sos inobjetable: aprendés lo que yo soy, y lo que no te gusta lo dejás, pero no podés objetar nada.
Y, bueno, el hecho de hacer la primera Convención y encontrar un montón de gente que estaba dispuesta...

¿Cuándo fue?

En el 95 fue la primera, en Berazategui. Y fue fantástico: un montón de gente que viajó hasta acá, y al final eso dio resultado, porque ahora vamos por la octava y es una convención muy reconocida en todo el mundo, muy particular. Yo creo que es de las mejores que hay en el nivel artístico, porque en Europa el 95% de la gente que va a las convenciones no son artistas, son gente que hace malabares pero que no trabaja de artistas (son estudiantes, otra cosa). Por ahí son excelentes, pero no son artistas. En Argentina es distinto, el 90% son artistas.

Pero vos no venís de los malabares

No, yo venía del payaso de calle, pero me enamoré del malabarismo. Además, tampoco me imaginé que se podía enseñar a ser payaso, pero a ser malabarista sí. De hecho viajaron muchísimos artistas para acá, y ahí nos dimos cuenta de lo que es el público de Buenos Aires, porque vi a grandes artistas de calle fracasar en la calle. En Europa los tipos se sientan y tienen la paciencia para sacar las cositas de la valijita; acá a la gente si no le metés un dedo en el culo ya, no funciona. Si no es pa-pa-pá todo el tiempo, la gente se va a otra cosa.

Iría por ahí la cuestión del payaso "argentino" que decías...

Sí. Yo creo que el payaso argentino, aunque ahora muchos se empezaron a refinar, es bien sudaca.

Vos también lo diferenciabas de otros payasos latinoamericanos.

Los brasileños, por ejemplo, son muy teatrales; en Brasil podés encontrar payasos muy teatrales y muy lindos pero que no sirven para ir a la calle. Después encontrás, como hay en todos lados del mundo, los que son más primitivos, los que trabajan en la peatonal de San Pablo por ejemplo. Pero no está ese medio. El payaso argentino, yo creo, logró las dos cosas: tiene la capacidad de ser sutil y poder hilar fino pero además tiene esa fuerza que tiene el artista primitivo de calle, de ir a buscar el dinero y pelearse con la policía. Porque en la calle está todo, está la gente buena y la gente mala. Eso yo se lo digo al público, yo sé que entre ustedes hay algún hijo de puta.

Y, de gente que estés viendo, ¿quién te...?

¿Argentino?

Argentino o no. ¿Quién te gusta? Vos mencionaste a Leo Bassi...

Bueno, Leo Bassi, el papá de todos que es el Jango Edwards. Lo conocí en un festival, laburé con él, con él y con Tortel, los tres nos fuimos a laburar en un colegio para chicos pobres en las afueras de Joao Pessoa, bien arriba de Bahía. Y el tipo me mató, porque fue tan tierno – siendo un payaso maldito.

Como una estrella de rock...

Sí, es como un cantante. Tiene incluso un viaje con un productor y con su mujer, donde se garcha a la mujer y el productor se lo garcha a él. El tipo, arriba del escenario es Dios y abajo del escenario es un desastre. Yo lo vi hacer su show en inglés para indios en el nordeste brasileño, y la mitad lo amaba y la otra mitad lo odiaba: eso es lo que tiene que lograr un payaso.

¿Y en Estados Unidos qué onda?

Allá el tipo casi no trabaja.

Eso te iba a decir, porque en EEUU la imagen predominante del payaso se acerca más a la de Mc Donalds.

Claro. Por eso en EEUU la imagen del payaso Crosty (Krusty) es muy cuestionada. Sin embargo acá hay muchos Crosties y no serían caricatura.
Y, bueno, después está Tortel, que es el que fundó Payasos sin Fronteras. El tipo cuando empezó ponía bombas, estaba metido en Barcelona. Y el tipo era eso y ahora es payaso y se lo ve. Es un tipo super-comprometido y para mí es un genio también.
Te he nombrado a Tortel Poltrona de Cataluña, te nombro a Moshe Cohen, que es un payaso judío increíble, bueno, Leo Bassi, Edwards, los payasos brasileros de Teatro do Anonimo que son increíbles. Yo trabajé con ellos en la Rosinha, que es la favela de Rio, me llamaron porque necesitaban una personalidad que no fuera ni negro ni brasileño, y alguien que tuviera huevos para animarse. Ellos trabajan mucho socialmente, son super-comprometidos, e hicimos cosas re-copadas.

¿Y de acá hay alguien que te interese?

Fogonazo. Me interesa muchísimo, tiene todo lo que un payaso tiene que tener: está loco (en el buen sentido), cree absolutamente en todo lo que dice, lo justifica.

¿Qué opinás de Cristina Moreira?

Es una gran profesora de clown, no es una buena clown. Tiene ciertas cosas que no... A veces no entiende nada. Por ejemplo, una vez yo estuve hablando con ella y la tipa no entendía que en la calle puede haber buenos espectáculos, y yo le decía que por supuesto los hay, y ella decía ‘yo trabajé en la calle y no hay’. ‘¿Qué hiciste en la calle?’, le pregunto yo, y la tipa me dice ‘toqué la pandereta en un subte de París’.
Ella es buena como profesora, aunque es muy dura. Yo cuando salí de su clase sentí que no había aprendido nada, pero después con el tiempo me di cuenta de que sí. Hay otros profesores excelentes: Fogo, Walter Velazquez. Walter estuvo en el circo dándonos clases tres días seguidos....
Te vuelvo a repetir: para que haya grandes payasos tiene que pasar un tiempo, un payaso no se hace así como así. Enrique federmann es un buen payaso, hace algo distinto...
Después hay otros que dicen que son payasos aunque yo no me lo creo mucho.

¿De chico conocías payasos? ¿Te gustaban?

No. La única imagen que tengo de chico es la de un payaso que en lugar de hacerme reír me ponía nervioso. A ver, mi vieja me llevaba al Circo de Moscú; después con el tiempo me di cuenta de que el tipo era Popov. Subía por una escalera y yo lloraba porque pensaba que se iba a caer. No me hacía reír; sin embargo me quedó muy grabada su imagen.

Muchos, ante esta pregunta, me dicen que en su imaginario infantil no estaba el payaso.

Payaso era Firulete, por ejemplo. Esa imagen de payaso. Pero no existía el tipo del payaso del cual ahora yo gusto. En esa época de los militares no se lo permitiría.

¿Cómo fue tu relación con tu familia?

Fue la mejor, con el tiempo. Al principio era medio difícil. Yo vengo de una familia italiana, mi vieja, maestra, mi viejo, empleado público, mi hermano, en la facultad, yo qué sé... El hecho de que yo haya hecho el servicio militar (me había comido dos años) me dio un plus, cuando salí, para poder no tener que hacer nada. Enseguida me metí a esto, y el hecho de pertenecer, bueno, ... Yo, al salir del servicio militar, estaba muy mal, me drogaba mucho... Y el hecho de estar yendo a un lugar, comprometido con esto, me dio el principio... Y después enseguida empecé a vivir de esto, y la plaza me dio el dinero, que fue lo segundo. Y después la confianza de mi padre en creer que yo era una persona de bien y que yo estaba comprometido... Cuando me vino a ver... y no me vio a mí sino a la gente que me venía a ver, eso fue lo que terminó de definirlo. Y mi vieja, sí, orgullosa siempre de tener un hijo payaso.

¿Te acordás cuando te vieron por primera vez?

Fue un espectáculo en la escuela de Elizondo. Estábamos todos en pelotas y mi viejo me dijo: ‘¿cómo me hacés ir a verte, con mamá... todos en pelotas?’.
Tengo frases así, como por ejemplo mi viejo diciéndole a mi vieja ‘apañalo, apañalo; puto te va a salir’. Yo lo tomo como algo típico de un italiano que estuvo toda su vida laburando y, bueno, que no entendía que alguien pudiera hacer estupideces y vivir de eso.

Además, los espectáculos de Elizondo eran así, de ir al choque.
Claro. Después, ya en la plaza, era distinto. Y cuando vieron que hacía temporadas y que me podía comprar un auto, una casa, ya fue bien distinto. Vieron que tenía un camino bien marcado, un futuro.
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15 abril 2006

Tus zonas oscuras

Compañía I Clowns presenta RICARDO III, de William Shakespeare. ESTRENO: SÁBADO 22 DE ABRIL 21.45hs. TEATRO DEL SUR. (Venezuela 2255, reservas: 4941/1951)

Las zonas oscuras del Clown: Una troupe de siete clowns llega al teatro para poner en escena la obra de William Shakespeare. Cuando el show está por comenzar, el Director descubre que falta Ricardo III. Rápidamente, el rol es asignado a un técnico que está cambiando una lamparita en el lugar. Comienza la función y con ella, la muerte de la inocencia y el tránsito hacia el lado oscuro y maligno del clown. El orden está fuera de control. Las rojas narices toman partido frente a la opresión del dictador.

Actúan: Guido Arena, Rodolfo Yordanoff, Paola Fiorita, Esteban Fiocca, Juana Larotonda, Omar Jacquier, Gabriel Cohan, Matías Bassi y Mariano Bicaín. Músicos: Fernando Brufal (saxo soprano) Mariano Bicain (trompeta) Maximiliano Wille (percusión) Aníbal Zorrilla (piano). Dirección musical: Aníbal Zorrilla. Dirección general: Laura Silva.
Acreditaciones e información: 4773-2258, 4983-8775. castilloarangoprensa@yahoo.com.ar

Noches Payasas

Noches Payasas "Rimaik". Domingos, 21.00 hs., en Espacio Callejón (Humahuaca 3759). Reservas 4862-1167.Ciclo de reposiciones. Abril: Long Play. Mayo: Cuuul. Junio: Los Chinos.
www.lospapota.blogspot.com

13 abril 2006

Chaco - 5


Decime una cosa: diferencias entre los 80 y los 90.

Muy grandes. En los 80, acá en Argentina, no había mucho. El hecho de que estaban los milicos, y antes los años difíciles de la Triple A... o sea, no existían.

Vos hablabas del Clú del Claun, la Banda de la Risa...

Perdón, me estoy equivocando los 70 con los 80.

¿Antes, nada?

Nada. Hasta el 82-83, nada. La gente estaba naciendo, estábamos empezando. No había mucha información, se estaba generando un estilo de artista cómico. Hoy muchos están trabajando en la tele: Urdapilleta salió de ahí, toda la gente del Parakultural terminó haciendo humor y muy bueno.
Pero la diferencia es que en los 90 ya se profesionalizó todo eso. En los 80 ibas a trabajar a las plazas y la gente ya te agradecía por el simple hecho de estar. Y la gente estaba más abierta a escuchar planteos ideológicas. En los 90 tenías que profesionalizarte un poco más, y las plazas se llenaron de payasos – buenos o malos, pero que lo eran. O sea: la diferencia fue grande. Es como la diferencia de las drogas entre los 80 y los 90, como la diferencia de la juventud. En el teatro pasó lo mismo. Incluso hubo un parate a principio de los 90, y después todo se volvió a reciclar.

Muchos toman como figura paradigmática de este cambio a Batato.

Claro. En el 86, creo, o el 87...

En el 91 muere. Lo toman como cerrando...

Batato fue fundamental. Un tipo... a ponerse tetas y ser feliz. El personaje de Batato, aunque era naif, era también muy oscuro. Y, bueno, la muerte. Las enfermedades en los 80 y los 90 también. Batato fue evidentemente un ícono muy importante en esto. Recuerdo verlo la primera vez y, aunque era amigo mío y el tipo recién empezaba, encontrar eso... que después, con el tiempo, comprendí que era su compromiso con su ser. No le importaba lo que la sociedad dijera. Eso es lo que tiene que hacer un payaso, también. Ahora en el 2000 hay muchos payasos que hacen el espectáculo con la calculadora. Batato lo hacía con el corazón, con el culo, con todo eso; entonces era mucho más verdadero. No era analizable todo eso en el momento, pero te llegaba esa información, te llegaba por ósmosis...

Vos hablás mucho del trabajo en la calle y a su vez tenés un circo. ¿Qué pasa con estos ámbitos? ¿El payaso de la calle, el payaso del circo y el payaso del teatro son distintas cosas?

Son distintas cosas. El circo que yo tengo es muy particular. Es un circo callejero, tiene la estructura de circo pero es al aire libre. Es al revés: nosotros tenemos la carpa donde es nuestro camarín, y de la carpa salimos a unas gradas bien cerraditas para 1200 personas al aire libre. El espectáculo es a la gorra aunque hay una puerta y la gente hace cola, tres cuadras de cola, pero es a la gorra. O sea que mantiene ese espíritu. Y el humor que hago ahí adentro es el mismo. O sea: la gente no está a salvo. La estética está mucho más cuidada, porque en la calle no me voy a pintar... no puedo estar diez minutos maquillándome. En el circo podés usar ciertos recursos que en la calle no podés.

Circovachi



¿Desde cuándo...?

Ya van nueve años.

¿Y lo montás...?

- Enero y febrero, en la costa. Hemos viajado a este festival en Brasil... Pero lo hago nada más que ahí porque son 60 días corridos de trabajo. Te voy a mostrar algunas fotos... (pausa)

Vos te llamas Fernando, y la mayoría de la gente te conoce por Chaco. ¿Cuándo apareció ‘Chaco’, y cómo?

Bueno, yo buscaba un nombre... Quizás si empezara ahora me hubiera llamado por mi nombre, pero en esa época todavía se creía que tenías que encontrarte el nombre del payaso. Yo estuve muchos años trabajando sin nombre, porque no quería ponerme ‘Tomatito’ o ‘Verdurita’ porque después te arrepentís toda la vida. Y apareció Jacobacci, que es el nombre de un pueblo en Río Negro. Había un trencito, y yo pasando por ahí me dije ‘qué buen nombre!’. A veces viene gente que son de Jacobacci y se ponen contentísimos, y me preguntan si tengo algún pariente ahí.

Está bueno porque el nombre es tu identidad de payaso y pero también parte de tu identidad personal.

Claro, porque es mi historia: yo he viajado mucho por ahí cuando era joven, y habla de mí, de lo que me gustaba.

¿Vos actuás siempre con nariz?

Eso se ve en mi página. Al comienzo me pintaba muchísimo. Después intuitivamente me di cuenta de que tenía que dejar la pintura para poder encontrar mi payaso de verdad. Porque a cara descubierta me iba a encontrar con mí mismo. Así que pasé de mucho maquillaje y de mucho vestuario a casi nada. Trabajé en una época en la plaza como iba a laburar, como laburan ahora muchos payasos primitivos - ¿viste esos payasos que muchos dicen que son chilenos, los payasos de Plaza Francia, que se pegan con un cartón? Yo los llamo payasos primitivos. Yo trabajaba así, y tuve muchos problemas – fui preso. Son miles de anécdotas.

Contame una.

Una que me marcó es que tuve que estar como seis meses sin laburar de payaso por una persecución en Plaza Francia. Yo laburaba ahí, y un día había mucha gente en el cementerio. Se veía que se había muerto un poronga, y había mucha gente con anteojos, muchos policías de civil. Entonces voy a trabajar y viene un policía y me dice ‘hoy no podés trabajar’. Le pregunto por qué no, y me dice: 'porque no'. Y, bueno, yo voy a trabajar igual, y por qué, por qué. Y, bueno, se había muerto Viola, el ex-presidente de facto. Y yo me puse contentísimo ahí, y el tipo insistía que ‘si trabajás, vas a ver lo que te pasa’.
Yo me puse a trabajar igual. Hago mi función – esa inconsciencia que tienen los payasos- , y, cuando termina la función, yo hago generalmente un discurso o bajo línea. Entonces dije: ‘hoy es un día especial para todos nosotros: se murió el general Viola, lo están enterrando ahí mismo’. No sé si había salido en los diarios todavía; toda la gente se dio vuelta ahí. ‘Es un día muy especial para mí. Yo no estuve en Malvinas pero fui soldado en esa época, y para mí es un placer que este hijo de puta se muera’. Y dije ‘pido un minuto de barullo por la muerte de este hijo de puta’.
Yo en ese interín me sentí fantástico. Y no me di cuenta de lo que había hecho. De repente tenía a todos los tipos a mi alrededor, los anteojos negros... Yo me acuerdo que había terminado la función y la gente me saludaba y me daba los nenes, y yo no quería largar a los pibes.
En un interín subo al auto – en esa época en Plaza Francia no había mucha gente y subía el auto a la plaza. Al otro domingo caigo y me piden documentos del auto y permiso de carga. ‘Permiso de carga?’ le pregunto, y el tipo ‘¿usted viene a trabajar acá, no? Si no tiene el permiso, a la comisaría’. Todo el fin de semana preso. Salgo el lunes y vuelvo al otro domingo. 'Documentos.' 'Sí.' '¿Tiene...?' Y todo el fin de semana preso. O sea: no podía trabajar. Estuve un mes sin trabajar, y volví a ir a la plaza de canuto, vestido normal, aparecía detrás de un árbol. Y no podía pasar la gorra, me metían preso por dos edictos policiales que ahora ya claudicaron – uno era permiso de disfraz, que exigía que si vos te disfrazabas, tenías que ir a la comisaría y decir ‘hoy voy a disfrazarme de oso carolina’ porque, después, si un oso carolina te choreaba...; y el otro era ‘mendicidad y vagancia’, que impedía pasar la gorra. Entonces dejé de disfrazarme, y la gorra... bueno, dejé de pasarla dos o tres fines de semana pero me moría de hambre. Entonces lo que hacía era dejar baja la ventanilla de mi auto y decirle a la gente que yo no podía pasar la gorra pero que ése era mi auto. Y la gente tiraba la guita adentro.

Y así pasó. Y lo que realmente me hizo un crac total fue hace cinco o seis años, cuando fui al Anjos do Picadeiro y ahí me di cuenta del mundo de los payasos. Ahí, por un homenaje, volví a usar nariz. Pero la nariz que yo uso – te vas a dar cuenta cuando veas las fotos – no parece nariz. Es color piel, es de látex... No es necesario tener nariz para ser payaso, pero en mi caso ésta me gustó. Me gusta como haber encontrado ciertas cositas. El pantalón, por ejemplo, es mi pantalón; ya tiene mil funciones.

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10 abril 2006

Chaco - 4

¿Cómo surgen los números? Por ahí podés incluso contarme de algún número en particular, que te enorgullece...

Al hacer los números un payaso lucha por su material. Creo que todos los números de payaso tendrían que tener una presentación, un desarrollo, un nudo y un remate. Todos los números necesitan eso para que la estructura se sostenga. Generalmente los payasos que tienen una habilidad la usan como excusa para estar en escena. O sea: yo salgo para hacer esto, y todo lo que me pasa alrededor de esto se convierte en el número. Yo, por ejemplo, tengo un número con pelotitas de pimpón; salgo y empiezo a tirar dos pelotitas de pimpón con la boca, tiro primero una y después tiro dos. El número dura doce minutos; cuando hago la doble es el final. Todo lo que está alrededor es el número: el desarrollo, la lucha contra mí mismo, los impedimentos para poder lograrlo, la forma en que el público siente su propia angustia representada, la lucha del hombre contra el elemento, la lucha contra el ridículo...
Chacovachi apila sillas sobre su cara
A veces eso se desdobla en la estructura clásica, o sea, el Carablanca...

La estructura del payaso es así. O sea, hay un clown que es el de cara blanca, impecable, que generalmente toca la guitarra y se comunica con el público y lo sorprende por sus habilidades reales. Después viene el Augusto, que es todo lo contrario. Se enfrentan el pueblo y la oligarquía, el poder y el no poder. El Augusto ya sale desaliñado, y es al que le sale todo mal.
Después, con el tiempo, apareció otro personaje, que es el Contra-augusto, un tipo que se hace el loco para no ir a la guerra. Es un clown, pero no es careta. Entonces, como no es careta (ladra un perro y no se escucha) ... pero es más vivo que el clown y cómo no, si se hace el tonto. Eso te da un plus.

Claro, no se cree...

... superior. Todo el tiempo se hace el tonto, se tropieza siempre con el mismo ladrillo (muchos ladridos). Y hay otro personaje, que es el Tony, que es el más humano de todos. En Gaby, Fofó y Miliqui, el vestido de negro era el Tony, el más humano de los tres, y hace de nexo con el público. Habla con los payasos y habla con el público, como si fuesen dos mundos distintos y él fuera quien puede conectarlos.

Por lo que vos decías, más bien parecías concentrar todas estas figuras.

El payaso concentra todas estas figuras, el payaso desarrollado, este tipo de payaso callejero. Todos los grandes payasos que yo te nombro concentrarían estas figuras. O sea: la estructura callejera, a diferencia de la estructura teatral, está muy viva. En un teatro podés tener la cuarta pared, podés tener qué sé yo... Hay payasos que laburan todo derechito, que no esperan la respuesta del público. En la calle (digo, en un espectáculo callejero, porque hay espectáculos en la calle que no son callejeros; para que sean callejeros tienen que tener ciertas cualidades, y la principal es ésta: estar permanentemente escuchando al público. O sea: que se logre el aquí y el ahora, el aura. Y eso es lo que transmito a los payasos. Estos payasos que te digo laburan muchísimo en la calle. Ves cuando laburan en la calle porque llegan a un nivel altísimo, donde realmente ganás veinte veces más, y los tipos pueden montar ese espectáculo callejero dentro de un... – pero sólo si el espectáculo es callejero. O sea: Leo Bassi arranca la función con una voz en off diciendo ‘conociendo la fama de Leo Bassi entre los espectadores, y el miedo de los espectadores a participar de su show, va a pasar un asistente del Sr Leo Bassi con unos puntitos violetas para ponerte en la frente si querés participar; si no quieren, no se la ponen y quédense tranquilos que no los van a molestar..’. Y después sale Leo diciendo ‘bueno, lo que se dijo recién es mentira. Yo quería saber quiénes son los estúpidos que me vienen a ver y tienen miedo de participar. A los que tienen el puntito, no los voy a molestar; lo lamento porque yo sé que ustedes quisieran, pero a mí no me sirve. Los que no tienen el puntito, empiecen a temblar’.
Por ejemplo lo que hace leo Bassi: deja un billete de 50 pesos en la platea, ponele en fila 4 asiento 25. Y, cuando entra la gente, espía. A la mitad del show corta y dice 'no puedo seguir; hay un ladrón en la sala’.

Claro, eso, en un teatro, desestructura todo.

Totalmente. También tiene que ver con las expectativas: cuando vos ves un payaso en la calle, no esperás nada. Y, si te da algo, ese algo es muchísimo. Entonces uno juega con eso. Aparte, el payaso, cuando vas por la calle, es ‘si no te gusta, no me veas’. Es orgullo, una cosa que el payaso no pierde nunca. En un teatro, la gente pagó y vos tenés que agradar. Salvo que seas un loco como éste al que no le importa nada.
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Nota de L.: si entran a la página de Leo Bassi (http://www.leobassi.com/), verán en qué consiste su nuevo espectáculo, La Revelación, así como el servicio turístico que presta en Madrid con el Bassibus. Éste -no puedo reprimir hacer breves referencias- "lleva a la gente a donde nadie la ha llevado, visitando el Madrid de hoy con sus horrores estéticos y sus desatres ecológicos y sociales, recordando los atentados contra la memoria histórica, las burlas al código penal, las estafas astronómicas y el asalto planificado al sistema democrático". Al parecer algunos de sus principales puntos de visita son: "los Legionarios de Cristo, El Opus Dei, El parque Warner de Madrid, El Soterramiento de la M-30, la nueva sede madrileña de la Cienciología, la FAES".
La Revelación, por su parte, le ha granjeado al cómico la hostilidad de grupos católicos fundamentalistas, que llegaron a ¡poner un explosivo! en el teatro Alfil. Según la propia definición de Leo Bassi, La Revelación es una comedia que hace un elogio de la Ilustración y del laicismo. A ciertas personas les molesta la fuerza con que defiendo estos valores." (Al parecer exhorta a los católicos a renunciar a sus creencias y pone a su disposición "solicitudes de apostasía"). "La Revelación es básicamente una crítica racional al monoteísmo del Antiguo Testamento poniendo en evidencia las contradicciones peligrosas, las omisiones e inconsistencias. Concretamente:- el papel de la mujer subordinado al del hombre, el miedo al cuerpo humano y al sexo, el desprecio por la naturaleza y los animales, el misterio del mandamiento nº 5: No Matarás."
Lo único lamentable de este ilustrado radical es que su página esté escrita tan descuidadamente.

09 abril 2006

Chaco - 3

Este número que contás toca otra cuestión que vos ya mencionaste: la cuestión de que el payaso tiene una ideología, y que puede incorporarla a la función.

Es que eso es lo que se debería hacer... Y vos lo podés hacer patético o lo podés hacer sutil, pero la ideología tiene que estar. De hecho, los payasos callejeros tienen su ideología por más que no la demuestren: es la ideología de un tipo libre, que va por ahí, a cincuenta mil kilómetros de su casa, y se planta en una plaza delante de cientos de desconocidos y les dice ‘vénganme a ver, yo los voy a hacer reír con lo que tengo, les voy a pasar mi visión del mundo, me van a aceptar o me van a odiar, pero nadie se va a olvidar de que me vió’, es decir, todo lo que hace un buen artista callejero cuando trabaja para gente desprevenida, gente que no lo espera.
Lo de la ideología yo lo viví particularmente . Tengo más de 20 años trabajando en esto y Maru, mi pareja, tenía ocho años cuando me vio por primera vez, y los chicos que trabajan conmigo me veían cuando eran muy chicos – y esos pibes que crecieron conmigo y trabajan de payasos tienen una ideología. Yo lo veo, son distintos, les llegó otro mensaje a la cabeza, otro mensaje de lo que es el humor, el compromiso, los huevos. A mí me gustan los payasos con huevos. Hay payasos que son naifs pero vos les ves el sentimiento y las pelotas. Yo no digo que tenés que ser un payaso ‘maldito’ para ser payaso; podés ser un payaso totalmente suave para ser payaso también. Pero sin dejar de lado la ideología. Y, a veces, una persona me termina de confirmar que es payaso en su vida privada mucho más que en su función. En su coherencia. Vos ves el número y ves la esencia de esa persona, y después tiene coherencia con su vida. Esto lo aprendí en estos festivales tipo Anjos do Picadero. En ese Anjos, que fue el que más guita pusieron, vivimos quince días 150 payasos en un hotel. De todos lados del mundo. Y los vi, los interpreté en su pensamiento, aprendí. Había tipos con 50 años de laburo. El payaso también tiene otra cosa: mientras más viejo, más verdadero es el tipo. Imaginate que un tipo de 20 años hablando del amor y del desamor es creíble pero hasta ahí. Un tipo de 50, pelado y gordo, es mucho más creíble, porque evidentemente el tipo lo vivió.

Escuché a varios que insisten en esto: el payaso es un tipo con experiencia que, ante todo, se conoce a sí mismo.

Sin duda. Yo por ejemplo, ahora estoy en una etapa de mi payaso donde empiezo de nuevo. Estoy tomando talleres con otros payasos, es increíble. Estoy cambiando mi forma. De alguna manera, me estoy reafirmando como payaso y cambiandome de nuevo, tratando de ser lo más justo posible con mis pensamientos. Es decir: ya no me importa el éxito como éxito. Para mí, el éxito y el poder es ser fiel con mi payaso a mis pensamientos y mi ideología. No tenés que ser ni zurdo ni facho; es tu ideología, tu manera personal de ver el mundo.

Vamos a hacer un poco de historia. ¿Cómo empezaste?

Lo mío es una casualidad total. De alguna manera ya soñaba con esto de chico cuando quería ser futbolista o cantante de rock, o sea, un artista que hace un arte del momento, un arte vivo. Me imaginaba cantando, no vendiendo discos. Cantante es estar en un recital...

Generar espectáculo...

Eso mismo. De casualidad entré en la escuela de mimo de Elizondo a estudiar mimo a principios de los 80. Tuve la suerte de tener a grandes compañeros que con el tiempo fueron grandes payasos y grandes artistas, en el centro Parakultural: de ahí salieron las Gambas al Ajillo, el Clú del Claun, los Triciclos Clos... De casualidad, yo hice un camino que ellos no hicieron. Ellos se transformaron en grandes payasos pero trabajaban en el Parakultural y yo ahí no iba. No me gustaba trabajar a las 4 de la mañana para borrachos: hoy tampoco me gusta. Ahora empecé a cambiar, hice algún trabajo así, pero no es lo que más me gusta.
De repente apareció la idea de ir a una plaza. Lo había visto en la serie ‘Fama’: había un tipo, un mimo que pasaba la gorra. Eso es graciosísimo, porque yo empecé a trabajar en las plazas por una cuestión política nada más. Llamaron por teléfono a la escuela (estábamos en el 83 y todavía estaban los milicos) para ver si alguien quería hacer algo en una plaza: había un encuentro artístico contra los militares. Y yo caí en una plaza en domingo, en Parque Lezama, y me morí. Tocaba León Gieco y las escuelas hacían cosas. Y de repente me encontré en una plaza con gente alrededor, y me morí. Porque había algo que no me gustaba del teatro, yo qué sé, esa cuarta pared... la luz que siempre te hace de otra manera, porque el teatro te disfraza, te saca las arrugas... Me gustó el patetismo lindo que tenía la plaza, que era face to face, la gente en redondo, el hecho de no tener que arreglar con el dueño del teatro para trabajar... Era una libertad total.
Entonces el domingo fui a trabajar a la plaza y me encantó. Después, al otro domingo, volví a la plaza y por supuesto no había nadie, porque no había una fiesta: era la gente de plaza normal. Y me encantó también. Y empecé y dije ‘bueno, voy a ir a la plaza’. Y después de ese domingo aprendí más que en todas las clases que había tomado. Y dije ‘voy a tomar esto como experiencia’. Ni me imaginaba el payaso, pero sí me imaginaba el humor de alguna manera. De hecho, yo tenía muchos problemas en la compañía en que trabajaba, porque se me iba todo para el lado del humor, y ahí lo que se buscaba en los años 80 era una cosa mucho más... El humor era mi forma de batallar, y sigue siéndolo ahora. Con el humor podés hablar de casi cualquier cosa sin tener que clavarle un cuchillo a la gente para poder hablarle de esas cosas.
Y empecé a trabajar en la plaza, y después vi la serie ‘Fama’ y me di cuenta de que el tipo pasaba la gorra en la plaza, y me dije voy a pasar la gorra yo también. Yo tenía 20 años, no tenía un mango, imaginate: pasé la gorra y me alcanzó para ir a comer pizza y tomarme un taxi, algo que en esa época no era una opción. Y, bueno, encontré las dos cosas. Creo que eso fue lo que me definió: primero, el hecho de poder vivir de algo, decirme ‘bueno, gano 40, 50 pesos por fin de semana y me las rebusco, y quizás con el tiempo pueda ganar más’ . Eso me dio el principio para poder dedicarme a esta profesión. Después el tiempo me dio muchas otras cosas. O sea: yo me transformé en artista mucho después, 10 años después me di cuenta de lo que estaba haciendo. Los primeros diez años fueron... es más, no había otro payaso de plaza a quien poder mirar, de donde poder sacar material. Por otra parte eso también me ayudó, porque, al no tener dónde mirar, me hizo buscar dentro de mí. Ahora es distinto: si querés ser payaso tenés ¡tanta información! O sea, ahora luchas para no copiarte. En cambio en esa época no había dónde mirar.

¿Y qué referentes tenías?

Los referentes eran Olmedo, Los Tres Chiflados. Yo veía El Clú del Claun, veía La Banda de la Risa, pero no me sentía identificado, no me sentía representado por ese tipo de humor. Yo me sentía mucho más popular. Mis referentes eran mis amigos, que no eran payasos pero eran muy cómicos. O sea, yo presentaba transformadas las humoradas de mis amigos en el bar, y funcionaba. Aparte fui cambiando. En mi página web hay fotos mías desde que tenía 20 años, y vas viendo una evolución de la persona. Son 25, 20 años, y fui cambiando infinitamente.
Pero lo que más me pegó fue que yo podía vivir de esto. Después descubrí las temporadas: me iba dos meses a trabajar a San Bernardo y daba cien funciones, y eso te daba un ritmo de trabajo bárbaro, me marcaba los números... El número de la torta que te conté lo estrené en enero, y la versión que te cuento es el final, como terminó. Después de cien funciones es así, después de cien veces vos podés encontrar algo. O sea, los bosquejos salen directamente del contacto con el público. No hay un número de payaso que vos puedas trabajar desde la intelectualidad. Podés tener una idea al principio, pero el público te da la...
Mirá, yo tuve la suerte de conocer a muchos grandes payasos. Hay uno que se llama Dimitri, que es un payaso suizo, un capo total. Yo tuve la suerte de conocerlo en esa época. Vino a Argentina en el 80 y pico, yo lo fui a ver en el teatro y me morí. Fue la primera vez que vi a un tipo en un teatro gigante y el tipo solo con su valijita, que eso es otra cosa, porque el payaso tiene que trabajar solo; después puede trabajar con otra gente, pero tiene que tener la fuerza de la soledad, de estar solo contra todos. Un payaso que se digne tiene que trabajar solo, después puede trabajar con otra gente a veces.
Lo vi a Dimitri, después hablé con él y le pregunté cómo se hace un buen número de payaso. Y el tipo me dice ‘todo está creado, si vos crees que vas a crear algo estás equivocado; seguramente lo descubriste adentro de vos, pero eso ya está creado, lo hace alguien en otro lado y lo va a hacer en este mismo instante. Todo está creado, es como jugar al ajedrez. El único secreto es: movés vos, mueve el público. Y según como mueve el público, movés vos. Por eso en el ajedrez nunca salen dos partidas iguales, y en el payaso tiene que ser lo mismo. Un buen espectáculo de payaso tendría que poder tener la posibilidad de empezar por el final. Por eso los buenos payasos te dicen yo salgo, saludo y al medio minuto me doy cuenta qué público tengo y qué es lo que necesito yo para demostrarle a ese público para que ese público pueda entrar en este mundo que yo les quiero mostrar. Y de hecho yo lo hago todo el tiempo. No es lo mismo trabajar a las 3 de la tarde para gente mayor en un paseo de Cantabria, que trabajar a las 5 de la tarde en ...Tárrega para un montón de locos, que es hermoso también. Es distinto el espectáculo para cada uno, y siempre es el mismo espectáculo, o sea, cuando tengo algo, nunca lo dejo de hacer. Con los años va cambiando hasta que se estanca o ahí quedó, pero sigo haciendo el mismo número, y el mismo número puedo hacerlo en un colegio para pibes o en una cárcel. Y no es el mismo número. O sea: es el mismo número pero el payaso es lo que marca la diferencia, si tiene la experiencia para poder cambiarla.

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08 abril 2006

Mañana...

Aquí van algunos subrayados de lo que se podrá leer mañana en Chaco 3.
"A mí me gustan los payasos con huevos. Hay payasos que son naifs pero vos les ves el sentimiento y las pelotas. Yo no digo que tenés que ser un payaso ‘maldito’ para ser payaso; podés ser un payaso totalmente suave para ser payaso también. Pero sin dejar de lado la ideología."
"Con el humor podés hablar de casi cualquier cosa sin tener que clavarle un cuchillo a la gente para poder hablarle de esas cosas."
"Y empecé a trabajar en la plaza, y después vi la serie ‘Fama’ y me di cuenta de que el tipo pasaba la gorra en la plaza, y me dije voy a pasar la gorra yo también."
"Mis referentes eran mis amigos, que no eran payasos pero eran muy cómicos. O sea, yo presentaba transformadas las humoradas de mis amigos en el bar, y funcionaba."
"El payaso tiene que trabajar solo; después puede trabajar con otra gente, pero tiene que tener la fuerza de la soledad, de estar solo contra todos."

Clown y Vida

En la actualidad, en Argentina, hay tres tipos de payasos, de acuerdo a cómo crean y digan que creen que se relacionan la vida y el arte del clown.
Están los payasos de la vida, que se jactan de ser iguales arriba y abajo de la escena. Uno, ciertamente, no nota mucha diferencia entre ambas apariciones. Chacovachi y su émulo Fogonazo se adaptan a esta categoría perfectamente. El espectáculo que ofrecen es el de una identidad por completo payasa. El trabajo en la calle, la transformación de la calle en escena, no tiene poca parte aquí. La calle integra los ámbitos en un universo continuo. "Natio comoeda est", dice Juvenal. "La nación es una comedia", en criollo.
Luego, están los payasos de la vida, pero de tipo teatral: éstos también creen que entre el clown y la experiencia el comercio es intenso y requerido. Los clowns que sacan a escena no son meros personajes sino proyectos de persona, construidos a partir de sí mismos. No obstante, la escena se les presenta como una caja de resonancia, no como la vida misma. Lo que el público ve allí es una faceta de su propia psiquis convertida en proyecto de persona. Ésta, con nombre propio, se independiza, en cierta forma, de su creador y adopta su propia conducta social, que va cambiando cuando cambia el actor y a medida que crece en su trabajo. Estos payasos piensan que el teatro es una especie de umbral para la representación de la vida. Cuando bajan del escenario muchas veces no son reconocidos por el público inmediatamente. Pienso, aquí, en quienes han seguido el método nacionalizado de Lecoq-Gaullier. Cristina Martí, por ejemplo, y los Clowns No Perecederos. O Totó. O Los Papota. Etcétera. Si uno llega a conocer en detalle a uno de estos clowns, el vínculo que une al actor con el proyecto de persona llamado clown se vuelve transparente.
Por último, está el payaso teatral, sólo teatral, que no quiere ser sino teatral, un personaje que el artista emplea para poner en funcionamiento la maquinaria espectacular o cómica. Trabaja desde cierto alejamiento técnico con respecto a la pregunta de qué es un payaso. Lo toma como una máscara ligada a cierto tipo peculiar de producciones. Federman, pienso, va por aquí. Katz también, aunque se filia a sí mismo con la segunda categoría, por provenir de y enseñar el método Lecoq: el despliegue visual, el trabajo con los dispositivos escénicos, etc., parecen estar por encima de la expresión autobiográfica. En Katz predomina el ideal de la armonía estética; en Federman el de la eficacia dramática.
Y esos son los tres tipos de payasos que hay en Argentina de acuerdo a cómo crean y digan que creen que se relacionan la vida y el arte del clown.

05 abril 2006

Chaco - 2

¿Quién te viene a la cabeza de la tele?

Me vienen "Los Tres Chiflados", sin duda. Yo hago un número... te cuento el monólogo, se llama "El tortazo". Es un número en el que yo aparezco con una torta entre el público. Es el último número del Circovachi (yo tengo un circo durante la temporada). Entonces aparezco con una torta entre la gente, dan luz, y digo: "¡qué peligro una torta en la mano de un payaso, ¿no?. ¡Qué peligro una torta en la mano de alguien que es capaz de hacer cualquier cosa con tal de hacer reír! Claro, las tortas en manos de un payaso siempre terminan de la misma manera." Te lo estoy diciendo así nomás; no me acuerdo bien ahora. Entonces se prende una luz, hay una musiquita, me paro con la torta entre la gente y digo:

-¿Cuántas personas hay acá? ¿800? ¡800 caras! ¡800 caras y una sola torta! 799 caras se van a reír. Ser o no ser, that is the question. ¿Quién es esa cara número 800? ¿Existirá entre tanta gente una persona tan generosa y despojada como para poder donar su cara durante dos minutos para que todos los demás estallen en una carcajada? Yo tengo la teoría de que todos somos payasos; sólo algunos trabajamos de eso. Todos fuimos payasos alguna vez durante nuestras vidas; todos tenemos guardada en alguna parte recóndita de nuestra memoria una valerosa y oscura acción de payaso que merecería ser redimida con un buen tortazo en la cara.
Y ahí insisto –no me acuerdo bien– con la idea:
-¿quién de ustedes se atreve a poner la cara para que todos los demás nos riamos? Yo sé lo que piensan: ¿por qué no la ponés vos?, y claro que podría ser yo, de hecho ya tengo harta experiencia en tortazos en la cara: cada día de cumpleaños me siento en el baño y me pongo un tortazo. Podría ser yo; de hecho soy el payaso de este circo y tengo la obligación de intentarlo, que eso es lo que hacemos los payasos: intentar hacer reír. Voy a ser yo quien reciba el tortazo en la cara, pero para que haya un buen número de payasos, el más simple de todos: dos payasos con una torta, se necesita una torta, un payaso que ponga la cara, y otro payaso que tire la torta. Y ése no voy a ser yo; va a ser uno de ustedes.

Ahí es cuando saltan los nenes: -¡yo, yo, yo!.
-No va a ser un nene; no lo soportaría. Digo, va a ser un adulto, y va a ser una mujer. Porque los tortazos en la cara de una mujer son más dulces. ¿Mujeres postulantes para tirarme un tortazo?.

Ahí saltan cuatro o cinco, y elijo a una con ayuda del público. Viene la mina, le doy la torta, se sienta al lado mío y le digo:
-Esperá un momentito, no te me vayas a escapar, que te doy un tortazo. ¿Qué sentís con esta torta en la mano?
-Hambre, -dice la mina.
-El 80% dice hambre. Pero, bueno, está bien: el hambre es una buena sensación para un payaso. Todos los payasos tenemos que tener un poquito de hambre para salir a trabajar; si no, nos quedaríamos debajo de un árbol fumando un pucho, te lo aseguro. ¿Sentís poder?
-Ay... no.
-¿No? -le digo-, a ver, dame a mí la torta. Ahora el poder lo tengo yo.- Y se la devuelvo diciéndole "tomá, sentí el poder", y le vuelvo a preguntar y me dice que sí, que ahora siente el poder.
-¿Sentís placer? -le digo.
-También -me dice la mina.
-Poder, placer y un poquito de hambre; cóctel fantástico para que un payaso intente hacer reír. La primera vez que vi el número de la torta, hace muchísimo tiempo, en un televisor blanco y negro, yo era chiquito y venía del colegio al mediodía. Estaban en la tele Los Tres Chiflados, las tortas volaban por todos lados; después con el tiempo y cuando ya me había metido en el mundo de los payasos, me di cuenta de que el tipo que había inventado el número de la torta había sido un genio, porque lo que había hecho era plasmar la problemática mundial en un simple número de tortas. ¿Por qué digo esto? Porque la mitad del mundo tiene tortas para tirar, como vos, y la otra mitad del mundo tiene caras para recibir, como yo. Si naciste en la familia de tortas para tirar, toda tu vida vas a tener tortas para tirar; si naciste en la familia de caras para recibir, toda la vida vas a tener la cara llena de tortas de otra gente. Y eso es muy pero muy injusto. Entonces yo me dije: !qué injusto: dos payasos y una torta! Y ¿sabés qué? Me encapriché, me encapriché y me encapriché, y me conseguí otra torta. ¡Conseguí otra! Ahora estamos iguales en la vida.

Después... no te cuento el final... bueno, yo me desnudo todo, quedo en pelotas, la mina me tira el tortazo, yo por supuesto no se lo tiro, porque no puedo, pero se genera toda esa situación.

¿Qué pasaría si se la tirás?

No pasaría nada, yo creo. O sea, todo pasa... una puteada y eso. Pero yo creo que hay un... Yo manejo mucho el límite, yo voy mucho al límite como payaso pero porque lo manejo, al límite. De hecho, yo a la mina le doy la oportunidad, porque yo le digo:
-Tenés dos oportunidades: tenés la oportunidad de pegarme un tortazo a mí, con lo cual todo el mundo reiría, y tenés la oportunidad de pegarte un tortazo a vos misma, con lo cual la gente se reiría más. ¿Vos pensaste que tenés una gran oportunidad de pegarte un tortazo a vos misma delante de tu marido, un montón de desconocidos, sin ir mañana a un loquero y quedar medicada durante seis meses y que no te crean que estabas jugando?.
Y el 10% de las minas se pegan ellas mismas el tortazo, y eso es lo más grande que hay, pero yo las tengo que convencer. Además, les ponemos un delantal, una cofia, para que la mina se anime a pegárselo.
Hay dos finales. En uno yo recibo el tortazo, yo me quedo casi en pelotas, con una sunga rayada para hacer reír, que no llega al mal gusto (sólo el despojo de la ropa para poder recibir el tortazo). Por supuesto, después del tortazo, ponen música, yo la tomo de la mano a la mina y nos vamos caminando hacia el telón y es el final del espectáculo.
Si yo le pegase el tortazo a la mina, gratuitamente, yo creo que la gente se reiría un montón. No sabemos muy bien. La gente puede llegar a reírse casi de cualquier cosa. Pero de mi lado, ideológicamente, yo no le puedo pegar un tortazo a una mina gratuitamente. No me cabe, aunque muchas veces tenga muchas ganas de hacerlo, porque yo tengo una relación individual con el público, hay gente que me gusta y gente que no me gusta, ¡y hay veces en que sentí unas ganas...!
Pero no podría, iría en contra del sentimiento que yo pretendo meter en la gente, que es lo que hace a un payaso. Un payaso suave o sin compromiso quiere hacer reír y con eso alcanza, y yo lo entiendo. Mi compromiso es hacer reír pero meter dentro de la gente sentimientos que no están acostumbrados a tener. Sentimientos que pueden llegar a tener mirando una película pero que saben que es una película. Acá, en cambio, el payaso está viviendo el momento único, face-to-face.
Nota de L.
Chacovachi sabe lo que hace cuando usa (y analiza) el tortazo como medio de crítica social. Ya ha sido estudiado el papel ideológico de Los tres chiflados en su contexto histórico. El doctor Donald B. Morlan, profesor en Comunicación e historiador de la comedia cinematográfica de la Universidad de Dayton, el más importante Chifladólogo, ha sugerido que la proliferación de la guerra de tortas en Los tres chiflados es parte de un movimiento antiaristocrático y antiburgués más general de la época de la depresión económica en Estados Unidos que siguió a la crisis del 29. Según Morlan, la implicancia crítica de las escenas se pone de manifiesto en los escenarios y las víctimas que elegían. Los escenarios solían ser mansiones de la clase alta y las víctimas mujeres de alcurnia. Estas elecciones cobran mayor peso si son puestas en serie con otras filmaciones de la época donde sujetos de clase humilde irrumpen en entornos elitistas y ponen en ridículo a sus personajes y convenciones. Morlan también estudió el papel ideológico de Los Tres Chiflados en la propaganda contra la segunda Guerra Mundial. Véase: Tom Kuntz, Word for Word/The Three Stooges; Thoughts on the Social Significance Of Getting Hit With a Pie. Seriously.
El sitio PiesInTheFace contiene una galería muy completa de tortazos televisivos. Hasta posee foro de discusión. Está en inglés, though.


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03 abril 2006

Chaco - 1

"No pasaría nada, yo creo. O sea: todo pasa, una puteada y eso. Yo manejo mucho el límite, voy mucho al límite como payaso, pero porque lo manejo, al límite."


-----Cualquiera que lo haya visto, lo sabe. El carisma es el secreto de su éxito. Nadie puede como él traicionar la confianza de su público tan impunemente. Cualquiera de nosotros, si hiciera lo que hace Chacovachi, recibiría una golpiza. Pero él no. ¿Por qué? ¿Cuál es el misterio?
-----El clásico espectáculo de Plaza Francia suele ser evocado por la altura con que maltrata a los niños; pero también, por la ambigua fascinación con que ellos se entregan al maltrato. Ambas cosas indican que nuestro Crosty sabe cómo tratar al público sin complacerlo. También, que al público le gustan los golpes, esa forma escénica de sinceridad.
-----Pero ¿cuál es el misterio?
-----No lo sé, no lo sé. ¡Qué insistencia!
-----En todo caso, ahí radica su fuerza. Es un carisma, el suyo, que habita en el límite del desprecio, en la ostentación irónica del poder. Tiránico y egocéntrico, Chacovachi ha conseguido, con su máscara, acariciar el sueño de los reyes: ser adorado por sus súbditos.
-----A continuación, publicamos la primera de siete entregas de una entrevista que le hicimos en el 2003. Oportunamente, destilaremos comentarios.

Entrevista a Chacovachi

Mayo. Jueves 15. 2003

-----Chacovachi nos ha invitado a su casa en Barracas. Llueve. Viajamos en subte hasta Constitución. La casa está a ocho o nueve cuadras de allí. En la terminal, hay chicos durmiendo en los huecos de las paredes. Al subir la escalera, vemos unos hombres envueltos en frazadas. Hablan de fútbol. Aquí y allá, algunas personas se pasean con mirada perdida. Salimos del subte. Sigue lloviendo. Tenemos un aspecto ridículo. Para evitar que se mojen nuestras mochilas, las escondemos bajo nuestros impermeables. "Parecemos dos deformes", le digo a F.
-----Un clásico edificio fabril, gris, cuadrado, con ventanas iguales y con grandes portones verde oscuro. Allí, en un departamento, vive el payaso tercermundista. Debatimos sobre la condición del lugar. Sobre si es una fábrica tomada o si el dueño la loteó para vendérsela a los actuales ocupantes. F. repite varias veces: "Es enorme, toda una manzana".
-----Tocamos el timbre. Hay reformas frescas, una rampa para discapacitados, el marco de la puerta... Chaco sale a recibirnos. Viste musculosa y pantalones rayados de color rojo. Le miro la cabeza: en el medio una cresta de pelo; calvos senderos a los márgenes; más atrás, unas trenzas rastafari caen hacia los hombros.
-----El departamento es un mundo autónomo, regido por reglas propias, por valores personales, lleno de imágenes recurrentes: payasos, malabaristas, cómicos de distintos estilos, objetos raros, singulares, seguramente cargados de historia. Extravagante y barroco, el departamento es un museo del propio Chacovachi.
-----Un par de perros nos ladran ferozmente. "No se preocupen, ladran pero no muerden", nos dice. Hay allí una chica, que nos recibe con tímida dulzura. Releva a Chaco en la tarea de callar a los perros, mientras nosotros nos sentamos en el sillón y empezamos a conversar. Primero Chaco habla con F., porque quiere algunas fotos sacadas hace tiempo. "Te habrás dado cuenta de que cambié el look", le dice. Es verdad: en esas fotos su cabeza es completamente rastafari.

-----Le pregunto acerca del viaje a Europa que está por emprender: "Me voy tres meses. Desde hace nueve años que viajo. Pero recién ahora tengo un circuito más estrictamente comercial. Antes iba sobre todo a divertirme. De hecho, hacía la misma plata que acá. Ahora es distinto. Limito los viajes de placer y me concentro en hacer la temporada en plazas y festivales".
-----Roto el hielo, le cuento nuestro propósito. Luego, empezamos a grabar.

¿Tiene importancia la autodesignación de la práctica artística, es decir, llamarse "clown" o "payaso"?

Hay gente que le puede llegar a dar importancia. ‘Clown’ quiere decir ‘payaso’ en inglés. Si vamos a hilar fino, el clown es un payaso más de teatro, me lo imagino así. O sea, la diferencia entre lo que hacen un payaso y un actor cómico es muy filosófica. Un actor cómico interpreta un personaje que con el tiempo puede llegar a ser un payaso porque tiene vida propia, porque se transforma en un semi-mito. Ésa es la diferencia que existe con un actor cómico; un actor cómico interpreta a un payaso.
Hay cursos de clown, por ejemplo, pero no hay cursos de payaso. Hay muy pocas escuelas de payaso. Es una cosa muy personal; yo creo que un payaso no se hace sino después de mucho tiempo. Es como manejar un avión: son horas de vuelo. Hasta que realmente no anduviste por todas las sensaciones y sentimientos que puede tener un payaso, y estando en la función de divertir, no lo llegás a hacer. Yo no creo en un payaso que no tiene un compromiso social, por ejemplo. Una ideología. Es un ser único; después puede ser bueno, malo...
Una cosa es el material que tiene un payaso, la rutina. Pueden ser buenas o malas rutinas. Pero el hecho de ser payaso es una cosa particular. Con el tiempo los payasos se transforman en sí mismos. Es muy difícil reconocer cuándo un payaso está actuando y cuándo no. Lo diferencia su rutina: cuando está actuando tiene puesta la ropa y cuando no está actuando no. Pero su ser es exactamente el mismo y todo el tiempo lo está exponiendo, está exponiendo su visión personal del mundo. No puede dejar de hacerlo. Un payaso es la persona un poco más libre y exagerada, pero sigue siendo esa persona.


Ahí hay varias cosas que ya vas respondiendo antes que te las pregunte. Una tiene que ver con eso de que, en algunos casos, la separación entre arte y vida deja de existir.

En el payaso deja de existir. Yo lo creo así, también por el hecho de haber conocido grandes payasos que eran así, que nadie les podría decir ‘este tipo es otra cosa’. El tipo puede ser pintor, escultor o cualquier otra cosa, pero es un payaso. Son iguales – ya sea tomando café en un bar, en un velorio o en una función.
Lo que no quiere decir que todo el tiempo esté divirtiendo a los demás. Quizás el payaso no tiene como única función el divertir. Nosotros tenemos la mala suerte de que los norteamericanos metieron al payaso en el show business, lo metieron dentro de un lugar de animación para pibes, el entretenimiento y eso. O sea, un payaso típico, se podría decir, es Piñón Fijo; nadie podría decir que él no es un payaso. Pero es un tipo de payaso. Es un payaso que viene de un producto... Piñón Fijo viene de la calle, y yo... a mí me encanta que el tipo venga de la calle y haga espectáculos para nenes y canciones y yo qué sé. Está todo bien. No es el payaso que a mí me gusta, pero nadie puede decir que no es un payaso. El tipo tiene esa... estética Mc Donalds. Nunca diría una mala palabra, nunca se metería en una cuestión ideológica, nunca bajaría línea... El payaso que a mí me gusta, y los payasos que son realmente reconocidos, son payasos que... por más que sea de una forma indirecta, estén hablando de cualquier cosa sin poder ser cuestionados, porque el ser payasos les permite hacer eso.
Los payasos de hoy son una mezcla, me imagino, de muchas cosas: de la época de los bufones de la Edad Media, de la commedia del arte italiana y del renacimiento. También de la televisión de los últimos 50 años...

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01 marzo 2006

Próximamente...

Cristina Moreira es una gran profesora de clown, pero no una buena clown. Tiene ciertas cosas que... A veces no entiende nada. Por ejemplo, una vez yo estuve hablando con ella y la tipa no entendía que en la calle puede haber buenos espectáculos. Y yo le decía que por supuesto que los hay, y ella decía "yo trabajé en la calle y no hay". "¿Qué hiciste en la calle?", le pregunto yo. Y la tipa me dice "toqué la pandereta en un subte de París".
Chacovachi, el payaso tercermundista
----Chacovachi es la deformación de Jacobacci, el nombre de un pueblo rionegrino en la meseta patagónica. El tendido ferroviario llegó a ese lugar a comienzos del siglo veinte, cuando había allí un pobre cacerío de 5000 habitantes llamado Huahuel Niyeo. Este nombre mapuche fue suplantado, finalmente, por uno de los nombres del progreso: Ingeniero Jacobacci. El nombre pertenecía al jefe de la obra San Antonio Oeste - San Carlos de Bariloche, una italiano de Módena, Guido Jacobacci. Ese tramo incluía, por supuesto, Huahuel Niyeo.
----Un día, muchos años más tarde, Fernando Cavarozzi, un joven de nombre italiano, como Jacobacci, viajaba en tren por aquellas vías. Cavarozzi buscaba un nombre de payaso. Llevaba años trabajando sin uno porque temía tener que arrepentirse de una mala elección. Cuando el tren pasó por Ingeniero Jacobacci, a Cavarozzi le fue revelado el nombre de su payaso. Desde entonces Cavarozzi empieza a desaparecer para la percepción del público y en su lugar se va instalando, como una máscara que se endurece y se pega a la piel, este otro nombre: Chacovachi. Hoy pocos conocen el nombre escrito en el documento de este "payaso tercermundista" (el apodo que reclama para sí mismo). Y los que tienen más confianza lo abrevian "Chaco".
Proximamente, en Bondiola, el Payaso Chacovachi...
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15 febrero 2006

La Moreira - 3ª Entrega

El trabajo en Europa: 1976-1983
Partió en marzo del 76. Volvió en noviembre, se quedó hasta enero y luego regresó a Europa, donde se instaló hasta el 83. La estadia en Europa coincide exactamente con el período de dictadura en nuestro país. El Grupo tenía un "problema de persecusión", según palabras de Cristina. Pero ella lo ignoraba y todavía hoy no lo sabe con claridad. Cristina no tenía conocimiento de lo que pasaba a nivel político en nuestro país. Siendo la más joven, todos querían protegerla y lo hacían estimulando el trabajo artístico. Los demás se habían ido con su familia, porque en Europa tenían un contexto favorable. Zulueta obtuvo una beca de Alemania en el 77 y ya era entonces un pianista reputado. Ella, en cambio, sola, más joven, a veces sentía nostalgia, extrañaba a su familia, sus amigos, sus costumbres y quería volver. Pero en el Grupo la disuadían de forma amable, incentivándola al trabajo. Así, el tiempo en Europa no fue un exilio sino una oportunidad para formarse como actriz. Entre el 77 y el 83, solo hizo algunos viajes relámpago a la Argentina. El Grupo, dice, "era una máquina de producir". El último año, cuando consiguieron mayores fondos, hicieron siete producciones. Los conciertos se reponían periódicamente y eso obligaba a pasar de un espectáculo a otro, sin tiempo de adaptación. "Tenías por ejemplo que hacer Prometea -una obra basada en Frankenstein de Mary Shelley- y luego cambiarte la ropa y hacer La femme Blanche, de Max Ernst."
En la reapertura del Theater am Turm de Frankfurt, en 1980, conoció a Philippe Gaulier, quien sería su maestro, y al actor René Bazinel, el clown Eddy del Cirque du Soleil. Bazinel fue su verdadera entrada al mundo del clown y fue él quien primero la acercó a la pedagogía de Jacques Lecoq. Gaulier, discípulo de Lecoq y uno de sus más importantes colaboradores en su escuela, instaló su propio estudio ese mismo año, interesado en la puesta en escena de sus obras. Un año de participación en la Escuela de Gaulier, le permitió abordar la actuación desde su metodología. Pero todo este aprendizaje estaba orientado a su propia actuación. En esa época se incorporó a un grupo de teatro para desarrollar sus capacidades como actriz y creadora. Recurriendo a la danza popular de España, las técnicas del clown, la comedia y el teatro sin cuarta pared, armó un espectáculo propio que se llamaba Carrousel. Así consiguió sus primeros contratos independientes. Trabajó en lugares no prestigiosos: un café concert en Galicia, una taberna en París... Recuerda esa época como una rica etapa de formación, que le permitió ponerse a prueba. Porque para ella todo artista debe seguir un camino de permanente búsqueda y "no debe quedarse en ninguna etapa de su evolución," opina algo darwinianamente. Tampoco idealiza el encanto de la marginalidad y la bohemia. "Si podés tener un camarín, podés tener un teatro, podés tener el extinguidor de fuego en el costado y hacer un espectáculo para mil personas... ¿quién no quiere eso? Para elaborar algo sutil se tienen que dar ciertas condiciones."

06 febrero 2006

La Moreira - 2ª Entrega

Entre el realismo y la danza
Cristina Moreira nació en Buenos Aires a comienzos de los cincuenta. Tenía tres años cuando Perón fue desplazado del poder político. Provenía de una familia de clase media con inclinación artística. Sus padres fueron los creadores de la revista Artes y Letras. Su madre, Marga García Robson, era compositora de música clásica. Su abuelo, que había llegado de Galicia a fin de siglo diecinueve, fue propietario de la librería La Argentina.
En 1975, con veintidos años, la encontramos repartida en actividades múltiples. Cursaba Ciencias de la Educación en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, era estudiante de la Escuela de Arte Dramático, coreografiaba con Ana Stekelman y trabajaba en la biblioteca del Conservatorio de Música.
Una anécdota en la universidad ya la pinta de cuerpo entero y acaso esté indicando su futuro como pedagoga. En una materia que estimaba, le pusieron un cuatro. Cree que fue un castigo por sostener una opinión disidente. "Que yo defendía una educación asistemática en una institución sistemática. Eso me dijo uno de los profesores". La nota, la sensación de estar a contrapelo, las ansiosas y exigentes búsquedas de juventud, la llevaron a dejar la facultad y a consagrarse a sus otros compromisos. Pero ahora que, mirando hacia atrás, ve lo que generó en el ámbito de la enseñanza, siente que su alejamiento de la academia no fue un abandono sino un "impasse", un entretiempo. "Estoy tratando de hacer desde el posgrado, dice, lo que proponía en aquel examen: sistematizar lo que no se puede sistematizar, impartir una educación libre, asistemática, dentro de una estructura académica."
Cuando recuerda ese tiempo, se ve a sí misma embarcada en una búsqueda ansiosa. Su educación musical no pasaba del impresionismo. En la Escuela de Arte Dramático, la profesora le decía que era una "comediante innata", pero si proponía algo no-realista -algo, por ejemplo, a la manera de Oskar Schlemmer o Gordon Craig-, la profesora no la escuchaba. El realismo era la estética dominante (Para Cristina, "patéticamente dominante, porque se confundía realismo con brutalidad.") Los ejercicios de la Escuela, pensados a partir del impulso, "te dejaban moreteada". Eso y el desprecio de la técnica que estimulaba la Escuela, agudizaron su sentimiento de inadecuación, en contraste con la práctica del baile en el estudio de Ana Stekelman. "Esa mujer, haciendo chasquear la lengua y moviendo las manos, marcaba movimientos sensuales, enseñaba a bailar e impartía una técnica." El deseo de Cristina estaba vinculado con este tipo de propuesta, más sutil, no mimética, que utilizaba el cuerpo como un instrumento.
Un día Stekelmann le ofreció llamar por teléfono a Jorge Zulueta y Coco Romano para hacer una audición con el Grupo de Acción Instrumental. El trabajo de este grupo estaba relacionado con la investigación en el teatro musical. Los había visto en La Plata, haciendo Gymnopedie, una obra de Erik Satie (Para escucharla, pulsar aquí. Se necesita Quick Time). Era lo que buscaba. Afortunadamente, Stekelmann tenía que dejar el Grupo y necesitaban una sustituta. La primera reacción de Cristina fue decir que no estaba en condiciones de hacerlo. Pero al final consintió y, después de una serie de audiciones, la tomaron. En dos meses su vida tomó un rumbo preciso: se comprometió con las exigencias del Grupo y se puso a trabajar frenéticamente en la preparación de sus obras. En diciembre de 1975, quedó contratada. En marzo de 1976, se fue con ellos de gira por Europa.

04 febrero 2006

Genealogía de una falsa distinción criolla: clowns vs. payasos

... del inglés clown el DRAE registra clon (346). Aparte de que la palabra
payaso es hermosísima y para nada se necesita el clown del inglés, esta
última se pronuncia claun y no clon. Además existe el homófono
clon (346) con el significado de ‘estirpe celular’.

La generalización del término "clown", para designar a la práctica contemporánea del género, tiene su origen en los cursos de la Moreira. El proceso por el que esto ocurrió es claro pero sinuoso. En otra parte lo seguiremos más detalladamente. Aquí basta con señalar sus etapas principales, que son éstas:
1. A fines de los sesentas y durante las dos décadas posteriores, Jacques Lecoq usó el término inglés "clown", que en Europa designaba, en términos generales, al payaso, como se ve en la película de Fellini I clowns y en la bibliografía sobre el tema (ver, por ejemplo, este fragmento), para nombrar el género que enseñaba en sus cursos (ver aquí el programa).
2. En los ochentas, Cristina Moreira, siguiendo a Lecoq y Gaulier, empleó el mismo término en Argentina, donde la existencia de una tradición criolla y popular de clown recibía el nombre de "payaso", aun cuando en sus comienzos, durante el siglo diecinueve, se lo llamara "clown criollo". A su vez no había aquí, por la relativa homogeneidad cultural y lingüística del continente, necesidad de un término universalizador, que pudiera atravesar fronteras, como se requería, por el contrario, en la plurilingüe Europa. Agreguemos que el hecho de que la nuestra fuera una cultura hegemónicamente italo-hispánica, y sobre todo así en su sustrato popular, hacía preferente el término de ascendencia italiana, payaso, proveniente de pagliaccio, al término inglés.
3. La voluntad de innovación con que se presentaba el método de enseñanza en los ochentas, un deseo de distinguirlo de la cultura tradicional y de darle, si se quiere, prestigio,(2) pero sin por eso perder identidad, transformó el par "clown"-"payaso", originariamente un mero par de sinónimos, una simple traducción de términos, en una oposición entre el "payaso de teatro" y el "payaso de circo", a la que correspondía otra entre payaso "extranjero" y payaso "nacional". El nombre "Clú del claun", al parodiar el del célebre "Club del Clan" de los sesentas y escribir en fonética criolla las dos palabras inglesas "club" y "clown", expresaba esta tendencia doble, algo paradójica, de voluntad nacional e innovación artística.
4. El olvido posterior de esta genealogía llevó a que en el ámbito teatral urbano, diversos usuarios de narices rojas acabaran embanderándose, como aún lo hacen actualmente, en grupos rivales, unos acusando a los "clowns" de elitistas, foráneos e inauténticos y otros desdeñando a los "payasos" por pasatistas, primitivos y convencionales.
No está de más señalar que el par clown-payaso no representa un conflicto serio en España y que la virulenta contraposición de los términos parece ser patrimonio de argentinos.

(1) "de darle, si se quiere, prestigio": el término "payaso", en la sociedad, no gozaba de prestigio: se usaba para denunciar la falta de seriedad, el carácter infantil o el aspecto ridículo de una persona; en el ámbito del teatro, el "payaso" era considerado un género menor, bajo y convencional.

03 febrero 2006

La Moreira - 1ª Entrega

La gente de teatro la llama "la Moreira", con el artículo "la" antes del nombre, como si su identidad pública se jugara en ese contacto entre lo femenino y lo gauchesco, como si el legendario origen del teatro argentino se reduplicara en el del clown actual. Al igual que Raquel Sokolowicz, Cristina Moreira, la Moreira, es tenida por madre del clown argentino contemporáneo. Los cursos que dictó desde el 83, basados en el método pedagógico de los franceses Jacques Lecoq y Philippe Gaulier, operaron como fértil semillero de actores cómicos y acabarían por convertirse, con el paso de los años, en una escena fundacional, casi mítica, del clown argentino. El grupo más conocido, estrictamente clownesco, que emanara de sus talleres, fue el Clú del Claun. Pero también las provocativas Gambas al Ajillo aprovecharon sus clases. Hasta los callejeros Chacovachi y Fogonazo, "payasos" que desacreditan la tradición teatral (prefieren filiarse con las artes acrobáticas, el discurso popular y el circo), pasaron por allí.
De esta fertilidad ochentista deriva fundamentalmente su fama de madre pedagógica del clown.
Pero la Moreira insiste en que esta fama no le hace plena justicia. La vinculación de su nombre con el clown desplaza sus labores creativas a un segundo plano. Recordada como docente, es olvidada como artista, se queja. Y para hacer sentir el extraño sabor de esta situación, recuerda que el clown es sólo un módulo de la formación integral que ella ofrece a los actores, y que su método, su versión del método Lecoq, se distorsiona cuando el clown es colocado por encima de los otros módulos, por encima del bufón, la tragedia, el melodrama o la máscara neutra...
A su queja no le falta asidero. En su historia se detecta algo que excede el cálculo y las intenciones individuales, una especie de afinación con los tiempos históricos, que la empujaría, inevitablemente, hacia el mito. Lo que labró su fama, lo que cristalizó su nombre como la Moreira, lo que distorsionó su método e hizo del "clown" la principal figura de esta historia, no fue, justamente, la voluntad de Cristina Moreira. Fue un estado de la Argentina que propiciaba el humor y el juego experimental como medios expresivos. La risa, la improvisación, el trabajo colectivo, la ruptura de la cuarta pared, la protagonismo del cuerpo en escena, elementos esenciales al clown, eran también los insumos de una renovación general de nuestra cultura, estragada luego de los años de dictadura militar.
En diciembre del 2003, fuimos a ver a la Moreira al Instituto de Arte Dramático de la Universidad del Salvador, donde dicta clases. Nos hizo pasar a un hermoso teatro en el interior del edificio. El ambiente era perfecto. No llegaba ni un solo ruido del exterior. La acústica del lugar, aislada por gruesos cortinados, daba peso y volumen a nuestras voces. El silencio era hondo y se tenía a veces la sensación de que las sombras se escurrían por los palcos. Y como si nada pudiera salir de la comedia, ni siquiera un diálogo sobre la comedia, la Moreira nos pidió que subiéramos al escenario y que charláramos con ella sobre las tablas.
Como primera entrega publicamos ahora lo que nos dijo sobre el clown aquella tarde. En las siguientes entregas, presentaremos un esbozo de su itinerario vital, en el cual podra leerse el involuntario ensamblado de un destino individual con la historia del país.
Para obtener una visión más amplia de la idea de clown que tiene Cristina Moreira, se puede consultar su trabajo "La gracia del clown", en: Osvaldo Pelletieri, ed., Escena y Realidad, (Bs:As: Galerna, 2003), pp. 23-29.



La Moreira y su idea del clown

Yo veo al clown con el corazón. Lo amo, lo quiero, me encanta, me subyuga, me da vuelta la cabeza. Conocí el clown cuando estaba en el Grupo de Acción Instrumental. Trabajaba como intérprete en la preparación de un espectáculo. René Bazinel, que formaba parte del Circo del Sol, fue convocado para el proyecto. A mí me tocó enseñarle sus partes. Cuando vi la facilidad de ese hombre para trastornar con la risa una situación seria, sin recurrir tal vez a otra cosa que un gesto mínimo, quedé deslumbrada. Me parecía un acto de magia. Veí en él la posibilidad de tomar distancia de lo que uno está haciendo y reírse, reírse de verdad. ¿Quién es este hombre?, me pregunté cuando lo vi. Me parecía un duende. No tenía nariz roja, no estaba vestido de clown, pero ya era un clown entero, puro.
Eso es lo que pasa con el clown. Cuando se aprende el clown, uno se convierte, cambia. Yo cambié. La vida ya no es más lo que era antes de haberme vinculado al clown. Descubrirlo a Bazinel fue encontrar una técnica, un eje, una personalidad que había logrado encarnar absolutamente el ideal de compromiso con el arte que yo anhelaba desde mis primeros trabajos en Argentina. De algún modo, René era un ejemplo de la comprensión de lo mínima que es la existencia humana frente al cosmos, pero sin la pesadez de los sistemas filosóficos o de las religiones. Y la risa era el vehículo de esa comprensión. Claro que eso implicaba otras cosas: una búsqueda de la verdad y del equilibrio espiritual, claridad de las ideas. Eso mismo lo vi luego, multiplicado, cuando conocí a los maestros, a Lecoq y a Gaullier.
El clown exige una altísima dosis de autenticidad, en el otro y en uno mismo. Pero no todo el tiempo, ni todos los días. La vida del hombre es como la de los planetas. Va rotando y hay momentos, momentos de claridad y comprensión, en que los planetas se alínean y uno comprende, de modo efímero, quién es. Pero el movimiento sigue, y la imagen se desacomoda y hay que buscar nuevamente ese fugaz momento de la claridad. Así va la cosa hasta que nos morimos.
Esta búsqueda es esencial, constitutiva, del clown, porque sin ella no puede hacer reír, pierde el humor. Y el fin del clown, el motor de su vida, es hacer reír al otro, comunicarle algo que se traduzca en el acto de la risa. No significa esto que el clown no pueda hacer llorar. A veces, su honestidad intransigente puede conducir al llanto, pero eso será a pesar suyo, no porque lo quiera, será porque habrá sido exageradamente fiel a sí mismo, si esto es posible.
El clown, asimismo, necesita creer en la posibilidad, en una dimensión de la vida que hoy se llamaría utópica. El clown le comunica a la audiencia, haga lo que haga, que es posible una vida mejor, que el amor existe, que las cosas pueden ser diferentes, que se puede vivir en paz. Y eso me parece maravilloso. Y cuando lo descubrí, me pareció tan maravilloso, que me cambió la vida. El clown vive –busca- la gracia, pero no la gracia de los trucos, de las rutinas prefabricadas. Busca la gracia de la comprensión.

02 febrero 2006

Back in black

16 enero 2006

La Moreira

Hnos. Videla - 3ª (y última) entrega

Cómo se hacían los payasos

Antes, el payaso, según proponen los Videla, surgía como producto de una transformación lenta y gradual. Cuando los años reducían la destreza física del artista, cuando ya no podía realizar del mismo modo sus riesgosas acrobacias, aparecía el molde del payaso para socorrerlo. No se trata de creer, evidentemente, que todo artista de circo podía ser cómico. El talento para la comicidad era un atributo infaltable. Tampoco se debe creer que la figura del payaso fuera el puerto de una vejez resignada. No era la decadencia del artista sino su momento culminante, cuando toda su experiencia –la feliz, la dolorosa, la técnica- podía transformarse en sabia risa. Por eso, para los Videla, los grandes payasos nunca eran jóvenes. Tenían que recorrer una vida para poder hacer reír. Tampoco era el payaso, como por un anacronismo se puede pensar hoy, una figura lateral. En el circo criollo, el payaso tenía un lugar de privilegio, era su cara visible y su emblema. De hecho, muchos circos eran de los payasos y, en consecuencia, llevaban sus nombres, como el Circo Totó o el Circo Tony Romerito (el Circovachi es la versión actualizada de esa costumbre). En los pueblos, además, el circo cobraba fama por el nombre de su payaso. Pototo, Argentinito Gani, nombres pregonados al llegar, funcionaban como señuelos para convocar público.
Inscribirse en la tradición del circo criollo, en el campo de lo cómico, era filiarse con la mítica figura de José Podestá, Pepino 88 y las versiones de dramas gauchescos. La primera implicancia de esta filiación es el íntimo vínculo que ese formato establecía entre el payaso y la actuación de los géneros populares.[1] El drama, la comicidad y las destrezas circenses se integraban flexiblemente en un mismo espectáculo, y ejercían influencias mutuas.[2] Por eso, cuando el circo criollo perdió su segunda parte, y el payaso quedó reducido a la salida del Tony, un eslabón fundamental se deshizo irreversiblemente.
Como subrayan los Videla, el payaso de esa tradición hablaba mucho. No era un mimo. Jorge recuerda que lo primero que aprendió fue a proyectar su voz en la pista (ver Aparte 1). El legendario Pepino 88, que se invoca siempre como un origen, fusionaba, por ejemplo, la figura del payaso con la del payador en una especie de payasador, cantando canciones rimadas sobre temas nacionales de actualidad en tono jocoso. Sus palabras y acciones no estaban, de hecho, pensadas para los niños. Como indica Castagnino, "Pepino 88 fue un payaso que divirtió a los adultos". Y no podía ser de otro modo, si se tiene en cuenta el predominio de la sátira en las canciones y el de la elaboración verbal en su espectáculo. De aquí, una segunda implicancia: que el género del circo criollo, y la figura del "clown criollo" encarnada por Podestá, tienen que pensarse en consonancia con los intentos de formación de una identidad y una lengua argentinas,[3] y la picaresca del payaso hablador está, sin duda, en la base de esos intentos, en la base de nuestra buscada lengua nacional.
Jorge y Oscar Videla, al criarse en el Circo Hermanos Videla, mamaron la experiencia de los últimos ejemplares plenos de esa tradición, con sus dos implicancias, pero ya no contaron con la posibilidad de reproducirla y la vieron perecer o transformarse. La generación que los separa de su abuelo, la de su padre y sus tíos, fue la madurez de esa tradición, y son sus figuras las que pueblan la memoria de los hermanos. Cuando con entusiasmo recuerdan a Argentinito Gani, un actor cómico que, según ellos, se definía por su facilidad para expresarse, dicen: "Era un filósofo".
También con el payaso, como en las otras cosas del circo, funcionaba la transmisión familiar: el nuevo payaso surgía, se moldeaba, en concordia con el modelo de sus mayores; se identificaba, vaya a saber de qué secreto modo, con una imagen ya formada de cómico familiar. Alguien dijo que la literatura se transmite de tíos a sobrinos; en este caso eso funcionó para el arte payasesco. Jorge Videla, el padre de Jorge y Oscar, trabajaba de payaso en su propio circo. Pero no era ése su trabajo principal. Sólo reemplazaba al Tony cuando faltaba. Él se dedicaba mayormente a la acrobacia, las anillas y el trapecio, además de la actuación. El primer payaso era su hermano Tulio, cuyo nombre artístico, muy autóctonamente, era Pacucito, diminutivo del pez Pacú, y de él, especialmente, recibieron el payaso Jorge y Oscar. El padre trabajaba de segundo. Recién descubrió el Tony de grande, un día que se compró unas chalupas y empezó a jugar con ellas en la pista. La gente se reía mucho y entonces supo, luego de treinta años de pintarse la cara para suplantar a los ausentes, lo que era ser payaso y cuánto le gustaba. Reutilizando la experiencia del circo, desarrolló la comicidad física. Y en sus últimos años se dedicó sistemáticamente a su trabajo de payaso con el nombre "Piolita". Salió de gira con Balá y con su hermano Pacucito.
De los dos hermanos, Oscar fue el que primero empezó a trabajar como payaso. Empezó en la televisión, en el circo de Marrone, haciendo de segundo de Pepe (ver Aparte 3). Con MarroneCuando Pacuito falleció, Oscar heredó todo de su tío, su vestuario, su nombre, sus rutinas. Y confiesa que le gustaría que al morirse él, alguien heredara a Pacucito de la misma forma (nos ha confesado que piensa en su hijo). Un día Oscar no tenía partenaire y Jorge le propuso armar una pareja de clown (carablanca) y tony (augusto). Esa pareja, que antes aparecía tan frecuentemente en el circo criollo, se había hecho rara. No les pareció mala idea recuperar sus dinámicos juegos. Jorge encarnó el carablanca, que es quien propone la situación, para que el otro la complique, la rompa y haga surgir la risa en el contraste (ver Aparte 2). Para su payaso Jorge conservó su segundo nombre, Luis, porque el carablanca usa siempre el nombre personal. Desde entonces, Oscar y Jorge, es decir, Pacucito y Luisito, no se separaron e hicieron numerosas actuaciones como dúo.
No es difícil advertir que en toda esta historia se le concede a la mujer un papel reducido. Esa reducción se estrecha aun más en lo referido al payaso o, si se quiere, a la payasa, a la que los Videla llaman, según la tradición, clonesa. Para la situación contemporánea, en la que el clown, por las prácticas urbanas o de la mano del teatro, se ha independizado del circo, y en la cual la mujer tiene un protagonismo cada vez más destacado, semejante reducción puede resultar chocante. Pero para los Videla el tema casi no merece ser discutido, porque tienen una opinión formada que viene de antiguo. Opinan que la diferencia de género es infranqueable y que una mujer no puede rebajarse a los mecanismos que son propios del payaso. No es ético ni estético, para ellos, que una mujer insulte o diga chistes de doble sentido. En consecuencia, la mujer no puede encajar en la tradición payasa del circo criollo, si no es como delicada clonesa. La clonesa, próxima al mimo, casi no recurre a la palabra, porque sus chistes y rutinas tienden a ser suaves. La interacción entre un payaso y una clonesa no se puede equiparar a la que se da entre payasos. A una clonesa, por ejemplo, no se le pega. ¿Por qué? Porque es una mujer, nos dicen.

La escuela, continuidad y ruptura

Cuando venía el circo de Moscú, era la "escuela" de Moscú. Y un día, a comienzos de los ochenta, los hermanos se preguntaron porqué ellos, que tenían una tradición igualmente honorable, la del circo criollo, no tenían una escuela como la de Moscú. Su diagnóstico sobre la realidad del circo y del país no era favorable. "Veíamos que esto se iba a la mierda. El país se iba a la mierda; el circo se iba a la mierda; y los artistas verdaderos de circo se iban a la mierda. Entonces nos preguntamos: ¿y si ponemos una escuela, para que entre sangre nueva?" Con eso en mente, visitaron instituciones en busca de financiación, pero fueron desoídos. Les decían que el circo estaba muerto y que no valía la pena insistir en su resurrección.
El gesto fundacional de la escuela se remonta a 1981, e involucra a un cura y una institución de beneficencia en Wilde. Al cura lo conoció Jorge en el bautismo de uno de sus hijos. Ese cura conocía a otro, un padre Silva, que en España había montado un circo con fines de ayuda social. Los Videla sabían del padre Silva y de su circo Los muchachos, que había visitado Buenos aires; y como el cura de Wilde trabajaba en un hogar para niños pobres con subvención de una poderosa institución alemana, les propusieron armar allí una escuelita amateur con los propios niños de Wilde. El cura aceptó y llegaron a formar un nutrido grupo, con el que dieron algunas funciones para recaudar fondos. Justamente, desaveniencias sobre el uso de los fondos, terminarían por disolver aquella primera versión de la escuela. Lo que viene después, durante algunos años, es una repetición con variaciones de este comienzo fallido. De hecho, durante la década del ochenta la escuela va saltando de sede en sede, como un proyecto peregrino. Así, los Videla pasaron por Lomas de Zamora, donde, en sociedad con un actor, intentaron establecer una escuela integral de teatro. Luego se mudaron a una pequeña Universidad cerca de Primera Junta, donde trabajaron con adolescentes. Luego, se trasladaron a la Facultad de Arquitectura. Durante tres años trabajaron también en La Plata para la Secretaría de Cultura. A final de la década el peregrinaje empezó a amainar y el proyecto cobró forma más estable. En 1990 se juntaron con Beatriz Seibel e instalaron la escuela en el Galpón del Sur. Todavía, sin embargo, tuvieron otros dos desplazamientos, antes de llegar al lugar donde están ahora, una ex cancha de papi fútbol, en la calle Chile al 1500, acondicionada como escuela y, últimamente, como sala de circo (bautizaron la sala con el nombre –de payaso- del padre: "Piolita").
El arduo proyecto de la escuela es un motivo de orgullo para los Videla. Se jactan de haber constituido la primera escuela de la Argentina y la segunda de Sudamérica, de los ex-alumnos que ahora están trabajando en diversas partes del mundo, de los extranjeros que, admirando el trabajo de sus egresados, vienen a visitarlos y a estudiar con ellos. Pero al volcarse por la docencia, los Videla tocaron un punto sensible del viejo código circense. Abrieron la puerta para que ingresaran otras personas que no pertenecían –ni quieren pertenecer- a un círculo familiar. La transmisión dinástica vio en ese cambio un principio de fisura. Aunque la tradición familiar del circo ya estuviera fracturada y la operación pedagógica de los Videla no hiciera más que ponerlo en evidencia, el ambiente interpretó el gesto como una traición imperdonable. Por un tiempo los circos repudiaron la escuela y no contrataban a sus egresados. Pero luego eso cambió. "Los primeros que nos criticaron fueron nuestros pares y familiares. Estábamos abriendo un juego hasta el momento muy cerrado. Vos querías aprender el circo y te tenías que casar con una tía de circo o entrar a vender caramelos o clavar estacas y seguir al circo. Pusimos la escuela y nos criticaron, nos echaron del circo. Pero no le dimos importancia. Ahora ellos también pusieron escuelas."

En los aproximados veinte años de la escuela, los Videla nunca enseñaron payaso. Dicen que no saben hacerlo; dicen, también, que no se puede hacer, eso de enseñar a ser payaso, porque el payaso debería formarse en un medio que hoy ya no existe, el del abuelo, el de sus padres, el de su remota infancia.

Carátula de los Hnos. Videla

Notas
[1]"Era común que el primer actor cómico de las obras, hiciera el payaso en la primera parte" (Jorge Videla citado por Seibel, 201).

[2]El interesado puede empezar leyendo el citado estudio de Raúl H. Castagnino, especialmente los capítulos IX y X.

[3]Adolfo Prieto estudia éste y otros fenómenos concomitantes de la cultura finisecular en su libro El discurso criollista en la formación de la Argentina Moderna. (Buenos Aires: Sudamericana, 1988).

09 enero 2006

Hnos. Videla - 2ª Entrega


Vida familiar y trabajo circense

La transhumancia conformó al circo; su espectáculo tenía que ser transportable, tenía que poder viajar. Sin duda, la llegada y la partida de los circos formaban parte del espectáculo que ofrecían. La carpa, que se inflaba como un globo al llegar, que se pinchaba con desencanto al partir, es una imagen que se liga a sus orígenes nómades. De ahí la importancia que tuvo la familia, de sangre o de trabajo, como núcleo del circo. El circo se desplazaba, pero la familia permanecía, otorgándole al espectáculo una estructura social sobre la cual apoyarse, una identidad de grupo. La transmisión de saber se daba en el circo por intermedio de esa estructura. Los padres transmitían su herencia a los hijos, los tíos a los sobrinos, los hermanos mayores a los menores; y aquel que ingresaba en la estructura, si era aceptado, pasaba a ser un nuevo miembro de la familia en movimiento, que absorbería el saber del mismo modo, como ocurrió con el abuelo Luis. No todos los viejos circos estaban fundados sobre familias de sangre, pero todos aspiraban a componer un grupo familiar.
Como encarnación de esta imagen, el abuelo prófugo instaló su propio circo sobre la fraternidad de sus descendientes, los hermanos Videla (José, Dora Lisa, Jorge, Tulio, Roberto, Héctor y Raúl son los que Jorge y Oscar llegaron a conocer y recuerdan). No es una paradoja menor que en este espacio inaugurado por el abuelo el trabajo de circo comenzara aún antes que en la herrería del bisabuelo, y si era más divertido, no era menos esforzado. Todos los hermanos debieron aprender acrobacia tempranamente, pues constituía la base de las habilidades del circo. Luego serían, según la especialidad en que sobresalieran, trapecistas, icaristas, anillistas o malabaristas. Todos, también, aprendieron actuación, porque así lo exigían las dos partes de la variante criolla del circo, que ellos practicaban. Esa variante había cristalizado en las postrimerías del siglo diecinueve, poco antes de que el abuelo Videla se fugara de la herrería de su padre. El arte circense y la representación dramática habían quedado reunidos entonces en un único espectáculo. Un testigo de su época inicial lo describe así: "Desde la calle le pialaba a uno el corazón la musiquita ruidosa y linda de la banda. Tocaban un galop, que era anuncio de que la función iba a comenzar. Adentro estaban los Tonys, enharinada la cara, rojos los cachetes y gritón de colores el traje. Lo primero que nos daban era la risa, el golpe del tony, el chiste hecho de pura acción. Después venían los pruebistas, los contorsionistas, hábiles en la vuelta y en el salto. Luego otra vez la entrada del tony y payaso que arrancaban nuevas carcajadas. Y después del intérvalo (con acento en la e, como decíamos entonces) la obra: Juan Moreira, Pastor Luna, Martín Fierro, o cualquiera de aquellas vibrantes historias de gauchos generosos y chinas querendonas". El trabajo actoral, de hecho, era tan vertiginoso como el acrobático, y en más de un punto estas artes se enriquecían mutuamente. Cada circo tenía preparadas unas treinta obras de distintos géneros, y representaba alguna de ellas cada noche. Esto hacía que los artistas, a medida que crecían, interpretaran papeles acordes a su edad, y así, al cabo de una vida, podían haber actuado como niños, galanes o viejos, incluso interpretando esos papeles en una misma obra, como El calvario de una madre.
Jorge y Oscar, que asistirían al envejecimiento del circo criollo y participarían de nuevas formas de espectáculo, vivieron en carne propia todas las etapas de la formación tradicional. Ambos nacieron en circos. Jorge, en Trenque Lauquen, en el circo Fernández, en 1940. Oscar, dos años más tarde, en Etruria (Córdoba), en el circo Stancovich. Aprendieron sus primeros movimientos de trapecio a los seis años de edad. A los ocho, estaban ensayando nuevas pruebas. A los diez, empezaron con los malabares. Desde los cuatro ya actuaban, haciendo rutinas sencillas en la primera parte o papeles de niños en la segunda. Oscar es aun más radical con respecto a la edad (si se le puede llamar "edad") de su debut: entró a escena por primera vez cuando solo tenía seis meses, haciendo de bebé en el prólogo a Flor de durazno. Los hermanos, cuando piensan en aquellos inicios, suelen recordar con nostalgia la costumbre del bautismo circense, un pintoresco rito de iniciación que sellaba la identidad comunitaria del artista. Era así: el payaso tomaba al niño y lo ponía en sus pantalones, como si fuera un canguro con su cría. Luego corría dando vueltas a la pista mientras el público festejaba el feliz advenimiento.
Es propio de una familia que tienda a multiplicarse. Los hijos de don Luis, esperablemente, produjeron sus propios hijos. Y el circo, esperablemente, tuvo que dividirse. Optaron por una solución regional y se asignaron distintas partes del país. Los hermanos también sugieren que otros problemas, de esos que hay en "cualquier familia", propiciaron la división. Como sea, en el peronista 1945, José Videla se separó del grupo, pero conservando el nombre "Circo Hermanos Videla"; y en el 49 se sumó a él su hermano menor Jorge, el padre de nuestros informantes. Esos fueron años de ferviente actividad para el circo criollo, como registra Seibel (88). Y el Circo Hermanos Videla no fue la excepción: hasta los primeros años de la década del sesenta, trabajó con primera y segunda parte. Esos tiempo de gloria y trabajo duro coincidieron con los años de aprendizaje de Jorge y Oscar.
La vida en el circo no armonizaba dócilmente con las instituciones sociales, pero tampoco las ponía en crisis. Es cierto, había que levantarse temprano para ir al colegio (el colegio de turno, de la ciudad o el pueblo donde el circo estaba instalado temporalmente) y durante la tarde y la noche había que trabajabar en el circo. Para ir al secundario, si el pueblo no tenía uno, era preciso recorrer largas distancias. Pero el modelo itinerante ofrecía también ventajas únicas para los niños. Los programas escolares diferían según las provincias, de modo que a veces lo que enseñaban en una nueva escuela, ya lo habían aprendido en la otra. Por supuesto, podía ocurrir al revés y entonces se requerían grandes esfuerzos para recuperar el trecho perdido. Jorge agradece al circo otra ventaja notable: a los diez años le enseñaron el trabajo de apuntador y la necesidad de cumplir con esa tarea lo habría obligado a leer rapidísimo, algo muy útil para su desempeño escolar. Estos datos minúsculos, pero reveladores, no tienen que sorprender, porque la imagen del circo como lo opuesto de la vida burguesa, es, si no fantástica, por lo menos relativa. Es en el delicado equilibrio, en el roce permanente, entre la dispersión nómade de las giras y la estable unidad de la familia, donde se ubicaba y tomaba forma el sujeto del circo. Un ejemplo: cuando tenía quince años, Jorge entró a la Escuela Aeronáutica Militar. Soñaba con ser piloto. Pero dejó la carrera militar porque el padre lo necesitaba en el circo. No obstante, después se recibió de piloto civil. Algo que también dejó cuando formó su familia y necesitaba ingresos fijos para mantenerla (el circo, contrariamente a la creencia popular, daba plata). Algo similar a lo ocurrido con la vida del abuelo que, escapando de su padre con un circo, acabó por transformarse en el padre de un circo. En este sentido, la costumbre, usual entre los historiadores, de subrayar la conexión entre el circo moderno y las formas antiguas de arte itinerante, van desencaminadas, porque ocultan, justamente, un hecho histórico: que el circo moderno se forma en tensión pero también en deformante solidaridad con el imaginario pequeño burgués del capitalismo industrial. El circo ocupa en ese imaginario el lugar de la fuga, no menos que la vida sedentaria para los artistas de circo.

En la huella del circo

Cuando a comienzos de los sesenta, el Circo Hermanos Videla tuvo que disolverse, Jorge y Oscar, con veinte años más o menos, ya formados en la escuela familiar, se incorporaron a otras compañías, pero que no tenían segunda parte. Estuvieron, primero, en el circo del gitano Stevanovitch, el Imperial Japonés, y luego, a mediados de la década, penetraron en el Circo Hermanos Rivero, el más prestigioso de la Argentina. Allí trabajaron como acróbatas, cada uno en sus especialidades: Oscar como paradista de manos, equilibrista y trapecista, disciplinas que hoy enseña en la escuela; Jorge como acróbata y malabarista. Y cuando en 1965 se unieron al Circo Águilas Humanas, del empresario Venturino Soto, se volvieron "internacionales". Recorrieron América: viajaron por Chile, Perú, Paraguay, Colombia, Brasil y Uruguay. Luego de eso, volvieron a trabajar en Argentina, en dos circos de la familia Tejedor, el Lowandi y el Sudamericano, y realizaron giras provinciales.
Pero las giras fueron mermando y finalmente concluyeron, cuando Jorge y Oscar descubrieron una mina de nuevas y riquísimas posibilidades: la televisión. Todavía no se ha estudiado en profundidad la relación entre los medios masivos de comunicación y las formas populares del espectáculo en la historia del arte nacional. Se han reunido datos; se acumularon opiniones. Consta, por ejemplo, la relación fecunda que durante los años cincuenta, se consolidó entre el radioteatro y el teatro del circo (Seibel, 88, 89). Se sabe que, de algún modo, el formato televisivo influyó en el modo del trabajo circense. La televisión aceleró los tiempos del circo, se dice, como efecto de los cambios en la sensibilidad del espectador y en la práctica de los propios actores de circo que se volcaron a la pantalla chica. Pero queda por investigar y teorizar las dinámicas específicas de ese promiscuo intercambio de prácticas. Para el caso de los géneros cómicos, el estudio de ese campo parece vital. En los contactos entre el circo, el teatro de revista y la televisión, durante los años setenta, surgen, como chispas, nuevas poéticas de actor cómico (la de Olmedo, hoy, es la más recordada), que actualizaron la tradición picaresca; si se pusieran esas poéticas en relación con la vida social y política del país de esos mismos años, quedarían a la vista figuras asombrosas, no pocas veces inquietantes.
En 1967, durante el gobierno de Onganía, los hermanos Videla empezaron a trabajar en El circo de Marrone, que se proyectaba por canal 13. Con Marrone, a los veinticuatro años, Oscar empezó su carrera de payaso, y fue el primero de los dos en hacerlo. Cuando Marrone pasó al 9, Jorge se fue con él y Oscar se quedó en el 13, con Carlitos Balá. Desde la década del 70 en adelante la historia de los hermanos Videla, a la par de la historia argentina, se vuelve cada vez más extraña y ejemplar. Durante la época de la dictadura, cuando el apellido Videla se teñía con la tinta negra del dictador, trabajaron en la Revista del teatro Astros. Era el tiempo de un Porcel espléndido, aun no desbarrancado por el rápido Olmedo, que conservaba con honor su puesto de segundo. En la revista, los Videla trabajaban como acróbatas, bailarines y actores. Nunca abandonaron la faceta actoral. En 1982 actuaron en Juan Moreira, en el Teatro Cervantes. Y luego, en el San Martín, en El burgués gentilhombre. Pero durante los años de pasaje a la democracia, la historia de los hermanos Videla queda indisolublemente atada al proyecto de la escuela de circo. Antes de contar ese último tramo de la historia, abramos un paréntesis, y dejemos que entren los payasos.


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Clowns

El clown pertenece al gran grupo de cómicos que derivan del histrión griego y el saturnal romano. Su origen coincide, pues, con la introducción del "personaje entretenido" (lustige Person) en los más remotos juegos teatrales de la Antigüedad. Pero también está ligado a otras figuras cómico-grotescas, como, por ejemplo, el arlecchino italiano, el "gracioso" español, el pierrot, el Hanswurst, etc., y viste esencialmente los trajes de estas figuras cómicas, que debían ser llamativos y osados, como en el caso del centunculus, el cómico romano. Su antepasado, sin duda, es el maccus, denominado "mimo blanco" (mimus albus) que en la comedia de los antiguos griegos y romanos desempeñaba un rol cómico. Siguiendo este modelo del cómico antiguo, que llevaba una máscara blanca, los clowns se pintarían hoy la cara de blanco.
La afirmación de que el clown moderno desciende de las figuras de la Comedia dell'arte, es correcta sólo en la medida en que ellas contribuyeron a su configuración histórica. Más legítimo es afirmar el parentesco entre el clown moderno y el clown medieval inglés, ya que es de éste de quien toma el nombre y, parcialmente, el traje. La denominación "clown" para designar a la "lustige Person" en la pista de circo fue introducida por primera vez alrededor de 1850. Antes, a los Spassmacher (encargados de la comicidad) se los llamaba Komiker (cómicos), y la palabra "clown" no se encuentra en los viejos programas. Esto es digno de mención, porque hoy se supone equivocadamente que la palabra era desde su aparición usada comúnmente en las funciones del circo.
[...]
Tristán Remy nos informa en su maravilloso libro Les clowns (ver aquí la versión digital de un capítulo), que en 1817 en el pequeño folleto "El circo olímpico" la denominación "Claune"(!) fue usada para designar al autor de una parodia ecuestre. La mención, nos dice, nos permite asistir a la coronación de este rey de la pista que representaba a un campesino en la clásica parodia ecuestre. "Claune es el nombre, prosigue luego, que se les dio a los héroes de este espectáculo." Sin embargo, "claune" puede ser la transliteración fonética de un título que ya se le había dado a un número con dos jinetes en la pista: "Claude el campesino", incluso también "Clown el campesino" puede haberse llamado. "Claune", la expresión que proviene de la palabra inglesa "Clown", que significa "campesino" y que deriva de "colon" (Gustav Fréjaville en "Les Nouveaux Temps") circula desde entonces también en el ámbito de la cabalgata artística; el uso generalizado de la palabra "Clown" aplicada a los cómicos de la pista, se impuso sin duda sólo 40 años después.
El "clown" recibe este nombre por sus raíces inglesas. Como todas las figuras cómicas de la vieja escena nacional tienen su origen en los antiguos misterios medievales, primeras formas de representación dramática, así también el clown se remonta hasta aquellas lejanas piezas. Se deben buscar sus primeros antepasados en la representación de las almas de los muertos. Los actores que tenían que representarlas, se pintaban la cara con colores claros y se ponían en la cabeza tres mechones rojos que debían simbolizar las llamas del purgatorio. La cara maquillada de blanco la conservó el clown hasta el día de hoy y hasta no hace mucho tiempo todavía llevaba con frecuencia tres mechones puntiagudos pintados de distintos colores, los cuales serían reemplazados luego por el gorro de pan de azúcar. Por qué debe considerarse a las pobres almas antepasados del clown es fácil de explicar; en las obras las almas de los muertos tenían que entrar en una batalla legal con el diablo que quería reclamarlas para el infierno. Es natural que en estas disputas verbales no faltara el cómico testarudo.

De: Karl Hoche. Die großen Clowns. Königstein/Ts.: Athenäum, 1982. 127 págs. Se puede consultar en la Biblioteca del Goethe Institut (está cerrada durante enero). Catálogo de la Biblioteca Goethe.

08 enero 2006

Ansichten eines Clowns

"Un payaso cuyo principal efecto consiste en su rostro impávido, debe conservar muy movible el rostro. Al principio sacaba la lengua antes de comenzar los ensayos, para encontrarme muy cerca de mí antes de enajenarme. Más adelante cambié, y me miré a la cara sin trucos de ninguna clase, media hora todos los días, hasta que al fin no me encontraba ya frente a mí mismo; y como no soy propenso al narcisismo, a menudo estuve a punto de volverme loco. Llegué a olvidar realmente que era mi rostro el que veía en el espejo. Volvía el espejo del revés al terminar el ensayo, y cuando más tarde, en el transcurso del día, miraba al pasar frente a un espejo me asustaba: había un sujeto desconocido en mi cuarto de baño, encima del lavabo, un sujeto que yo no sabía sí era cómico o serio, un espectro lívido y narigudo, y corría, tan aprisa como podía, en busca de Marie, para verme en su cara. Desde que se marchó, ya no he podido hacer ejercicios faciales: tengo miedo de volverme loco. Siempre que volvía de ensayar me abrazaba a Marie, hasta verme en sus ojos: minúsculo, algo deformado, pero reconocible: era yo y, sin embargo, era también el del espejo, el que me daba miedo. ¿Cómo explicar a Zohnerer, que sin Marie ya no puedo ensayar ante el espejo? Observarme a mí mismo comiendo era sólo triste, no inquietante. Podía asirme a la cuchara, podía reconocer las judías con los restos de yema y clara de huevo, el trozo de pan que iba haciéndose pequeño. El espejo me confirmó algo tan emotivamente real como un plato que se vaciaba, un trozo de pan que se achicaba, una boca ligeramente grasienta que me sequé con la manga de la chaqueta. No ensayaba. Nadie había allí que pudiera sacarme del espejo y devolverme a mí mismo. Lentamente volví a la sala."

Heinrich Böll, Opiniones de un payaso (Barcelona: Seix Barral, 1965), págs. 136 y 137.

rojo

Inútil limitar el rojo a la nariz encarnada de la borrachera, como hacen los historiadores del aparato payasesco.

El rojo de la nariz es también el rojo del semáforo, un color de alerta. Nadie hasta ahora hizo un número, junto a un semáforo, cambiándose la nariz roja por una verde, o poniendo a otros payasos con narices amarillas y verdes.

El rojo es un color de alerta. La mujer de Videodrome, que ve mal la sobreestimulación de la sociedad contemporánea, lleva un vestido rojo en el programa de televisión sobre la violencia y el sexo en los medios masivos; el productor de películas pornográficas, otro invitado, le indica que el rojo es una provocación, un estímulo. Ella lo admite y él la invita a salir.

03 enero 2006

Hnos. Videla - Aparte 3 : Las narices

Videla con Marrone
Un día, en el circo, Marrone entró a la pista y advirtió que un niño lloraba sin parar. El público, ofuscado por las interrupciones, chistaba y pedía silencio, pero la madre no quería moverse. Marrone, también molesto, se sacó la nariz y se la puso al nene. Como por arte de magia, el nene se calló. El público festejó la ocurrencia y Marrone siguió con el espectáculo. El problema vino después, cuando el nene no quería devolverle la nariz a Marrone, que no tenía otra. La madre le suplicaba que se la regalara. Entonces un compañero le prometió a Marrone otra nariz para el día siguiente y le dejaron esa al niño inquieto. El compañero también sugirió incorporar la entrega de narices como parte del espectáculo; podían dárselas de premio a los niños que participaban en las rutinas. Fue un éxito. Todos querían narices. Entonces, empezaron a venderlas. El primer día llevaron cincuenta. El segundo doscientas. El tercero quinientas. Se las sacaban de las manos. La caja de galletitas donde recolectaban el dinero, pronto desbordó. Finalmente, a instancias del representante de Marrone, la producción de narices se transformó en un negocio a gran escala. Llegaron a fabricar y vender diez mil narices. Según los Videla, eso impulsó el uso de la nariz de plástico en Argentina. Admiten que pueden equivocarse. Pero su memoria les dice que todos querían imitar a Marrone. Todos querían enriquecerse con narices.
Cuando Marrone murió, Jorge le recordó a Juanita, la viuda, una vieja costumbre de circo. El artista difunto debe llevarse a la tumba algo de su trabajo, algo que lo represente. Le propuso que fuera la nariz. Juanita aceptó. Jorge le puso la nariz a Marrone y éste descendió a las sombras con la nariz puesta.


Carátula de los Hnos. Videla

Hnos. Videla - Aparte 2 : La declaración

La primera rutina que hicieron los hermanos Videla fue "La declaración". En realidad, no lo recuerdan bien y puede haber sido cualquier otra, ya que la rutina en sí, como estructura, no tiene mayor importancia. Es el desarrollo de la escena que la rutina permite, lo que importa. No se debe olvidar que en el circo el trabajo en escena es la forma primaria de aprendizaje. Y la rutina, ofreciendo una estructura fija pero dejando margen para la improvisación, es la forma ideal para este aprendizaje.
En la declaración, el tony Pacucito empieza diciendo que está enamorado de una chica. El carablanca Luis le pregunta:
L: ¿Así que te enamoraste?
P: Sí, me puse de novio.
L: ¿Qué le dijiste?
P: Que estoy enamorado.
L: ¡Pero cómo le vas a decir que estás enamorado! Tenés que decirle palabras dulces...
P: ¿Qué querés que le diga? ¿Bombón, chupetín, helado de crema...?
L: ¡No! Palabras poéticas, más modernas, que tengan que ver con ella. Decile, por ejemplo, ¡qué mirada dulce tiene señorita!
P: Le puedo decir, entonces: ¿querés que te chupe un ojo?
L: No, bestia. Además tiene que ser algo más moderno...
P: ¿Telefóno, radio, televisión?
L: No, eso no.
P: ¿No es moderno?
L: Sí, pero no le podés decir eso a una chica. Tienen que ser palabras que la emocionen.
P: Por ejemplo... señorita, se le murió su madre.
L: No, no, no. Otra cosa que sin hacerla llorar, le haga efecto. Que le llegue, que le entre bien hondo.
P: ¿Que le entre y le cause efecto?
L: Sí, claro, que le entre y le cause efecto.
P: ¿Un supositorio?
L: No, no. Mirá, por ejemplo... Mi corazón por tu corazón es un cráter en erupción.
P: ¿Cómo? Ah, sí. Mi corazón es un cráter en el colchón.
Etc.

Carátula de los Hnos. Videla

Hnos. Videla - Aparte 1: Panceta

Jorge debutó en el circo a los cuatro años. Lo primero que aprendió fue a proyectar la voz en una pista. Era gordito y le decían "Panceta". Entraba corriendo vestido de payaso y le gritaba al maestro de pista:
-¡Señor Zaragoza, señor Zaragoza!
-¿Cómo le va Panceta?
-Bien. Le quería hacer una pregunta.
-Digame.
-¿Sabe por qué la gallina pone huevos?
-¡Y... la gallina pone huevos porque le quiere dar un huevito a usted!
-No señor.
-Porque es la naturaleza de la gallina.
-¡No señor!
-¿Por qué pone huevos la gallina, Panceta?
-Porque no puede poner chorizo.

Y luego de esta respuesta, gritada a toda la voz, salía corriendo de la pista.

Carátula de los Hnos. Videla

02 enero 2006

Hnos. Videla - 1ª Entrega


¿Qué payaso? ¿Qué circo?

Los Hermanos Videla (Haga click sobre la foto para verla aparte)

Una crónica de los hermanos Videla

El trabajo ha sido toda mi vida. Hasta donde mis recuerdos pueden alcanzar, he contribuido a mantener la familia, rodando de pueblo en pueblo en nuestro carromato, parando en las plazas para divertir a la gente, exhibiendo nuestro arte y nuestra destreza. Por las noches, después de la función, ya desde la cama, veía como mis padres contaban el dinero de la recaudación y comentaban sobre la próxima meta. Así es la vida del artista de circo, y así ha sido la mía.
Charlie Rivel: Pobre payaso

Si el teatro argentino tiene su cuna en el circo, nosotros venimos del original, como quien dice, no de la copia.
Jorge Luis Videla

Este artículo trata de los hermanos Jorge y Oscar Videla, payasos descendientes de payasos. Pero la figura principal no es aquí el payaso sino la memoria de un circo evanescente.
Cuando fuimos a ver a los Videla,[1] les dijimos que estábamos buscando payasos para documentar el estado actual de la práctica. Se mostraron contrariados. "Lo que pasa -dijo uno de ellos, frunciendo el rostro- es que casi no quedan". Tal dictamen nos presentaba al payaso como una especie en extinción. Peor aun, como una ya extinta. Luego advertimos que para los Videla los grandes payasos son de la memoria: Marrone, Argentinito Gani, el catamarqueño Totó. Menos localmente, Charlie Rivel, Popov, los Fratellini. No niegan las generaciones posteriores: reconocen a Chacovachi y el movimiento callejero; aluden a Enrique Federman como el "payaso del pitito"; saben de Cristina Moreira y la pedagogía de Lecoq. Y es inevitable que lo hagan, porque conocen a estas personas, comparten con ellas espacios de trabajo, han tenido y tienen alumnos en común. Los Videla, sin duda, están dispuestos a aceptar la transformación del circo. Y la escuela de la calle Chile al 1500 es el mejor testimonio de esa voluntad: la decisión de abrirla les valió la condena furibunda de su familia y de sus pares, lo que implica una fe en la sobrevida del circo. Y en efecto, muchos artistas que se formaron allí integran hoy agrupaciones innovadoras. Artistas del circo Xiclo, por ejemplo, o del Circovachi.
Pero lo que no admiten los Videla, es que el payaso sobreviva con el nuevo circo. Principalmente, porque para ellos no es enseñable: el payaso, como el poker, se aprende, no se enseña, y se aprende en un proceso largo que coincide con la vida. En realidad, dirían ellos, se aprendía. Porque las condiciones para que eso ocurra, que eran las mismas que hacían posible el circo de sus antepasados, no existen ya. Reparemos en algo: los Videla dirijen una "Escuela de Circo Criollo", una forma de espectáculo que se dañó a mediados del siglo veinte, cuando perdió su parte teatral por resultar demasiado costosa para las compañías. ¿Qué enseñan los Videla? Acrobacia, malabares, trapecio, paradas de manos, anillas, todo lo que antes se realizaba en la primera parte del circo criollo. Pero no enseñan actuación. Y el payaso surgía, precisamente, cuando el artista, ya viejo, llamaba en su auxilio a la actuación para reírse de sus limitaciones corporales, de las rutinas que ya no podía hacer. La escuela, después de todo, aunque pueda verse como una gran familia, ya no es el circo. Y el payaso, para los Videla, es del circo.
El payaso es lo que el circo viejo no negocia, es aquello que se pierde y se degrada en su renovación. Aquí no se hablará, entonces, del payaso como práctica actual, sino como el anhelo de una figura que el tiempo borronea. En todo caso, ese anhelo es lo actual en la percepción de estos hermanos. Y por eso el tema que suena de fondo no es el payaso, ni siquiera el circo, sino el modo en que alguien se inscribe en una tradición y cómo la piensa y la idealiza cuando cambia.

El abuelo prófugo

Los Videla descienden de tempranos inmigrantes que, por relaciones y oficio, se fueron acomodando a la vida colonial de la ciudad de Mendoza y que siguieron en pie durante la emancipación americana. Algún Videla fue chasqui de San Martín, dicen.[2] A fines del siglo diecinueve, la familia tenía un taller metalúrgico que fabricaba carros y armas para el ejército. Por los cruces de familias, se había labrado un apellido resonante: Videla Correas Salinas. La memoria de Jorge y Oscar sólo se remonta hasta ese punto, hasta los fines del siglo diecinueve, la época del bisabuelo, Julio Videla Correas Salinas, su taller metalúrgico y las peleas con sus hijos, Luis y Rufino. Lo demás se pierde en la nebulosa. Pero para la historia familiar, y para la del circo también, esa limitación es conveniente, pues coloca el relato al nivel del símbolo. De forma oblicua, el bisabuelo Videla señala el origen del circo. Es la autoridad necesaria para la rebelión. La memoria circense de los Videla empieza con una separación entre el padre y los hijos, con la imagen romántica de un abuelo prófugo.
Ni Luis –el abuelo de los hermanos se llamaba Simón Luis, pero lo refieren por su segundo nombre- ni su hermano Rufino querían trabajar en la fragua de su padre y eran castigados por ello con frecuencia. Probablemente, el severo Julio veía con furia que la tradición familiar, tan largamente trabajada, conquistada con tanto esfuerzo, se desvanecía en sus hijos. Luis y Rufino, por cierto, tenían otros planes, tal vez no muy definidos pero, sin duda, no incluían la fragua.
Se fugaron un día de la casa paterna. Luis –el prófugo que nos interesa- se metió a farolero para sobrevivir la exclusión del ámbito laboral de su padre. Pero no le fue bien. Tenía solo quince años y la posibilidad de encontrar un fantasma, una mujer sin cabeza o algo por estilo, mientras prendía los faroles, lo hizo abandonar su flamante empleo. No renunció a la conquista de su independecia, sin embargo, y pronto reorientó su rumbo. Pasaba por Mendoza un circo –no sabemos cuál- y se incorporó a él con su hermano. Rufino lo dejó al poco tiempo, para seguir la carrera militar. Luis se quedó y aprendió las artes.
Con los años –se resume así una larga vida y una mutación familiar- supo ser acróbata, anillista, jinete y actor (por sus diestras caracterizaciones de sargento lo apodarían más tarde "el rey de los sargentos"). A los veinte años se casó en un circo por primera vez (aún se casaría tres veces más). Entretanto, durante las giras, fueron viniendo los hijos, que sumarían doce, finalmente. El abuelo trabajó en diferentes compañías. Pasó por el circo de los Podestá y por el de Rafeto.[3] Estuvo también en el circo Fernández Fassio, el Méndez, el Manetti, el Politeama Campos. En el circo, aprendió a ser payaso. Hay una foto de 1910 que lo retrata como el Tony Panchito.[4] Panchito (Haga click sobre la foto paraverla aparte)Apoyado sobre un bastón, calza grandes chalupas y viste un enorme pantalón con tiradores y una camisa desabrochada con el cuello abierto. Posando para la foto, maquillado y con el pelo revuelto, Panchito mira el objetivo con desafiante seriedad, salvajemente. En la década de 1940, fundó su propia empresa con sus hijos, y la llamó "Hermanos Videla". No deja de ser curioso que la fuga de una tradición haya dado pie, finalmente, al establecimiento de otra, que el rechazo del taller metalúrgico de don Julio haya sido el origen de la dinastía circense de don Luis. El abuelo murió en Concordia en 1958. Tenía ochenta años.

Carátula de los Hnos. Videla

Notas
[1] "Los Videla". Esta denominación colectiva refleja la estrecha relación que mantienen los hermanos. Un amigo dice que "donde va uno, va el otro. Donde uno tose, el otro escupe".
[2] Todos los datos que figuran aquí han sido proporcionados en dos entrevistas con Jorge y Oscar Videla. Se completan con una tercer entrevista realizada por Beatriz Seibel y las notas de ella y de Castagnino sobre el circo criollo.
[3] Raúl H. Castagnino, El circo criollo, (Buenos Aires: Plus Ultra, 1969), dedica sendos capítulos a los Podestá (VII) y Rafeto (VI).
[4] "Hacia 1870", escribe Beatriz Seibel, se define el tipo del "augusto" o "tony", el payaso bobo, que cuando trata de ayudar a cambiar los aparatos en la pista se cae rodando por el aserrín, o se enreda los pies en la alfombra. Se dice que fue creado por el écuyer Tom Belling en 1864 en el circo alemán Renz, cuando el artista, molesto por tener que ayudar en la pista y para divertir a sus colegas, se pone un traje demasiado grande y se muestra tan torpe que despierta gran hilaridad en el público. El éxito hace acallar la furia del director, que le pide que repita su actuación y la desarrolle cada vez más. "Augusto", el apodo alemán para las personas torpes, queda para este personaje en Europa, y "Tony" se usa en Argentina, probablemente, por la fama del payaso inglés Tony Grice." En Historia del circo, (Buenos Aires: Ediciones del Sol, 1993), p. 39.

29 diciembre 2005

¿Era el doctor Frankenstein un payaso?

No es imposible que un lector actual de la célebre novela de Mary Shelley (1797-1851), Frankenstein o el Prometeo moderno (Londres, 1818), piense alguna vez: "este Frankenstein es un payaso". Pero si así fuera, casi seguramente usaría la palabra en sentido peyorativo, como "ridículo", "fantoche", "papanatas", etc..
Después de todo, el doctor Víctor Frankenstein sólo puede resultar cómico de tan patético. ¿O qué piensan ustedes de un científico que El joven Frankenstein, de Mel Brooks es tan inteligente como para crear un ser humano pero tan torpe que decide hacerlo gigante sólo para poder trabajar en su confección más cómodamente y tan asustadizo que sale corriendo apenas lo ve con vida? Y díganme: ¿no es conmovedoramente ridículo que el joven doctor amenace con quitarle la vida a un muñeco de dos metros y medio de altura, capaz de aplastarlo con el pulgar? (Al interesado en una lectura cómica pero sagaz de la novela de Mary Shelley le recomiendo la novela de Alberto Laiseca, Beber en rojo, Buenos Aires: Altamira, 2001).
Pero a pesar de la comicidad que pueda sugerir el patético personaje o su malhadada criatura, no creo que muchos hayan pensado "seriamente" en aplicar la palabra "payaso" al doctor Frankenstein en un sentido técnico. Y esto es así porque, por lo general, la historia de Frankenstein sugiere terror y tragedia. Sin embargo un estudio crítico postula que el acto cómico de un payaso inglés del siglo diecinueve podría ser una de las fuentes inspiradoras de la novela.
Dalton Gross and Mary J. H. Gross adelantaron esa inesperada hipótesis en las páginas de una revista especializada. Según los críticos, la autora de la novela no podía desconocer un famosa actuación que realizaba hacia 1810 el payaso Joseph Grimaldi, conocido actualemente como "the father of modern clown" ("el padre del payaso moderno"). La obra era, básicamente, así: el payaso primero construía un monstruo utilizando frutas y vegetales; luego la creación cobraba vida, luchaba con el payaso y terminaba echándolo del escenario. En las librerías de la época circulaba una foto de Grimaldi con la siguiente inscripción:

El señor Girmaldi como payaso en la pantomima popular Arlequín y Asmodeo, ahora en cartel en el Teatro Real Convent Garden, visto junto a una grotesca figura que él mismo fabrica con vegetales, frutas, etc., y que, luego de cobrar vida, lo saca a patadas del escenario.

El parecido temático entre la pantomima de Grimaldi y la posterior novela de Mary Shelley era tal que algunos contemporáneos evocaban al payaso con el apodo de "Joe Joseph (Joe) GrimaldiFrankenstein". En 1810 Mary Shelley era una niña de trece años pero, ciertamente, una niña avispada, y la celebridad de Grimaldi y de su acto no se confinó al año de nuestra revolución, de modo que puede haber escuchado de él siendo ya más grande. Además, nos recuerdan los Gross que el amigo de los Shelley, el provocativo Lord Byron, en cuya mansión suiza fuera legendariamente concebido Frankenstein en 1816, era un entusiasta de la pantomima, un empresario teatral y un amigo personal de Grimaldi. Ante esta evidencia los Gross concluyen que "Mary Shelley puede haber recordado concientemente conversaciones sobre Grimaldi o las conversaciones pueden haberse filtrado en su inconciente donde contribuyeron a dar forma al ensueño central de su novela. En cualquier caso, es probable que la actuación de Grimaldi en Arlequín y Asmodeo fuera una influencia de primer orden en su argumento."
Las versiones paródicas del teatro y el cine que vinieron luego no hacen más que revelar esa fuente secreta.

El artículo de los Gross está disponible en internet: "Joseph Grimaldi: an influence on Frankenstein".

Sobre Grimaldi hay varios sitios informativos. En castellano: Clown Planet ofrece un pequeño esbozo biográfico. En inglés: Roadshows tiene la biografía y el material fotográfico más interesantes, Clown Ministry presenta información sumaria, ukstudentlife.com muestra fotos de la tumba de Grimaldi y de la celebración anual de su figura.

23 diciembre 2005

LOS HERMANOS VIDELA

Nombre

Las virtudes del nombre Bondiola para una página dedicada al clown son muchísimas. Pero no queremos abrumarlos con nuestra genialidad, así que les revelaremos sólo tres.
La primera es que "bondiola" encierra una experiencia auténtica de tipo cuasireligioso (ver La alegoría de la bondiola).
La segunda es que, escandida correctamente, la palabra "bondiola" debe resultar la más amable y positiva del mundo; "bon" es "bien", "di" es una forma de "decir" y "ola", bueno, esa agradable ondulación del agua que usan los surfers y, también, por supuesto, cómo no, "hola", el saludo. De modo que Bondiola puede traducirse más o menos así: "bueno, di hola, que tiene onda: dejate llevar".
La tercera es que Bondiola sería un nombre adecuado para un clown. Tiene una sonoridad vistosa, es lo suficientemente absurdo (aplicado a un ser humano) para resultar cómico y no carece de carnalidad...
Ya nos parece sentir la envidia de alguien que está en busca de un nombre; ya anticipamos un robo, una sustracción; ya vemos al clown Bondiola aclamado por multitudes que piensan: "¡Qué bien le queda ese nombre!"

Alegoría de la bondiola

-----Una mañana, hace más o menos dos años, creo que fue a fines del 2003, fuimos a entrevistar a Marcelo Katz. Nos había convocado en Espacio Aguirre, el teatro donde da clases y hace muestras.
-----F estaba medio dormido, de malhumor; había tenido una pésima noche y sus ojeras no lo desmentían. Yo, ni fu ni fa, me hundía en una especie de indiferencia zen, de aburrimiento letárgico. Hacía tiempo que veníamos utilizando nuestro tiempo libre para recoger materiales sobre clowns argentinos. Y lo cierto es que, a esa altura, no distinguíamos muy bien nuestro horizonte ni nuestros móviles ni nada. (F me hace señas, ahora que escribo, como queriendo decir: "che, yo soy fotógrafo, yo distingo".) Yo, por lo menos, no distinguía y me preguntaba: ¿qué estamos haciendo? ¿Por qué? ¿Vale la pena todo esto?
-----Katz era el octavo de la lista. F había hecho algún trabajo fotográfico para él y yo lo había conocido en uno de sus espectáculos teatrales (Alegro ma non troppo). La visita fue amable, sin estridencias, alegro ma non troppo. Hicimos nuestras preguntas, Katz las contestó afablemente y, luego de entretenernos un poco con los juegos que el propio Katz diseñó y que aloja burtonescamente junto a la sala (ay, sólo recuerdo ahora una mesa de ping-pong reducida), nos marchamos.
-----Era un día radiante. A pesar de la actividad, F seguía medio dormido y el baldazo de luz que recibió al salir no sólo no lo despaviló: surtió el efecto contrario de una agresión desmesurada. El cuerpo de F se crispó, achicharrándose. Yo lo vi taparse la cara, como si lo escupieran, y pensé en Nosferatu acorralado por un comando cazavampiros. Nada podía hacer por él.
-----Mientras F peleaba con ese difuso ejército de luz, yo me puse a aspirar el aire del mediodía y de pronto percibí un aroma delicioso, un perfume como de ninfas -¡cómo me gusta el olor de las ninfas!- de bosques antiguos -¡sobre todo de bosques antiguos!. Me invadió el éxtasis, como si a través del olfato se anunciara en mí una redención próxima, la disolución de mi triste ser en la magnanimidad divina. Aspiré, sí, aspiré extasiado la sutil fragancia.
-----Aaahhhh.
-----Aaaahhh.
-----Mmmmmmm.
-----Cuando recuperé algo de la conciencia que se había esfumado temporariamente con el éxtasis, vi que F estaba haciendo el mismo gesto. Parado en puntas de pie, estirando su delgado cuerpo hacia el cenit, con la frente en alto, desplegaba las fosas nasales como redes. Luego levitamos hasta la fuente del perfume. Provenía de una parrilla modesta a unos metros de Espacio Aguirre, un local diminuto con parrillas-tambor. Surgía de unas bondiolas obscenas que se asaban lentamente, descuartizadas e incitantes, en los hierros. ¡Espectáculo sublime, visión arrobadora! No hizo falta discutir nuestras próximas acciones. Nos precipitamos al interior del local y pedimos dos "sánguches de mondiola y vino de la casa". No hablamos de la entrevista. Nuestra única preocupación era hincar los dientes en la diosa y masticarla hasta que todas sus partículas se disolvieran en nuestros organismos.
-----Hago un párrafo de silencio en honor a esa experiencia inolvidable.

-----Estábamos bajando con vino los últimos fragmentos de bondiola, cuando la luz se hizo en nosotros. Lo que habíamos venido haciendo, lo que queríamos hacer, cobró forma precisa en la experiencia de la bondiola y lo enunciamos así:

pasa con el clown lo mismo que con la bondiola

-----Habíamos sido atraídos (hacia el clown/bondiola) por un impulso amoroso, habíamos sido fascinados por el olor (del clown/bondiola) y habíamos devorado su carne con arrebatadora voluptuosidad. Eso, exactamente, era lo que había ocurrido en un primer momento. Luego, en el momento número dos, cuando la bondiola se había terminado y sólo nos quedaba el placentero recuerdo de su ingesta, inevitablemente, quizás por uno de esos mecanismos de racionalización tan propios del hombre, tuvimos que preguntarnos: ¿qué es la bondiola? ¿Hay distintas clases de bondiola? ¿Dónde se fabrica, cómo?
-----En el caso de la bondiola, naturalmente, no fuimos más allá de la formulación de estas preguntas, porque la bondiola es un elemento simple, más o menos invariable, y podíamos disolver el misterio con rapidez.
-----Con el clown la situación era distinta. La fascinación inicial también nos había llevado a preguntarnos: ¿Qué es el clown? ¿Hay distintas clases de clown? ¿Dónde se fabrica, cómo? El problema de la nacionalización del clown abría nuevos interrogantes. ¿Qué significa "clown" en Argentina? ¿Por qué esa palabra inglesa para definir una práctica nacional? ¿Y cómo es que tiene tanto peso, en esa práctica con nombre en inglés, un pedagogo francés, Jacques Lecoq?
-----El clown se nos aparecía como una entidad compleja, mucho más compleja que la bondiola. Su comprensión, a diferencia de lo que algunos pueden creer, no estaba al alcance de la mano ni del diente. Nadie nos podía responder con claridad nuestras preguntas, y a los tumbos, desde nuestra ignorancia de fascinados, de glotones, empezamos a recoger información en nuestro tiempo libre.
-----Decíamos: "estamos haciendo una investigación", "queremos hacer un libro", etc., pero lo que en verdad hacíamos era indagar en el clown el secreto irreductible de la bondiola.

22 diciembre 2005

Enlaces

Si usted, lector, es un "clown argentino" o integra una compañía de ese rubro, envíe un mail a bondiola2006@yahoo.com.ar con la dirección del website o weblog correspondiente. También se aceptarán y evaluarán direcciones de sitios informativos del clown en general, sea argentino, contemporáneo o no. Se priorizarán los enlaces relacionados directamente con el tema de investigación. Bondiola no es un sitio para la difusión comercial del clown.

21 diciembre 2005

L





"L es un hombre serio, melancólico, pirata", dice F.

F

F
F vive en Villa Crespo y, según un payaso de León Suárez, es un "cazador de imágenes". Aquí lo vemos descansando.

14 diciembre 2005

¿Qué es esto?

-----Lector, lectora, naturalmente te preguntarás de esta página lo mismo que Martínez Estrada se preguntaba del peronismo: ¿qué es esto?
-----Te sacaremos de la duda rápidamente: esto es un sitio/blog dedicado al clown argentino contemporáneo (sobre qué es esto otro, es decir, el clown argentino contemporáneo, no podemos ilustrarte ahora).
-----Sus responsables somos dos, Javier Flores y Jerónimo Ledesma, un fotógrafo y un hombre de letras, respectivamente.
-----En adelante seremos designados “F” y “L”.
-----Yo, L, me encargaré de la escritura. F se encargará de las imágenes.

-----Empezamos con esto en el 2003. Nuestras vidas, en especial nuestras novias, nos habían llevado a presenciar, en diversas ocasiones, actuaciones de clowns, siendoló ellas mismas. Los ojos de F habían desarrollado cierta avidez por esos seres peculiares. Y les había sacado fotos, fotos y fotos. Con ellas armó un ensayo que, bajo el nombre “Payasos argentinos”, y con un repertorio cambiante, circuló por lugares y eventos (el populoso Chalupazo, un Festival Carcajada, el teatro Puerta Roja, el semiclandestino bar Shangay, el fenecido Espacio K, etc.).
-----A mí, ciertos rasgos del clown me resultaban fascinantes: los conflictos con la identidad, la paradoja de un ser que es auténtico ante todo en escena, la ingenuidad como atributo positivo en un contexto donde prima la ironía, el bajo presupuesto, las payasas…
-----Cierto día, luego de concluir que los trabajos sobre el clown, en su versión argentina, eran insuficientes o defectuosos, decidimos dedicar parte de nuestro tiempo libre a cubrir ese bache. Durante un par de años, movidos por ese extraño impulso, pero no siempre de manera sistemática, juntamos cosas (entrevistas, fotos, anécdotas, datos) en torno al clown. En este blog mostramos esas cosas.

Ahora preguntarás: ¿por qué BONDIOLA?

09 diciembre 2005

Derechos y permisos

Bondiola. Clown Argentino Contemporáneo 1983-2003.
© 2005 Javier Flores - Jerónimo Ledesma. Derechos reservados.
Lector, lectora, si te interesa alguna de las cosas que ves en este blog, podés copiarla y difundirla siempre que acredites nuestro nombre y dirección (Bondiola: www.clownargentinocontemporaneo.blogspot.com). Pero te pedimos que antes nos escribas un mail a bondiola2006@yahoo.com.ar en el que informes del uso, la finalidad y la ubicación virtual o física de tu copia. Dando ese paso, evitaremos problemas.